Puede uno imaginárselo. A ese chico de 20 años y ojos brillantes, recién bajadito del Cabo de Hornos, subiendo por calle Corrientes. Benito Blanco, con toda la vida por delante. Y su vida sería tan intensa y excepcional que podría hacerse con ella una película épica.
Con los años, Blanco iba transformarse en un próspero empresario con inversiones en los más variados rubros -pozos petroleros, fruticultura, turismo, hotelería, construcción, entre otros- y su vínculo con Río Negro y Neuquén resultaría esencial. Volviendo al pibe que acaba de poner un pie en Buenos Aires luego de semanas de viaje a través del Atlántico. Todavía conserva en su boca el sabor de su tierra Lalín, Galicia, sin embargo, pronto y sin traumas, entiende que debe adaptarse para sobrevivir en una ciudad cosmopolita.
Es curioso como se van desarrollando este tipo de biografías. Blanco comenzó de cero y se proyectó hasta niveles impensados. De mozo de un copetín al paso a exitoso empresario decidido a regresar a su pueblo natal para invertir y dar trabajo. El proceso hacia la cúspide aunque largo siempre estuvo marcado por el desafío y la voluntad.
Poco tiempo después de haber entrado como mozo, un grupo de españoles le ofreció hacerse con la sexta parte de otro café. Entre sus ahorros y el préstamo de alguien que confió en su entusiasmo juvenil reunió la suma para hacer el negocio. Luego, en una escalada que caracterizaría su historia, apareció la oportunidad de entrar como socio en un pizzería. En esta época también instaló una agencia de trámites legales relacionados con España.
Ocho años después de su llegada a la Argentina, Blanco quiso visitar a sus familiares. Pero no podía perder semanas arriba de un barco. De manera que fue hasta una agencia de unos compatriotas suyos -Agencia de Viajes Longueira y Longueira - y compró un boleto de avión. Su compra fue mucho más simbólica de lo que esperaba: el suyo era el primer ticket aéreo que vendían a un inmigrante.
Bendita bentonita
Fue una casualidad, dice Benito, el hecho de que terminara interesado en hacer negocios en el sur del país. Un amigo le pidió que lo acompañara a visitar unas minas de bentonita en Río Negro y él que tenía el automóvil recién comprado, decidió acompañarlo. Es una obviedad decir que en la vida de Blanco la palabra casualidad es un eufemismo de olfato.
No pasó mucho antes que Blanco consiguiera los fondos para iniciar una serie de pujantes empresas vinculadas al proceso de explotación de pozos petrolíferos.
En una de sus anécdotas más emocionantes recuerda como se puso al frente de un verdadero contingente de obreros, ingenieros y camiones para controlar una posible fuga de gas. Contra la espada y la pared, Blanco debió manejarse con frialdad ante la posibilidad de que la estructura estallara en mil pedazos y las oportunidades de jugosos contratos futuros desapareciera del horizonte. No se conformó con esta industria, su apetito y curiosidad lo llevaron a comprar extensos territorios en Río Negro donde plantó tomates y alfalfa.
"La vida es hermosa, a veces duele, pero es para recordarnos que estamos vivos", reflexiona Blanco, medio siglo después de esta aventura y ya instalado al otro lado del Atlántico.
A lo lejos recuerda a sus amigos: "En cuanto a los amigos, quisiera destacar a Diego Riquelme, comerciante de Cinco Saltos, que cuando entró en surgencia el pozo de gas en pleno mundial del 78 me prestó dinero para hacer frente al enorme gasto que tuve que enfrentar para evitar el desastre. Además, mantengo una cordial amistad con Herman Schroeder, dueño de una clínica en Cipolletti y de la Bodega del Chañar. Uno de los ingenieros químicos que formó parte del plantel de Compañía Minera del Lago, Miguel Lo Re, es de Cinco Saltos, alguien a quien aprecio mucho y con el que mantengo todavía una linda amistad. Otros amigos son Félix Larrión, ingeniero civil, y Javier Larrión, que fue mi asesor legal. Los dos de Cinco Saltos. Juan Accatino, de Chimpay, actual ministro de la producción de Río Negro también trabajó para mi y mantenemos un excelente vínculo. El escribano Rubén Baqueiro, que escrituró los campos que compré en la provincia y es una excelente persona y amigo. A mi capataz general Muñoz (el nombre no importa, para mí será siempre Muñoz a secas) también lo recuerdo con mucho cariño y gratitud. En fin, fueron tantas las personas que estuvieron junto a mi en aquellos días de prosperidad, que no quisiera dejar de nombrar a nadie... Don Elías Sapag, de Neuquén, cuyo hijo Jorge es el actual gobernador de la provincia, también fue un gran amigo y me dio toda su confianza que, por supuesto, no defraudé. A todos los llevo en el corazón".
El hombre sabe que vivir es andar sobre territorio inestable. No hubo escenario que no fuera visitado por él. Incluso uno en el que termina perdiéndolo todo. En los 90 y luego de décadas de constante progreso -con un interludio artístico que lo tuvo al frente de la reconstrucción del Teatro Avenida- que Blanco comenzó a ver como sus inversiones se perdían entre conflictos, crisis y desengaños. La privatización de YPF anuló sus más importantes contratos (sus mejores recuerdos, aclara, no son para el ex presidente Carlos Menem) y el "corralito" y el "corralón" se quedaron con sus mayores ahorros. Luego por cuestiones personales debió vender la mayoría de sus empresas.
El final de esta historia no muestra a un Benito Blanco encendiendo habanos con billetes de 100 dólares pero tampoco al líder cabizbajo durmiendo en su sillón de caña. Aun de esta crisis supo reponerse. Blanco aclara que para él nada fue en vano: "si fuera joven otra vez, creo que hay muy pocas cosas que no haría otra vez. He sido muy feliz con mis emprendimientos y mi actividad en la colectividad. Tengo infinidad de amigos, siete nietos hermosos y una vejez tranquila ¿qué más se pude pedir? Ahora estoy asociado a Abey Ediciones y estamos preparando una revista y otras publicaciones. Hasta tenemos el proyecto de filmar una película".
A Benito Blanco una nueva aventura le espera.
CLAUDIO ANDRADE
candrade@rionegro.com.ar