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Juan Pablo Marsicano

28 de julio de 2004



Cuando dejé Argentina con veintidós años, no sabía que dieciocho años después iba a estar supeditado o anclado a mis propios orígenes. Desde hace unos años, entiendo perfectamente a nuestros abuelos o bisabuelos que se vieron compelidos a vivir en una nueva cultura. Cuando se toma la decisión de emigrar, no suele sopesarse los verdaderos problemas de fondo que la migración conlleva, sólo se ve la económica o la inseguridad como excusa. La cuestión social, los orígenes, la familia no están en esa decisión, en los primeros años de migrante no se descubre el fondo de la cuestión, y es que, somos presos de nuestro entorno y de nuestra cultura, por eso, cuando conseguimos un trabajo y una estabilidad inmediata, entendemos que hemos tocado el cielo con las manos, Ahora bien, cuando ha transcurrido el tiempo y se ven las cosas en perspectiva. Ni todo esto es tan bueno ni aquello tan malo. Por eso, deseo que todo aquél que vaya a emigrar, piense en las consecuencias de que sus hijos van a crecer en otra cultura, ¿mejor, peor?, distinta. Y que en el caso de España, la normalización de la documentación no se hace en los tiempos que uno necesita, a no ser que sea ciudadano comunitario. Para concluir, no hay nada como las raíces y crecer, vivir y morir en el propio entrono que le vio nacer. Y si no, que se lo pregunten a nuestro abuelos.

Juan Pablo Marsicano

Abogado del Ilustre Colegio de Abogados de Elche (Alicante - España)

 

 

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