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Sábado 21 de Julio de 2007
 
 
 
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  PABLO DE SANTIS
  De libros, detectives y novelas policiales
Reconocido como uno de los escritores más talentosos del panorama literario argentino, Pablo De Santis conversó con el “Cultural” horas antes de iniciar una gira por Latinoamérica y España para presentar su última novela, “El enigma de París”.
 
 

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La novela con la que Pablo De Santis se impuso entre más de seiscientas y que entusiasmó al jurado del Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América, entre los que se encontraba el mexicano Juan Villorio y el español Eduardo Mendoza, transcurre en París en 1889, durante los preparativos de la Exposición Universal. Hasta allí llegan doce grandes detectives que se reúnen en una especie de convención para debatir teorías sobre diversos enigmas.

Al no poder asistir, el detective argentino envía a su asistente llamado Salvatrio, un joven de 20 años, inexperto, que se ve envuelto en una serie de intrigas que lo superan, ya que durante el encuentro se producen varios asesinatos y hechos misteriosos que al principio parecen no tener lógica y son el eje central del libro. "Mientras los detectives se cuentan sus casos, que en la novela aparecen como una serie de cuentos, y discuten sobre las distintas técnicas de investigación, del enigma y su revelación, pasa algo que no sabe el lector y que sostiene la narración", agrega Pablo De Santis, nacido en Buenos Aires en 1963.

"En la Argentina se habla muy bien de la novela negra americana, pero se menosprecia la novela inglesa del mismo género, de autores como Agatha Christie. A mí siempre me gustó mucho y me pareció que lo esencial del género detectivesco es el diálogo socrático entre el detective y el Watson de turno", explica el escritor que ya hace veinte años publicó su primera novela, "El palacio de la noche".

Cuando tenía 12 años, fascinado por Ray Bradbury, De Santis empezó a escribir. Años después ingresó a la carrera de Letras y luego de un breve paso por el servicio militar (le dieron la baja a causa de la derrota en Malvinas) comenzó a trabajar en periodismo. De Santis no se avergüenza de haber pasado por "Radiolandia 2000", una histórica revista de la farándula, en donde compartió la redacción con Fabián Polosecki ("Polo"), con quien trabajaría como guionista de dos ciclos televisivos de los años '90, "El otro lado" y "El visitante", que se emitían por ATC y que reflejaban las historias de vida y saberes de la gente común.

En 1984, con guión propio y dibujos de Juan Pablo González (conocido como "Max Cachimba"), ganó el premio "Fierro busca dos manos", organizado por la revista "Fierro", donde se desempeñó como guionista y jefe de redacción. Las historietas que publicó en esa legendaria revista fueron reunidas en 1995 en el volumen "Rompecabezas".

Además de publicar sus historias en "Fierro" y por ello obtener dinero, ese momento fue "decisivo" para el ejercicio de la literatura, dice De Santis, "porque me dio un ánimo y un impulso que todavía, y a tantos años de distancia, me duran".

Su pasión por la historieta también lo llevó a investigar sobre el género. Escribió los libros "Rico Tipo y las chicas de Divito" y "La historieta en la edad de la razón".

De Santis sostiene que el punto de contacto entre la literatura y la historieta es que "la historieta presenta un relato, pero ese relato tiene que ser una encadenación de hechos y no una encadenación de pensamiento o ideas, que a veces la literatura sí lo tolera. Pero en la historieta tiene que haber hechos. Yo siento que, por la literatura que hago, la historieta es bastante próxima. Nunca me costó el paso de un medio a otro, de historieta a literatura o a literatura juvenil".

En 1991 publica la novela juvenil "Desde el ojo del pez", a la que le siguieron "La sombra del dinosaurio", "Pesadilla para hackers", "El último espía", "Lucas Lenz y el Museo del Universo", "Astronauta solo", entre otras que tuvieron gran aceptación por parte de los lec

tores adolescentes por esa fantástica conjunción de aventura y misterio que presentan sus relatos.

En 1991 "yo pensaba que la novela para adolescentes era una especie de novela concentrada: había en ella un mundo muy extenso, pero en pocas páginas. Ahora, cuando escribo para jóvenes, me doy más libertades en cuanto a trabajar con el verosímil, con la representación de la realidad, porque fui advirtiendo cómo los lectores se atreven a correr los riesgos de la escritura. No hay que subestimarlos, porque son lectores muy sutiles. Si yo no hubiera escrito novelas para adolescentes, hoy escribiría de otra manera totalmente distinta", explicó en una entrevista en el año 2002.

El reconocimiento llegó cuando en 1997 fue finalista del Premio Planeta con su novela "La traducción", publicada al año siguiente en nuestro país.

Y se fue acrecentando con la aparición de "Filosofía y Letras" (1999), "El teatro de la memoria" (2000) y "El calígrafo de Voltaire" (2002).

Pablo De Santis enfatiza que a lo largo de su vida lo marcaron autores que van desde Kafka pasando por el italiano Dino Buzzati, especialmente la novela "El desierto de los tártaros", y entre los argentinos menciona a Borges, Bioy Casares, Marco Denevi, Cortázar, Silvina Ocampo, Germán Oesterheld, Ricardo Piglia, Juan José Saer y su amigo Marcelo Birmajer.

Obsesivo, insistente, tendiente a pensar mucho las cosas antes de escribirlas, tímido en su personalidad, pero amable y cálido, siempre dispuesto a la conversación, Pablo De Santis se siente entusiasmado por el premio obtenido por "El enigma de París": "Mis libros siempre fueron de aparición tímida y aquí me encuentro con una enorme difusión que abruma un poco mi carácter más bien íntimo y doméstico; pero es también una fabu

losa oportunidad de llegar a más lectores".

¿Cómo entiende la idea de enigma?

El enigma policial es siempre una metáfora de todo lo que de secreto hay en la vida. Contar una historia es contar un secreto y por eso en todas las narraciones suele haber un elemento callado que al final aparece. La ficción policial pone ese secreto en el centro de la historia.

¿Le atrae la idea de que la verdad está siempre escondida?

La verdad está siempre escondida, a veces en la superficie.

¿Por qué eligió el policial de enigma para su nuevo libro?

"El enigma de París" no creo que sea tanto una novela policial como una novela sobre el policial. Es menos importante la trama detectivesca que la relación que se establece entre asistentes y detectives.

Los personajes de la novela recuerdan un poco a los detectives clásicos del género y en cierto sentido trabajé más con recuerdos de infancia, con la impresión que me provocaban esos investigadores, que con los autores que leo hoy.

¿Hizo un trabajo de investigación previo a la escritura?

- Un escritor, o al menos este escritor, no trabaja buscando información para dar más datos sobre la época sino que elige aquello que es más expresivo. Toma de la realidad aquellos elementos que "riman" con el mundo que imagina. De todos modos leí sobre la torre Eiffel, sobre la Exposición Universal de 1889, sobre la ciencia forense de la época. Pero hay un modelo de novela contemporánea, un poco a imitación de Thomas Pynchon, que abunda en datos sobre cualquier cosa. Detesto esa superabundancia informativa.

¿Por qué ambientó su novela durante los preparativos de la Exposición Universal de 1889?

Me atraía la idea de la Exposición Universal y la de la construcción de la torre Eiffel; pero no empecé a pensar en la novela hasta que imaginé el nombre de ese club, Los doce detectives, y la relación entre ellos y sus asistentes, sus adláteres, como se los llama en la novela. Hace unos días me enteré no lo sabía, al menos conscientemente de que mi abuelo paterno, a quien no conocí, había nacido ese año.

En una entrevista afirmó que el detective ya no es el depositario de la verdad.

La figura romántica del detective solitario ha sido reemplazada por equipos forenses, como se puede ver en cualquier serie. Pero la soledad me parece imprescindible para el personaje. La verosimilitud de las series policiales a veces altera la poética del género. James Ellroy construyó un maravilloso modelo de detective que se repite en todos sus textos: un hombre duro que se obsesiona con una mujer muerta.

¿Cuánto hay de filosofía en la labor del detective?

Estos detectives se consideran filósofos de la acción. Ven en los crímenes y su investigación una aplicación de su pensamiento. Piensan que la filosofía académica ha degenerado en filología y aspiran a una verdadera filosofía de la praxis.

Se podría establecer alguna relación entre "El enigma de París" y sus novelas anteriores, por ejemplo en el caso de "La traducción" o "Filosofía y Letras".

En las tres hay una intriga intelectual. Y en las tres hay un elemento que está llevado hasta el límite: en una es la novela, en otra es la lengua, en ésta, el enigma. El narrador en cada una tiene una edad diferente: cuarenta, treinta y veinte. Pero todos se enfrentan a un mundo que no entienden del todo.

Al recibir el premio se refirió a que la resolución del misterio es el gran desafío de la literatura.

Es fácil crear una intriga, pero mucho más difícil es resolverla. A veces la obsesión por la sorpresa desvela a novelistas y cineastas y por eso los finales traicionan lo que se ha venido contando. Tan importante como la sorpresa es la fidelidad al relato, a la psicología de los personajes.

Por lo general, cuando escribe elige contar la historia desde la voz de su protagonista.

Me gusta mucho contar una historia en primera persona, aunque en mi novela anterior, "La sexta lámpara", no lo hice. Esa vez preferí la tercera, tal vez por mi distancia con el protagonista y porque quería escribir el texto bajo la forma de una biografía.

¿Qué le aportó como escritor haber comenzado su carrera literaria escribiendo novelas para adolescentes?

Creo que mi escritura para adultos mejoró por haber escrito novelas para adolescentes. Sentía que tenía un lector delante, que no escribía para meter un libro en un cajón o para que alguien comparara mi novela con la de tal escritor o la de tal otro o para deslumbrar con una técnica sofisticada. Es la diferencia entre ensayar en un teatro vacío o actuar frente a un público, entre entrenar o salir a jugar un partido. Cuando uno sabe que alguien lo va a leer, entonces entra con su bagaje imaginativo en el mundo real. Y ahí prueba si los artefactos que ha preparado en la soledad de su laboratorio funcionan, si se pueden contagiar los sueños.

Y respecto a la historieta, usted dijo que gracias a ella pudo terminar cosas que había dejado inconclusas.

Antes de publicar un solo cuento en una revista, yo ya publicaba historietas. Es decir: escribía la historia, alguien la dibujaba (en esa época, "Max Cachimba") y alguien la publicaba. Y además me pagaban. Entraba por partida triple en el mundo real. Fue maravilloso.

¿La mejor literatura es la que mejor miente?

La mejor literatura es la que miente con honestidad, con pasión, con verdad.

¿Cómo surge en usted la idea para escribir una historia?

Pienso durante meses la historia, luego hago un boceto argumental. Después la escribo en cuaderno. Como tengo letra grande y catastrófica, que al menos dos de mis hijos han heredado, ya tengo cientos de cuadernos en los que he ido escribiendo mis novelas. Esta parte del borrador prefiero escribirla en un bar. Para el momento de pasarlo todo a la computadora, tengo un departamento pequeño donde me encierro a escribir.

¿Piensa de antemano la resolución de la historia o va surgiendo a medida que la escribe?

En general pienso el final de antemano, porque son muchos los elementos que van a ayudar a que aparezca ese final.

¿Sigue sosteniendo la idea de que la lectura comienza con una especie de esperanza frente a los libros?

Uno espera por un lado lo conocido y por otro lado la sorpresa. Lo conocido es lo que uno sabe del lector o del autor o del género, uno lee un libro porque ya algo conoce de ese texto. Pero a la vez quiere que lo sorprendan. Somos como niños, escuchando todas las noches el mismo cuento.

¿Se puede fabricar un lector?

La novela trata de la vida del lector; leemos los libros para vernos reflejados, para tratar de que se conviertan en una experiencia. El libro es un instrumento y un símbolo; un símbolo de la tradición, de la continuidad y a la vez del porvenir.

 

PABLO MONTANARO

   
   
 
 
 
Diario Río Negro.
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