,…Límites…¡¡¡Socorro!!!

 Se observa cotidianamente cómo a muchos papás y mamás, les cuesta poner límites a sus hijos. Observan y dudan al hablar y mostrar cierta autoridad ante sus hijos.

Ante los niños o adolescentes parecería que poner límites se transformó en el mal de nuestros días.

Desde sala de 3 comienzan las visitas a los jardines…los papás citados por sus docentes les cuentan que su hijo/hija en la sala no hace caso. Desobedece a la maestra, suele empujar, tal vez sale de la sala, contesta feo incluso con malas palabras, etc.
En algunas ocasiones, los padres se resisten a darle la razón a la maestra.
Seguramente no es sencillo escuchar quejas acerca del propio hijo…entonces
manifiestan que es la docente que no sabe cómo tratarlo, que lo rotularon con una etiqueta que dice que “el niño que se porta mal” y de ahí en adelante parecería comenzar un camino de despliegues de fuerzas, los padres de un lado y la escuela de otro, tironeando por saber quién tiene la verdad, intentan en ocasiones desautorizar al otro como si fuera una pequeña batalla. Y ahí está el niño observando, en el medio del despliegue.
Otra reacción de los papás es decir que en casa sucede lo mismo y que no saben cómo tratar al niño, qué hacer para que les hagan caso. Sea hijo único o tenga varios hermanos las dificultades ante los límites parece no diferenciar. No discrimina tampoco clases sociales.
Puede comenzar aquí, desde la primera infancia un peregrinar de visitas a pediatras, charlas con vecinos, amigos, en busca de la solución mágica, la palabra exacta que los haga obedecer…
Es realmente un sufrimiento. Muchos papás y/o mamás no quieren regresar a sus casas porque saben que será una lucha continua, que se pondrán nerviosos y que todo finaliza con un castigo fuerte y en ocasiones corporal. Los niños se van a la cama llorando hasta que se duermen.
Queda entonces una sensación de impotencia, angustia, sentirse los peores de todos, malos padres.
Al día siguiente entonces o aun dormidos quieren enmendar esa situación y los van a besar mientras duermen, viéndolos tan tranquilos, en paz, se enternecen…les compran algo luego para pedirles una especie de disculpas, los dejan hacer lo que más quieren…y al día siguiente todo vuelve a empezar…
Este pesar que aqueja a tantos padres no se cura con pastillitas mágicas ni sólo con amor cariñoso, con besos abrazos y palabras tiernas.
Los niños no les hace falta discursos del tipo: mamá y papá te dan todo lo que necesitás, te amamos, ¿por qué nos hacés estas cosas? Luego de terminado el discurso, el cierre imperdible ¿Te vas a portar bien? ¿Vas a hacer caso? Los niños por supuesto contestarán que sí, convencidos de lo que dicen.
Los resultados de los discursos tienen un resultado fugaz. Si no es sostenido por acciones cotidianas y rutinas.

Nuestra cultura hace varias décadas asocia el límite a represión, negación de derechos y libertad de expresión. Al mismo tiempo nos acompañó ciertas ideologías que sostenían que los niños sabían mucho más que los adultos, que debíamos respetarlos en sus decisiones porque sino serían personas frustradas.
Varias generaciones crecimos y nos educamos con la imposibilidad de preguntar y cuestionar. Hacerlo estaba mal visto, era peligroso.
Pudimos haber vivido la primaria, secundaria, universidad en este tiempo de represión. Las generaciones del 30, 40 hacían obedecer mediante el temor. “Me miraba y me callaba” y se suele escuchar la siguiente reflexión “…Ahora yo lo miro y se me ríe en la cara…” Será que esa reacción de obediencia es por temor y no por respeto.
Creo que lo que los papás de ahora deseamos es que nos tengan respeto, que comprendan y no que obedezcan porque sí. Que sean libres y no sabemos cómo se hace…

Comenzaremos a abordar este tema, porque no puede desarrollarse en pocas líneas, sería irrespetuoso.
Pero pensemos que la dificultad de los niños en acatar los límites no es una enfermedad de ellos, sino una reacción a nuestras circunstancias.

Les propongo que me cuenten aquello que opinan y juntos iremos tratando de reflexionar un poquito más acerca de esta niñez y adolescencia ¡tan parecida y diferente a las nuestras!

Lic. Laura Collavini