Y llega una vez más…transcurren más de 360 días y quienes tenemos el deseo, nuevamente brindamos. Nos juntamos y soñamos por un mundo mejor. Muchos quieren que el año pase pronto y otros sólo quieren que las fiestas transcurran a velocidad.
En mi caso siempre me gustaron las fiestas. Juntarse, conversar con familia, amigos, armar platos diferentes, crear sorpresas. La cuenta regresiva…hasta la parte de los fuegos artificiales…ahí sólo pienso en la cantidad de animales que se alejan de su familia, asustados y confundidos. En la cantidad de niños lesionados y como correrán a una sala de emergencia.
Pienso en la cantidad de gente que bebe de más y que saldrá a conducir poniendo en riesgo su vida y la de cualquier otro.
Pienso en la gente sola que no se atrevió a enunciar que no tenía con quién juntarse.
Y eso es imposible que deje de pensar….cómo será posible que haya dos puntas que no se conecten…
Un adulto que diga no a la pirotecnia y que no sucedan pérdidas ni accidentes
Un adulto que conozca sus límites y que deje de beber, una persona que le diga a su ser querido, por favor basta o no podés conducir.
Una persona que pregunte: ¿Con quién te reunís para estas fiestas?
No concibo alguien con hambre y una heladera llena muy cerca…
Tampoco alguien sin trabajo y solo la necesidad de pedir.
No concibo desánimo con tanta alegría alrededor.
Es imposible pensar en un basural cuando todos sabemos que no debe existir en esas condiciones.
Pienso entonces que en algo estamos fallando. Cuerdas que ajustar, razonamientos que profundizar, palabras que decir en forma certera.
Y es habitual que no hagamos aquello que pensamos y que no digamos lo que sentimos.
Que el descreimiento supere a la acción y que vivamos como si nada se pudiese hacer.
María Teresa de Calcuta dijo: «A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota».
Y suelo pensar mucho en esto cuando veo que hay dos partes que no se conectan, cuando sin pensarlo casi automáticamente, como respondiendo a un mandato cultural me anclo en la pasividad. Esta suele ser muy amiga de la queja y se llevan muy bien con mirar la vida de los demás. Y esta se conecta con la crítica que es depredadora para quien la emite y para quien la recibe. Es una energía que trasciende palabras.
Y ahora, ya transcurridos unos años de análisis de mi personalidad, atravesando terapias, buenos amigos, experiencias muchas riquísimas e interesantes me vuelco a detenerme un instante antes de la pasividad, pienso en la necesidad de hacer algo con mi malestar y conecto con esa otra parte: puede ser un llamado, una búsqueda, en fin…cada malestar tiene un algo para hacer.
Declaro en este acto sencillo la batalla a la pasividad. Declaro la amistad con la acción, la magia al juntarse con otros y hacer algo nuevo.
Declaro mi batalla al descreimiento y al famoso “eso lo debe hacer otro”. Porque el malestar se queda en cada uno cuando no hay cambio. Se transforma en vejez, no en madurez. Se transforma adentro nuestro en corrosivo, destruyendo paulatinamente sueños, deseos, alegrías. Y sólo se ocurre decir…y bueno ¿…Qué se va a hacer…?
Hay tanto para hacer…Tantas cosas maravillosas…
Levanto mi ser para brindar con todos por cada uno de los deseos, para que logremos encontrar la conexión necesaria para la acción, la realidad y para que esa gota, que a cada paso podemos dejar se convierta en muchas, que accionemos para que cada uno muestre la suya y que sin darnos cuenta estemos mirando nuestro lago.
Lic. Laura Collavini
www.lauracollavini.com.ar