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Miércoles 7 de junio de 2006
   Editorial
Una estrategia equivocada
Desde 1983 el propósito básico de todo gobierno interesado en superar las heridas y distorsiones que fueron provocadas por las décadas de intervencionismo militar que culminaron con el Proceso debería consistir en asegurar que las Fuerzas Armadas se purguen por completo de los comprometidos con teorías anticuadas que sirvieron para justificar actitudes propias de un ejército de ocupación sumamente brutal en un país conquistado. Hasta iniciarse la gestión del presidente Néstor Kirchner, el cambio cultural así supuesto se concretaba con éxito, ya que parecía que las nuevas generaciones de militares no compartían las ideas de las anteriores que, lideradas por traidores al código de valores militar que rige en todos los países civilizados, tanto hicieron por desprestigiar a las Fuerzas Armadas. Dicha transformación fue impulsada menos por los juicios de quienes perpetraron crímenes atroces durante la guerra sucia que por la conciencia generalizada de que el país –y el mundo– había cambiado mucho desde los años setenta y que por lo tanto sería tan anacrónico intentar reivindicar las pretensiones militares, para no hablar de la metodología empleada en la lucha contra el terrorismo, como sería procurar justificar la conducta y las fantasías políticas de los montoneros, erpistas y otros militantes de ideas totalitarias.
He aquí una razón por la que Kirchner cometió un error muy grande cuando optó por volver atrás el reloj a la década más cruel y más miserable de la historia del país. Al reivindicar a su modo el terrorismo civil de aquellos tiempos, Kirchner brindó a los militares impenitentes, sobre todo a los retirados, un argumento inmejorable que podrían usar para intentar convencer a los más jóvenes de que las Fuerzas Armadas son blanco de una venganza política por parte de los vinculados con las bandas terroristas, y no objeto de una serie de reformas que fueron necesarias tanto para reincorporarlas a una sociedad en la que nadie puede considerarse por encima de la ley como para ayudarlas a adaptarse plenamente al mundo del siglo XXI en el que no tienen lugar nociones como la de que por constituir “la reserva moral de la Nación” los militares tengan derecho a gobernarla a su antojo. En su afán de congraciarse con un segmento determinado de la población, Kirchner se las ha arreglado para reactualizar las formas de pensar de hace treinta o cuarenta años. Puede que el presidente dé por descontado que quienes en aquel entonces eran calificados de subversivos ya han ganado todos los debates de suerte que no tiene por qué preocuparse por la eventual reacción de los militares, pero aunque fuera así no convendría a nadie que los provocaran hasta tal punto que algunos caigan en la tentación de insubordinarse, creando de tal manera una situación que acaso resultara peligrosa.
Por motivos que deberían ser evidentes, sería mejor que el gobierno actual emulara a los anteriores que trataron de dar la impresión de que las Fuerzas Armadas ya se habían normalizado y que, si se produjeran episodios ingratos, sería a causa del comportamiento de inadaptados nada típicos. Tal enfoque, más terapéutico que punitorio, minimizó el riesgo de que incidiera en la conducta de sus camaradas la prédica de militares nostálgicos por un pasado no democrático. Sin embargo, parecería que Kirchner, un hombre que es ducho en el arte –en su opinión fundamental– de inventarse enemigos, está resuelto a hacer cuanto pueda para que se multipliquen los incidentes supuestamente reivindicatorios de la metodología usada por las Fuerzas Armadas en la guerra sucia y para asegurar que reciban la máxima publicidad, sin duda por suponer que tal postura desafiante le reportará abundantes réditos políticos. Es posible que Kirchner haya acertado, pero también lo es que la ciudadanía pronto comience a cansarse de la cruzada tardía que ha emprendido –por motivos que tienen más que ver con sus prioridades políticas personales que con aquellos “principios” a los cuales suele aludir– no sólo contra los vinculados con la violación sistemática de los derechos humanos durante el Proceso sino también contra todos aquellos que, a su entender, simpatizan con ellos, incluyendo desde luego a los familiares de las víctimas del terrorismo que, como es natural, quieren homenajearlas.

 

 

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