Domingo 30 de Noviembre de 2008 Edicion impresa pag. 20 > Municipales
LA SEMANA EN SAN MARTÍN: Dos historias

En medio de la crispación por la ola de tomas que se abate sobre San Martín, la descripción más aguda del fenómeno me la regaló un padre de la escuela 5, en esa matinal coincidencia de llevar los chicos a clases: "Sabe lo que pasa, que los que van están hartos de ir sin llegar, y los que vienen están hartos de volver perdiéndolo todo en el camino...".

Alberto es albañil. Peina los 30 años y alguna vez quiso seguir estudiando. No pudo. Albañilería es lo que sabe, y eso es tan digno como ser diputado. Pero Alberto no trabaja.

Un buen día, en este pueblo que se acuesta con el turismo pero desayuna con la construcción, las obras comenzaron a cambiar de manos. Las empresas venían de afuera, con bolivianos y paraguayos hacinados en los obradores y cobrando por debajo de los convenios.

Alberto, y muchos como Alberto, nacidos y criados aquí, vieron mermar el trabajo, incluso antes de que esta crisis de las hipotecas basura se empecinara en abrazarnos como abraza el oso.

Alberto tiene compañera e hijos, pero vive con sus padres en Chacra 4. El alquiler es un lujo para el que changuea. Alberto postuló a una vivienda, pero su carpeta se perdió junto con la de muchos, en un episodio ocurrido hace varios años en el IPVU y nunca aclarado. Es uno de los 2.500 anotados en el registro local de la vivienda, sin respuesta.

"Si tuviera un lote... Yo haría mi casa, pero acá la tierra es tan cara".

Un buen día, Alberto y otros albertos ocuparon un terreno fiscal en ruta 234 y acceso al Regimiento Cuatro. A pocos metros de donde ha vivido siempre.

Le pregunté por qué lo hacía. "Porque estoy harto", me contestó...

Rolando está en el rubro de los servicios. Llegó hace algunos años, corrido por la locura de una gran ciudad, el hostigamiento, los arrebatadores, los cortes de ruta.

Rolando ha tenido suerte de nacer en una familia que le prodigó estudios.

Y ha hecho lo que tiene trabajando. Mucho. Por su labor, cada tanto debe viajar, pero últimamente esa es una tarea azarosa. Nunca sabe dónde lo sorprenderá el próximo corte de ruta.

Rolando no es rico. Con esfuerzo y una hipoteca que está pagando, compró una propiedad. Le llevó años y varias frustraciones. Tenía ingresos por encima de lo que califica para una vivienda social, que igual no pretendía, pero por debajo de lo que se necesitaba para una compra, en un mercado donde la tierra recuperó su valor en dólares después de la caída de la Convertibilidad.

Debió ahorrar primero hasta hacer un colchón, para luego lanzarse al crédito. Carísimo. Cumplió con todos los pasos y con cada papelito que le pidieron. Entretanto y por años, pagó alquiler.

El otro día, viniendo de La Vega, Rolando debió rodear un piquete en la ruta 234, mientras veía a los lados un sinnúmero de carpas y casillas precarias. Era una toma.

Un par de días después se enteró de que a los "usurpadores" les darían la tierra. Y tendrán casa, con ayuda del municipio. Rolando pudo haber sido uno de los exaltados de la marcha autoconvocada el miércoles, para quejarse a propósito de las tomas, la pérdida de derechos, el facilismo.

Rolando creía haber dejado todo aquello atrás.

"Estoy harto", me dijo antes de que le preguntase.

 

FERNANDO BRAVO

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