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Miércoles 5 de abril de 2006
   Editorial
No son esclavos
En vista de que nadie ignora que en la Argentina millones de personas viven de ingresos ínfimos que no motivarían sorpresa en China u otros países pobres y que una parte sustancial de la economía está en negro, no extraña en absoluto que abunden los talleres clandestinos donde las jornadas de trabajo son largas y los salarios son muy bajos. Sin embargo, toda vez que se difunden detalles acerca de dichos establecimientos, lo que suele suceder cuando se produce un incendio como el que la semana pasada causó la muerte de seis inmigrantes indocumentados en el barrio porteño de Caballito, muchos periodistas, políticos y funcionarios hablan con indignación de “esclavitud” y culpan a las autoridades por no haberla abolido, como si se tratara de algo totalmente inédito, lo que acaso sería si la Argentina fuera un país bien administrado de ingresos altos en el que todos acatan los reglamentos.
Puede que tal actitud refleje los sentimientos humanitarios de quienes están acostumbrados a un nivel de vida que es relativamente cómodo, pero dadas las circunstancias es muy poco realista. Por lo demás, desde el punto de vista de los “esclavos” mismos la reacción de los que se afirman escandalizados por descubrir que en la Argentina hay quienes trabajan en lugares insalubres por muy poco dinero constituye una amenaza. De cerrarse los talleres clandestinos como quisiera el gobierno porteño, quedarían sin trabajo y a menos que la legalización de los indocumentados fuera automática –o sea, que el país optara por no tener una política inmigratoria, declarando abiertas las fronteras – , para muchos significaría la expulsión.
En países que son más ricos que el nuestro, es común oír denuncias airadas de las condiciones terribles de trabajo que se encuentran tanto en el Tercer Mundo como en comunidades conformadas por inmigrantes que además de no hablar el idioma nacional son reacios a arriesgarse exigiendo que sean respetados todos sus derechos legales. También es frecuente que entidades caritativas y sindicatos organicen campañas encaminadas a asegurar que en los países subdesarrollados de Africa, Asia y América latina todos respeten las reglas que son propias de sociedades prósperas, boicoteando productos de empresas que a su juicio tratan a sus empleados como esclavos. Huelga decir que los más perjudicados por los esfuerzos de los bienintencionados son los presuntos beneficiados. Para éstos, un trabajo en una empresa, sea ésta legal o clandestina, la sucursal de una gran multinacional o un pequeño taller local, es mucho mejor que la labor de un campesino o, lo que es peor, la lucha por sobrevivir de un desocupado en una ciudad en la que los indigentes se cuentan por centenares de miles.
A raíz del incendio en Caballito, el nuevo intendente porteño, Jorge Telerman, se afirmó resuelto a “erradicar el trabajo ilegal y aberrante” mientras que otro funcionario dijo que perseguiría penalmente a los acusados de reducir a “la servidumbre” a miembros de la comunidad boliviana en su jurisdicción. Es poco probable que logren su propósito. Mientras haya tanta pobreza en el país, y más aún en Bolivia de donde procedieron los seis indocumentados que murieron, habrá emprendimientos precarios que no tendrán dificultades para reclutar a personas que están más que dispuestas a trabajar doce o catorce horas por día por considerarlo mucho mejor que cualquier alternativa real. Con escasas excepciones lo harán no por temor a ser castigadas con dureza por un empleador desalmado sino porque entienden que sólo así les será dado escapar de la miseria. En efecto, en nuestro país son muchos los inmigrantes bolivianos que sin recibir la ayuda de nadie han logrado erigirse en dueños de comercios y esperan que sus hijos sean profesionales exitosos, meta que les sería inalcanzable si insistieran en respetar los horarios fijados por las autoridades. No son esclavos sino pobres que están tratado de avanzar por el mismo camino que aquellos inmigrantes chinos de origen campesino en Europa y Estados Unidos que por sus propios esfuerzos, en el lapso de una generación o dos, ya han conseguido integrarse a la clase media merced a la convicción de que si uno quiere sobresalir es necesario trabajar con mucho más ahínco que los demás.

 

 

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