| | |  | | | | | Click para ver más fotos  | | | Ayer se realizó una ceremonia en el lugar donde descansan los restos de Ceferino, el Santuario de María Auxiliadora, en Fortín Mercedes, provincia de Buenos Aires. Asistieron cerca de 120 personas y la misa estuvo a cargo del padre director Rubén Hiperdengues. Luego de la homilía, frente al altar, se ofrendó una oración. El próximo domingo, a las 10, se realizará la novena peregrinación y la primera procesión con Ceferino beato. Se esperan unos 15.000 fieles. | | |  | aría Ester Oliveti, que tiene 74 años y la estatura de una niña, mira al cielo y agradece a Ceferino haber podido ver crecer y criar a sus dos hijos. “Pasó mucho tiempo, no creo que a nadie le interese”, dice tímidamente, mientras entorna la puerta de su casa en Chimpay. Pero después de algunas palabras, la abre de par en par y deja que sus nietos revoloteen a su alrededor, mientras se sienta y comienza a recordar. “A mediados del año 75 me tuvieron que operar y le prometí a Ceferino que mientras me deje la vida para criar a mis hijos no me importaba sufrir. Porque yo me había criado sin madre y sabía lo que era, y mis hijos eran chicos. Me operaron en Choele Choel, pero a los 3 días comencé con complicaciones y me derivaron a Bahía Blanca. Allí en la clínica “Maternidad del Sur” me atendieron tres médicos, entre ellos un hematólogo y un cirujano. Pasaron varios días y yo siempre les decía que no me sentía bien. Ellos me respondían: “Usted es mañosa. Está bien”. Pero yo me daba cuenta de que no; me sentía cada vez peor. Así paso un montón de tiempo, más de dos semanas, cuando un día le dije a mi marido que llame al médico. Después de que entró, lo agarré de la solapa y le exigí que me hiciera análisis. Así, finalmente descubren que no tenía glóbulos blancos. El 22 de abril me dieron horas de vida. Los tres médicos que me vieron nos dijeron que ya no había nada que hacer. Entonces empezaron a preparar todo para el final”. Y mientras sus ojos parecen regresar a aquel instante, agrega: “En ese momento me acordé que yo había puesto en el coche un banderín de Ceferino. Y le dije a mi marido: ‘Traé el banderín, yo te pedí que nunca lo sacaras’. Fue corriendo y lo trajo. Lo puso debajo de la almohada”. “A las horas vino un médico extrañado porque no le habían ido a dar la novedad de que me había muerto. Después de revisarme dijo: ‘Está reaccionando’. Y ahí empecé a reaccionar, tal es así que a los 15 días me dieron el alta. Pesaba 36 kilos de los 48 que tenía cuando había entrado. Estuve una semana más en Bahía y nos volvimos a Chimpay. Al mes, cuando volví, el médico dijo al verme: ‘Usted es la resucitada’”. Y con un firme convencimiento, al que se suma su hija Marylin, sostiene: “Siempre creímos que se trató de un milagro de Ceferino. Después anduvieron algunos curas investigando para presentar la causa pero el médico clínico había fallecido y después también murió el cirujano. Fue un milagro: no fue un sólo médico, fueron tres los que me dieron por muerta”. Luego, se emociona hasta las lágrimas al recordar a su marido y su hijo que ya no están, y no puede hablar por unos minutos que parecen eternos. Desde esa época la creencia de María y su familia comenzó a ser más férrea, más firme. “Lo que sucedió fue muy emocionante, pero no hace más que reafirmar lo que nosotros siempre supimos, que Ceferino es santo”, sostiene mientras se levanta y habla de otros casos similares en la ciudad, que también por decisión de sus protagonistas permanecen en silencio. Miryam Bonifacio es docente y se resistió por mucho tiempo a contar su historia. Sólo lo hizo cuando la convencieron los niños de la escuela primaria N° 59, de Chimpay, para una revista escolar. Desde ese momento se hizo pública, y no ha dejado de impactar a quien la escucha o la lee. Relata: “En el año 1970 yo no podía caminar, estaba vendada, y me movilizaba con ayuda de los demás. Se me habían atrofiado los músculos debido a una infección que me hizo estar mucho tiempo en cama. Tenía seis años y estuve sin caminar hasta los 10. Mi padre recurrió a muchos médicos. Pero el dolor y el sufrimiento seguían”. Hay mucha emoción en su relato; se advierte en sus ojos. “Así llegamos a una mañana de agosto, cuando se aproximaba mi cumpleaños. Recuerdo que me iba a incorporar de la cama y vi una luz en la pared de mi habitación. Pensé que estaba soñando. Se me apareció Ceferino, con su traje marrón y una Biblia y me dijo: ‘Quedate tranquila... vas a volver a caminar’. “Pasaron algunos días y en un momento en que peleaba con mi hermano estaba tan furiosa que me levanté y caminé... No supe hasta ahora cómo fue... sólo pasó”. Después de ese día hubo una fiesta en la casa y la familia cumplió con una promesa a Ceferino: ofrendarle un objeto de oro de pequeño tamaño. “Con el tiempo -dice- visité a un traumatólogo que tras distintos análisis determinó que la cabeza del fémur se me había fracturado y que un trozo del hueso me había atravesado el músculo, lo que provocó la infección y sus consecuencias posteriores”. El especialista le dijo después que no se podía explicar cómo no le habían amputado la pierna en su momento. Miryam ahora camina y vivió estos días de fiesta religiosa de manera frenética. Tanto es así que sólo después de varios minutos de charla, “Río Negro” pudo convencerla que diera a conocer su historia. La misma que un día de agosto de este año se animó a contarle a los chicos de la escuela N° 59. | |