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| Sábado 8 de abril de 2006 |
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| Otra purga policial |
Desde hace años se da por descontado que
no habrá forma de mejorar la seguridad ciudadana en el país
hasta que la Policía Bonaerense sea depurada de elementos que,
si bien suelen combatir la delincuencia menor, colaboran con los notorios
piratas del asfalto y otros criminales, además de estar involucrados
en actividades que suelen calificarse de mafiosas como las supuestas
por el juego y la prostitución. Así las cosas, es inevitable
que se hayan tomado las sucesivas purgas ordenadas por León
Arslanian, el ex camarista que está a cargo del ministerio
de Seguridad provincial, por intentos de eliminar la corrupción
que infesta la organización policial más poderosa del
país. Que la corrupción haya sido y acaso siga siendo
un problema muy grave de la Bonaerense no parece admitir discusión,
ya que con cierta frecuencia se revela que ex comisarios resultaron
ser dueños de una fortuna personal que no correspondía
con sus ingresos oficiales, pero por motivos comprensibles Arslanian
ha preferido atribuir la purga más reciente, en la que 72 efectivos
de alto rango, entre ellos superintendentes, comisionados y capitanes,
pasaron a retiro, 42 se vieron puestos en disponibilidad y cinco que
están bajo investigación penal fueron declarados prescindibles,
a la voluntad del gobierno bonaerense de llevar a cabo una reforma
global con el propósito de modernizar la fuerza. A partir de
abril de 2004, mes en que retomó su función como mandamás
de la seguridad en la provincia más poblada, Arslanian ya ha
llevado a cabo ocho purgas. Pocos creen que la anunciada el viernes
será la última.
Lo que Arslanian y el gobernador Felipe Solá tienen en mente
es una reorganización drástica no sólo para que
la Bonaerense sea mucho más profesional sino también
para que se desarticulen las redes de complicidad que responden a
los “caciques” o “porongas” que por alguna
que otra razón son considerados líderes natos. Según
Arslanian, el gobierno quiere que todos los jefes “sean fungibles
e intercambiables”, sin estar “atados a otras lealtades”,
y para hacer más profunda la reorganización agregó
14 nuevas departamentales a las 18 que ya existían. Desde el
punto de vista del gobierno provincial son muchas las ventajas de
contar con una fuerza policial en la que los lazos personales entre
los integrantes carezcan de importancia, pero esto no significa que
–en el caso de que resultara posible formar una– la organización
aséptica, de características burocráticas del
tipo que les parece deseable, sería más eficaz que la
actual.
Bien que mal, tanto la fuerzas militares como las policiales no pueden
funcionar de modo adecuado a menos que los jefes sean respetados por
algo más que su jerarquía formal o la cantidad de diplomas
que han logrado acumular. Por depender la vida misma de lo que hacen
o no hacen sus compañeros, siempre es necesario que los hombres
y mujeres que las integran sientan un grado de confianza mutua que
es superior al supuesto por los códigos escritos. Si bien en
la Bonaerense los vínculos personales de esta clase han sido
aprovechados por corruptos, esto no quiere decir que sean intrínsecamente
malos o que sea realista el proyecto de una fuerza policial en la
que no incida para nada la solidaridad que sienten los oficiales hacia
los demás uniformados. También puede cuestionarse la
noción de que los jefes tengan que ser “intercambiables”,
es decir, que en adelante se acostumbren a ser trasladados con frecuencia
de un lugar a otro y a desempeñar funciones distintas, de este
modo reduciendo el riesgo de que se formen grupos mafiosos o que luego
de permanecer años en un distrito determinado un jefe se convierta
en cómplice de los malhechores locales. Como acaban de recordarnos
aquellos legisladores que aprobaron sin debatirla una ley destinada
a defender a los empleados de modificaciones de sus condiciones de
trabajo, a nadie le gusta demasiado ser tratado como una pieza anónima
de una maquinaria impersonal, sentimiento éste que, como es
natural, comparte la mayoría de los policías. Convendría
que Arslanian y Solá tomaran en cuenta dicha realidad: aunque
está claro que las reformas que están impulsando tienen
su lado positivo, su aplicación a rajatabla podría llevar
a la desmoralización de lo que, al fin y al cabo, es la fuerza
policial más grande del país.
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