Lunes 27 de Octubre de 2008 Edicion impresa pag. 26 > Cultura y Espectaculos
El Ballet Nacional de Cuba cumple 60 junto a su estrella
Con casi 90 años, Alicia Alonso sigue fiel a sus principios: bailar y vivir.

La Habana, (dpa).- Hablar de ballet ayer y hoy implica ineludiblemente hablar de Alicia Alonso, la "prima ballerina assoluta" cubana que brilló durante décadas en todos los escenarios del mundo y que hoy en día, casi nonagenaria, sigue sin ser capaz de vivir alejada de un teatro.

"El escenario es donde un bailarín debe estar, aunque sólo sea caminando o sentado. Sobre el escenario me siento en casa", aseguró la fundadora del Ballet Nacional de Cuba (BNC), que mañana celebra su 60 aniversario, en una ocasión.

Alicia Alonso supo dar a la isla caribeña del ron, los puros y Fidel Castro, al que une una larga amistad, una nueva dimensión: la calidad de una danza clásica que ha sido reconocida por los mayores expertos internacionales y que colocó a Cuba en la cima del ballet mundial, codeándose sin complejos con escuelas consagradas como la rusa o la francesa.

Considerada la bailarina más longeva de todas las épocas -sólo en 1995, a los 75 años, colgó las zapatillas de manera definitiva-, "la Alonso" continúa hoy, a punto de cumplir 88 años reconocidos a regañadientes, al frente del BNC. "Ahora que no bailo físicamente, es cuando más necesidad tengo de expresarme con la coreografía", explicó su faceta de coreógrafa, a la que ahora se dedica en cuerpo y alma. Alonso sigue acompañando a sus pupilos a cualquier parte del mundo pese a su edad y a sus problemas de visión, una grave contrariedad que la acosa desde hace décadas pero que nunca impidió su ascenso al Olimpo de la danza.

Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez Hoya nació el 21 de diciembre de 1920 en La Habana, en el seno de una familia de clase media en la que nada incitaba el amor por la danza que sintió "desde chiquita" esta hija de militar.

Todavía una adolescente, en 1937 viaja a Estados Unidos para continuar su formación y allí contrae matrimonio con el también bailarín cubano Fernando Alonso, de quien adopta el apellido. Años después nacería su única hija, Laura.

En Nueva York, Alonso continúa su formación clásica con los mejores, como el coreógrafo George Balanchine, e integra varias de las compañías más reconocidas de entonces y ahora. En 1941 sin embargo su carrera estuvo a punto de terminar abruptamente: diagnosticada con un desprendimiento de retina, durante los siguientes dos años tuvo que someterse a varias operaciones que no sólo no tuvieron los resultados deseados -los problemas de visión la acompañarían durante toda su vida- sino peor aún: la obligaron a permanecer en reposo.

"Bailaba con la mente. Cegada, sin poder moverme, tumbada boca arriba, me enseñé a mí misma a bailar Giselle", contaría después de esa etapa, durante la cual su marido le mostraba con los dedos sobre su mano los pasos, técnica que hoy en día, ya casi ciega, aplica para dirigir las coreografías de sus pupilos.

Aún sin haberse recuperado del todo, Alonso regresó a Nueva York en 1943, donde el 2 de noviembre de ese año le aguardaba la oportunidad de oro: la inesperada baja de la prima ballerina del Ballet Theatre le permite debutar en el Metropolitan Opera House en el papel de "Giselle", un rol que desde entonces está indisolublemente ligado a ella

Entre sus muchas y reconocidas parejas de baile, forma la dupla con Igor Youskevitch. Juntos llegaron a ser calificados como los "Fred Astaire y Ginger Rogers de la danza clásica". Aunque sin cortar sus vínculos con Estados Unidos, Alonso regresa en 1948 a Cuba para fundar con su marido y su cuñado, el coreógrafo Alberto Alonso, el Ballet Alicia Alonso. Divergencias con el régimen de Fulgencio Batista la obligaron a cerrarlo durante unos años, hasta que en 1959, el triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro le dio el empujón financiero para continuar el proyecto, que desde 1960 lleva el nombre de Ballet Nacional de Cuba (BNC).

Su afinidad con el gobierno de Castro le selló durante varios lustros las puertas de Estados Unidos. Pero la primera bailarina de una compañía norteamericana que, en 1957, había actuado en la Unión Soviética, encontró en ésta y otras regiones del mundo el reconocimiento que hasta 1975 no le devolvería el país donde había comenzado a despuntar su carrera.

A partir de entonces no hubo escenario que no se le rindiera en Estados Unidos, donde incluso llegó a ser recibida en la mismísima Casa Blanca por el presidente Jimmy Carter, en 1979. Aunque asegura que jamás bailó "para ser una gran estrella", las decenas de condecoraciones, premios, galardones y cátedras que atesora dan fe de su imborrable huella en el ballet clásico mundial.

Ya casi nonagenaria, aunque con la coquetería propia del título de "prima ballerina assoluta" que no le abandona, Alonso continúa en la primera fila del ballet mundial, fiel a sus dos declaradas pasiones, "bailar y vivir".

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