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Domingo 19 de febrero de 2006
   Editorial
Una década perdida
A pesar de que el año pasado la economía haya crecido el 9,1 por ciento, una de las tasas más altas del mundo, y que ya se hayan anotado 37 meses consecutivos de expansión muy fuerte, el país dista de haberse recuperado de la crisis igualmente explosiva que comenzó en 1998. Si bien el producto bruto interno es mayor que el registrado en aquel año, el producto per cápita sigue siendo inferior porque, al fin y al cabo, la población no dejó de crecer a un ritmo de aproximadamente el 1,17 por ciento anual. Asimismo, nadie ignora que a partir de 1998 la distribución del ingreso se ha modificado de manera drástica, al concentrarse la riqueza disponible en muy pocas manos, con el resultado de que el 40 por ciento de la población está sumida en la pobreza y una proporción similar vive peor que en los satanizados años noventa.
De todos modos, por depender tanto de los precios internacionales de los commodities y de las tasas de interés en Estados Unidos, la Argentina ya está acostumbrada a ver alternar períodos de auge, durante los cuales algunos se convencen de que por fin el país ha descubierto la clave del éxito económico, con otros de depresión en que la gente lamenta haberse dejado engañar por las ilusiones que antes festejaba. En esta ocasión, empero, la reacción de la mayoría frente a las estadísticas brillantes que se difunden día a día ha sido relativamente sobria. Aunque parece probable que la coyuntura internacional continúe siéndonos favorable, esto no quiere decir que podamos darnos el lujo de confiar en que los ciclos económicos ya pertenezcan al pasado y que por lo tanto, no será necesario prepararnos para una nueva época de años flacos como aquella que terminó demoliendo la convertibilidad. Además, es forzoso reconocer que hay una diferencia muy grande entre una economía que, como la argentina, es capaz de producir lo suficiente como para posibilitar un nivel de vida parecido al actual - el que para la mayoría es mucho más bajo que el alcanzado brevemente en los años setenta del siglo pasado -, y una que pueda generar recursos equiparables con los de los países más ricos. Corresponde, pues, a la clase política pensar en lo que sería necesario hacer para que la Argentina deje de depender tanto de las vicisitudes del clima y de los precios de las materias primas para convertirse en un país mucho más productivo.
Siempre y cuando el mundo entero esté disfrutando de un boom, el “modelo” vigente, basado como está en una moneda subvaluada, en barreras proteccionistas y, cada vez más, en controles de todo tipo, ha demostrado estar en condiciones de permitirnos volver a gozar de lo que desde hace varias décadas podría calificarse de normalidad, en lo que concierne al producto bruto interno por lo menos, pero no hay motivos para creer que pueda ofrecernos mucho más. Incluso si, como tantos preven, en el año corriente se registra una tasa de crecimiento muy vigorosa, a lo sumo el ingreso per cápita será levemente superior a aquel de ocho años antes, mientras que en otras partes del mundo “emergente” el aumento será del cuarenta, el cincuenta por ciento o más. Por lo tanto, tendremos que preguntarnos si en lo que queda de la primera década del nuevo milenio la economía podrá recuperar el terreno así perdido sin que se concreten reformas importantes que, como siempre ocurre, se verían resistidas por quienes prefieren mantener las cosas como están. Por desgracia, no parece demasiado probable, a menos que el gobierno haga un esfuerzo serio por reconciliarse con los inversores, abrir la economía más que para que nuestros empresarios entiendan que les guste o no les guste tendrán que habituarse a competir con rivales un tanto más temibles que los brasileños, permitir que el sector financiero se recupere de los golpes que sufrió en 2001 y 2002 para que haya más créditos accesibles para las empresas, y, huelga decirlo, mejorar drásticamente la calidad de la educación que, en última instancia, es lo que más importa cuando del desarrollo se trata. Por lo demás, tendrá que tomar más en serio la amenaza planteada por la inflación, aquel síntoma de una economía sobrecalentada, que no sólo perjudica a los ya muy pobres sino que también hace que sea casi inevitable que haya mucho más agitación laboral.

 

 

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