Domingo 13 de Diciembre de 2009 Edicion impresa pag. 18 > Municipales
LA SEMANA EN SAN MARTÍN: Passarella

El 2009 concluye y confieso cierto alivio. Acaba un año en el que la labor de los comunicadores ha estado tan sujeta a debate como la de otros actores de la vida pública, incluidos políticos, jueces, sindicalistas, obispos y megapiqueteros.

Desde luego, en este año hay mucho de lo que enorgullecerse con la profesión, sobre todo en su rol de contrapoder. Pero también hay vergüenzas. El tratamiento que algunos periodistas y medios hicieron del caso de los Pomar, inventando sórdidas historias con desfachatez, debería obligar a preguntarnos hacia dónde llevan los afanes por convertir la noticia en pura mercancía fugaz, para alimentar una competencia patética por decir algo frente a cámaras.

En estos días he recibido algunas observaciones por las últimas columnas, de gentes que conviven con las alturas del poder. ¿Denuncio aquí un intento de presión? Nada de eso. Nadie está exento de la crítica si es respetuosa, y menos aquellos que forman opinión interpretando lo que otros hacen. Esa cierta "comodidad" del periodista exige tantísima responsabilidad. Al que suscribe se le ha achacado alguna insensibilidad a la hora de reconocer, desde la pluma, lo difícil que es gobernar en estos tiempos.

Si se descartan la corrupción y la mezquindad de intereses como motivaciones ocultas de muchos políticos; si se los analiza asumiendo la honestidad de sus intenciones aun cuando se los piense equivocados o en las antípodas ideológicas, las disputas se reducen a un problema de percepción. Lo mismo vale para los comunicadores vistos desde la política, imagino.

La percepción, incluso la más entrenada, está ligada a la historia y formación personal, los deseos, las ideas previas, el contexto, la influencia del momento, el lenguaje... y eso sin complicarse con asuntos de neurología y otras materias.

Los políticos, hombres y mujeres, están próximos a lo que se denomina la función performativa del lenguaje. Esto es, la palabra convertida en acto. Por ejemplo, si uno dice "te amo", no sólo lo dice sino que también enuncia una acción concreta que lleva a cabo. Cuando se dice "sí, juro", el juramento dicho y la acción de jurar son uno mismo. Los enunciados performativos no tienen por qué ser verdaderos o falsos, pero para el político son una pesadilla. Es que desde la percepción del público se los asocia con la distancia entre lo que se promete y lo que se hace (el español Savater escribió algo del asunto en un delicioso ensayo: "Los Diez Mandamientos en el siglo 21").

Si los jueces hablan por sus sentencias, los políticos hablan por sus actos y por la forma en que los verbalizan. Si un político dice: "mi gobierno responde" y a la primera de cambio se ve impedido de dar respuestas a la gente, por la razón que sea, justificada o no, algo se quiebra sin remedio. El político está doblemente expuesto, por lo que dice y lo que hace con aquello que dice. Los comunicadores deberíamos tener en mente ese atenuante, pero no por encima de otros datos, propios de las complejidades que toca ponderar. Convendría a los políticos mesura en el uso del lenguaje. Y, de vez en cuando, la hidalguía de admitir las propias limitaciones. Por eso me gustó Passarella, cuando al asumir la presidencia de Ríver dijo a los socios: "los necesito, porque sé que sólo no voy a poder". (¡Felices fiestas!)

FERNANDO BRAVO
rionegro@smandes.com.ar

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