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Sábado 16 de Junio de 2007
 
Edicion impresa pag. 20 >
Periodismo de investigación: mentiras y encubrimiento

 

Cuando el 9 de agosto de 1974 el presidente Richard Milhous Nixon presentó su renuncia y Gerald Ford, su sucesor, expresó: "Se acabó la pesadilla", interpretó como nadie el clima vivido hasta ese momento en la democracia estadounidense.

Se cumplen treinta y cinco años del famoso caso Watergate, con génesis precisa el 17 de junio de 1972. Ese día, un grupo de individuos fue descubierto en el piso sexto del edificio que dio su nombre al escándalo. La institucionalidad de los Estados Unidos comenzó a ponerse a prueba durante el segundo mandato de su 37 presidente.

Los intrusos sorprendidos trataban de instalar micrófonos ocultos en las oficinas del Partido Demócrata en Washington. Se admite que el hecho pasó casi inadvertido para la sociedad y dirigentes políticos de uno y otro sector predominantes en la tradición electoral.

Dos periodistas investigaron sobre el origen de la orden a los expertos en toma de grabaciones ocultas.

Bob Woodward y Carl Bernstein, jóvenes cronistas del prestigioso "The Washington Post" investigaron, sin ceder, el enigma hasta el fin de la historia. El mandato de Nixon se aproximaba a su conclusión y el presidente se disponía a postularse a la reelección por otros cuatro años. Nada, salvo su propia inestabilidad emocional, hacía prever que no superaría con creces a su rival, el demócrata George McGovern, aspirante a la Casa Blanca con visible desventaja de acuerdo con las mediciones de opinión.

La inseguridad del presidente Nixon no fue poca cosa en su extensa carrera política. A pesar de contar con casi 20 puntos de ventaja sobre su oponente, la obsesión por conocer los movimientos del adversario lo llevó a prácticas distantes del comportamiento democrático: rompió códigos, mintió, ensució a la oposición y encubrió con entusiasmo a los hombres de su entorno. Quiso saber todo lo que ocurría y hasta llegó a demandar a periodistas de un influyente diario neoyorquino.

Nixon abrió el frente chino y esa acción agradó a la sociedad norteamericana. Establecer relaciones con la República Popular China, conducida por Mao, fue un golpe maestro de la política internacional, especialmente de su secretario de Estado, Henry Kissinger. Luego la visita a la Unión Soviética jerarquizó su presidencia y, finalmente, ganó las elecciones por el 61% de los votos.

También había comenzado un proceso de retirada en Vietnam que concluyó con la guerra en la antigua Indochina. Daba la impresión que quería "la estabilidad del mundo". Más aún con un acuerdo de limitación de armas nucleares suscripto con Brezhnev.

Pero a la inquietante pregunta ¿quién mandó a los técnicos a montar una red de micrófonos en las oficinas del Partido Demócrata en el edificio Watergate? nunca se obtuvo respuesta. Quedó pendiente junto a la preocupación presidencial por anticiparse a subsanar la inminente crisis.

Las reuniones de análisis sobre Watergate, ultras secretas, concretadas en la Casa Blanca, fueron grabadas en cintas magnetofónicas. De nuevo la ansiedad y destemplanza de Nixon provocaron conductas reprobables. Otras acciones de espionaje se encomendaron a un grupo llamado "fontaneros", descubiertos al andar en su tarea.

A medida que los periodistas Woodward y Bernstein avanzaron en la investigación, a través de una fuente reservada llamada "garganta profunda", se quebraron voluntades de agentes y funcionarios comprometidos.

Documentos que revelaban el modo de ingreso de EE. UU. en la guerra de Vietnam, más fotos de eventos familiares en la Casa Blanca, produjeron reiterados movimientos e-quívocos con la prensa.

Un plan de Nixon para comprar el silencio de los técnicos electrónicos, sorprendidos en el Watergate, no dio los resultados esperados. Las denuncias de algunos de los "hombres del presidente" implicados en el caso y la acción de la Justicia, llevaron al clímax sintetizado como pesadilla por Gerald Ford.

"The Washington Post" prosiguió con la investigación de los dos cronistas. El vínculo entre los llamados espías y la sede del poder máximo de EE. UU. fue confirmado. El jefe de Estado fue sospechado de conspiración; siempre lo negó.

La prensa, con ejercicio superlativo de independencia y afirmación de la libertad de expresión, provocó la caída de un presidente propenso a la corrupción y a devaluar la significación del periodismo en la vida de ciudadanos miembros de una democracia próxima a cumplir, en 1976, su bicentenario.

El mandatario había violado normas básicas del sistema con amenazas, mentiras, encubrimientos. Estuvieron implicados treinta altos funcionarios de la administración y del comité del partido. A la cárcel fueron 19. Richard Nixon, con su renuncia, acordó y obtuvo el perdón de Ford.

La identidad del misterioso informante clave se conoció hace unos años por su propia determinación. Woodward y Bernstein mantuvieron la estricta reserva de esa fuente.

 

(*) Profesor de Comunicación Social, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad Nacional del Comahue.

 
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