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Merced al militar y estudioso prusiano Carl von Clausewitz, todos sabemos que "la guerra no es más que la continuación de la política del Estado por otros medios". Parecería que a juicio de Néstor Kirchner la política no es más que una forma de guerra. Hombre de definiciones contundentes que, como Carlos Menem, desprecia a los tibios a los que "vomita Dios", el ex presidente califica de traidores a todos aquellos que se resisten a acatar sus órdenes, demoniza a sus adversarios tildándolos de oligarcas, golpistas y violadores de los derechos humanos y no vacila en proclamarse resuelto a poner de rodillas a cualquier agrupación que se anime a desafiarlo, razón por la que desde hace más de un año el gobierno está luchando contra los agricultores sin inquietarse en absoluto por los costos económicos y políticos colosales causados por su terquedad. Hasta la fase final de su propia gestión, el autoritarismo instintivo de Kirchner le resultó provechoso. A los peronistas del montón siempre les ha gustado lo que llaman el verticalismo que sirve para simplificar muchas cosas, mientras que a buena parte del resto de la población le pareció muy saludable lo que tomó por la reafirmación de la autoridad presidencial luego de una crisis económica tremenda que fue atribuida por muchos a la debilidad vacilante del presidente Fernando de la Rúa. Pero tarde o temprano los políticos como Kirchner, que se dedican a la "construcción del poder", arrancando pedazos cada vez mayores de él de manos ajenas, chocan contra las barreras erigidas por los reacios a perderlo. Es lo que sucedió no bien Cristina de Kirchner tomó el relevo de su marido. No sólo los del campo, sino también empresarios que no participaban del "capitalismo de los amigos" kirchnerista, además, huelga decirlo, de los políticos opositores, incluyendo a muchos peronistas, se alzaron en rebelión contra la voracidad y arbitrariedad de una pareja al parecer insaciable. Los acompañó una proporción creciente de la ciudadanía que se sentía molesta por la soberbia de Cristina. Por primera vez desde mayo del 2003, Kirchner vio reducir su poder real a un ritmo alarmante, lo que lo puso en una situación que por temperamento le sería casi imposible manejar, ya que las características que le sirvieron para conseguir tanto poder, como Menem en los años noventa del siglo pasado, se habían vuelto en su contra. La reacción inicial tanto de él como de su esposa ante el derrumbe ha sido negarse a aceptar que ya no cuentan con el apoyo de una minoría lo bastante grande como para permitirles seguir dominando el país. Brindaron la impresión de creer que si actuaban como si nada importante hubiera ocurrido, nada ocurriría, pero pronto se hizo evidente el fracaso de su intento de convencer al país de que están en condiciones de continuar gobernando como antes de las elecciones legislativas del 28 de junio. Aunque gracias a su control sobre el aparato estatal los Kirchner tienen más poder formal que a mediados del 2003, no podrán aumentarlo con los métodos que emplearon cuando lo que añoraba la mayoría era un gobierno fuerte capaz de garantizar un mínimo de estabilidad. Incluso para sobrevivir hasta el 2011 les será necesario pactar, lo que supone ceder poder, con una multitud de facciones políticas, corporaciones sindicales, lobbies empresariales y, por supuesto, el campo, pero no quieren, acaso no pueden hacerlo, porque desde su punto de vista no hay diferencia alguna entre pactar y ser derrotados. Las señales no son promisorias. El miércoles, el gobierno tuvo que al menos postergar el tarifazo fenomenal con el que se propuso reparar los daños provocados por su insensata política energética por miedo a que en el Congreso le tocara una reedición del voto sobre las retenciones móviles que, hace poco más de un año, le enseñó que su poder ya había alcanzado su cenit y que conservar lo que aún retenía le sería muy pero muy difícil. Si Néstor Kirchner supone que transformándose en el abanderado del fútbol gratuito podrá congraciarse con "la gente", le aguardará una nueva decepción; millones de argentinos saben más que él de fútbol y no se ha visto ningún síntoma de entusiasmo por la idea de estatizarlo. Aún más angustiante para los Kirchner que el hundimiento, pasajero o permanente, del tarifazo debe haber sido el cambio de actitud de muchos jueces. Se ha hecho rutinario que todos los días distintos integrantes de la elite kirchnerista se vean constreñidos a rendir cuentas ante la Justicia. Entre los más notorios que están pisando los pasillos de los tribunales pueden encontrarse Ricardo Jaime, Enrique Albistur, Felisa Miceli y el piquetero rabiosamente oficialista Luis D´Elía. Los seguirán los Kirchner mismos, primero por lo del crecimiento fabuloso de su patrimonio conjunto, un detalle que en el exterior ha repercutido más que cualquier otro logro de su gestión, y después por una serie muy larga de asuntos de apariencia turbia, como la evolución de los fondos de Santa Cruz, que han motivado las sospechas de quienes los creen congénitamente corruptos. No es ningún secreto que el interés judicial por las finanzas personales de los políticos propenda a intensificarse cuando el país esté experimentando una de sus mutaciones periódicas. Es una tradición nacional que, cuando un nuevo gobierno se compromete a combatir la corrupción "caiga quien caiga", los elegidos para ser ritualmente sacrificados en aras de la honestidad republicana sean miembros conspicuos del gobierno anterior. Para los Kirchner, pues, lo que está sucediendo es terriblemente ominoso, ya que significa que amplios sectores sociales entienden que la "transición" que está en marcha desde comienzos del año pasado ha entrado en una etapa que no debería comenzar antes de la segunda mitad del 2011. En la Argentina, los tiempos reales de la política raramente coinciden con los previstos por la Constitución. Aunque abundan los opositores, sobre todo los radicales, que quieren que en esta ocasión se respeten las reglas formales y por lo tanto están decididos a colaborar con el gobierno, éste no parece estar preparado para modificar ni un poco su rumbo a fin de permitirles hacerlo. Por estar habituados los Kirchner a pensar en términos de todo o nada, de blanco y negro, tratan a los deseosos de ayudarlos a cambio de algunas concesiones como conspiradores siniestros, de este modo agravando el riesgo de que pronto se produzca un nuevo embrollo institucional. JAMES NEILSON
JAMES NEILSON |
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