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| Miércoles 23 de noviembre
de 2005 |
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| Economía caliente |
El camionero Hugo Moyano no se equivoca cuando
afirma que Roberto Lavagna “no tiene la capacidad de controlar
la inflación” y que por lo tanto trata de “buscar
culpables” del fenómeno, entre ellos, el propio Moyano
y, huelga decirlo, los dueños de los supermercados, los exportadores
de carnes, lácteos y otros malhechores que el ministro de Economía
está procurando multar quitándoles reintegros impositivos.
A pesar de tales medidas y de las a menudo virulentas amonestaciones
oficiales, se prevé que el índice de inflación
correspondiente a noviembre se aproxime al uno por ciento y hay quienes
vaticinan que el de diciembre sea del dos por ciento, un guarismo
que en muchos países avanzados sería considerado excesivo
para un año entero. Lo que es peor aún, pocos dudan
de que antes de la Navidad se intensifique la sensación de
que en realidad los precios están subiendo a un ritmo que es
muy superior al registrado por el INDEC porque, según diversas
organizaciones de defensa del consumidor, las fiestas costarán
el cuarenta por ciento más que el año pasado. También
serán mucho más caras las vacaciones de verano para
quienes están en condiciones de disfrutarlas.
Que el crecimiento fuerte de la economía se haya visto acompañado
por una subida generalizada de los precios no debería sorprenderle
a nadie. La gran devaluación concretada por el gobierno de
Eduardo Duhalde fue “exitosa” en el sentido de que no
fue seguida por un estallido inflacionario porque depauperó
a más de la mitad de la población del país, lo
que obligó a los comerciantes a vender barato. Sin embargo,
desde entonces, la economía ha crecido el treinta por ciento
y, si bien el reparto de la bonanza ha sido llamativamente inequitativo,
los que forman parte de una minoría favorecida tienen más
dinero para gastar que tres años atrás.
Otro factor es la voluntad de Lavagna de subordinar casi todo a mantener
un dólar muy alto, a diferencia de sus homólogos del
Brasil y de Uruguay que optaron por permitir que sus monedas respectivas
se apreciaran frente a la divisa estadounidense, sin por eso sufrir
ninguna pérdida de competitividad. Puesto que el ministro está
tan comprometido con la política así supuesta, no es
demasiado probable que la modifique mucho en los meses próximos,
aunque ya se habrá dado cuenta de que los “productivos”
bonaerenses no han aprovechado la oportunidad para convertirse en
máquinas de exportar. Antes bien, se han limitado a presionarlo
para que no piense en dejar que el peso encuentre su nivel real que,
se dice, estaría entre el 2,20 y el 2,40 de cara al dólar
estadounidense.
Cuando una economía crece a gran velocidad, la amenazará
la inflación a menos que la productividad mejore a un ritmo
similar, pero parecería que esto no está sucediendo
porque luego del bajón del 2002, las empresas tuvieron mucha
capacidad instalada que no usaban. En la actualidad, en cambio, sectores
significantes ya están operando a pleno, de suerte que los
aumentos futuros de la producción dependerán de las
inversiones que, como Lavagna mismo subrayó en varias ocasiones,
distan de ser suficientes, motivo por el cual entenderá que
el crecimiento rápido no podrá prolongarse por un tiempo
indefinido, aunque otros miembros del gobierno, convencidos de que
una tasa anual de inflación es un precio módico a pagar
por una tasa de expansión del nueve por ciento o más,
se opondrían a medidas destinadas a enfriar una economía
que está mostrando síntomas de recalentamiento.
Si bien sindicalistas como Moyano se aseveran aliados del presidente
Néstor Kirchner, no por eso dejarán de promover paros
en un esfuerzo vano por asegurar que los salarios aumenten más
que los precios.
Puede que por ahora no haya riesgo de que el país experimente
tasas de inflación equiparables con las registradas durante
décadas antes de la puesta en marcha del plan de convertibilidad,
pero así y todo, serían necesarias medidas muy firmes
para impedir que la tasa actual resulte crónica, lo que, además
de desatar conflictos laborales constantes y hacer aún más
tóxico el clima de negocios, perjudicaría mucho a más
de la mitad de la población cuyos integrantes ya viven por
debajo de la línea oficial de pobreza, y están tan cerca
de ella que un aumento que otros apenas percibirían, bastaría
como para hundirlos. |
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