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Domingo 13 de noviembre de 2005
   Sociedad

Criminales de sirios libaneses, presos a Roca

El estupor por el inútil asesinato de un prestigioso galés en el Chubut quedó superado por los crímenes seriados de "turcos" mercachifles ambulantes en la región de El Cuy.

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Jefes de la banda de El Cuy: Pedro Villa (1), Alberto Maripi (2), Hilario Castro (3),

por: FRANCISCO N. JUAREZ

fnjuarez@sion.com

La confusión suscitada el 15 de febrero de 1910 en la casilla del telégrafo de Nahuel Huapi, cerca de el nacimiento del Limay, se originó en los temores corridos desde el asesinato del ingeniero Ap Iwan consumado casi en el fin de año de 1909 en Arroyo Pescado, Chubut. Sucedió cuando a dos elegantes turistas acompañados de una mujer, los tres con sus armas encartuchadas, los creyeron el más buscado trío de asaltantes norteamericanos en la Patagonia. El gobernador interino de Chubut, doctor de la Vega, había recibido un telegrama que describía a los dos principales asaltantes, "Hood Bob Evans, grueso, rubio, de 35 años de edad y William Wilson, algo grueso, ojos azules, ambos afeitados que deben dirigirse a Lago Buenos Aires...".

De inmediato impartió "órdenes perentorias" a los comisarios, pero a los corresponsales de los diarios porteños les agregó un dato no tan divulgado: "..que hace aproximadamente un mes fue asaltada la casa de comercio de Solari, en Esquel, situada a pocas cuadras de la comisaría a las 12 del día por dos enmascarados que se llevaron objetos y dinero por valor de 3.000 pesos..." y suponía que fueran los mismos bandoleros Evans y Wilson.

El suceso acrecentó los temores que ya habían corrido por años en todos los pueblos patagónicos. En muchos casos y lugares creían ver a bandoleros norteamericanos. Hasta en Comodoro Rivadavia, donde tampoco podían olvidar fácilmente el suceso de 1908 que frustró el asalto a la casa Lahusen y agencia del Banco Nación, lograron reverdecer cautelas y aprehensiones, por lo que -tras el crimen en Arroyo Pescado- vigilaron a dos forasteros que les parecieron sospechosos.

Pero la vigilia resultó un fiasco: el 2 de enero de 1910 el corresponsal de La Prensa telegrafió a la redacción en Buenos Aires que "he comprobado que dos personas consideradas como norteamericanas a las cuales se atribuyen malas intenciones contra el pueblo, son: un comerciante alemán de Buenos Aires introductor de (elementos de) ferretería y otro de Punta Arenas".

 

Frutos de estación

También en aquellos días iniciales de 1910 se publicaba el incendio intencional de la casa del maestro Carlos Parsons en Bariloche, pero otra noticia compensaba tanto drama: Guido Jacobacci invitó a los vecinos de San Antonio Oeste a inaugurar los cien kilómetros recién concluidos de la línea ferroviaria que construía en dirección al lago Nahuel Huapi. Acomodados en un tren especial recorrieron el ida y vuelta con detención en Aguada Cecilio, donde obsequió a sus invitados con un gran asado. Dos días después, en estación Limay (Cipolletti), pero del ferrocarril Sud, el policía Fioromo Berra caía asesinado de cinco puñaladas por un tal Parra (uno más de los muchos crímenes en una Patagonia casi despoblada).

La cautela defensiva y, más aún, la confusión, no cedían. Especialmente en Esquel y Colonia 16 de Octubre, al punto que los vecinos, en mayoría galeses, clamaban en un telegrama por un partida policial eficaz que saneara el fracaso de las primeras patrullas que volvieron grupas ante la ineficacia de su propia saga a la banda norteamericana (suscribían Robert, Jones, Owen, Austin y hasta el hermano de la víctima Ap Iwan, además, y sorprendentemente, de Daniel J. Gibbon, padre de Mansel, el tercer criminal, precisamente de la pandilla perseguida).

Aunque aquel episodio alguna vez será narrado en toda su dimensión, con sus antecedentes de 1908 y otros episodios anexos, también merece darse detalle de lo que se llamó por entonces "la matanza de turcos en El Cuy", apenas insinuado más abajo.

Es que mientras el temor a los "bandidos yanquis" trajo las confusiones de Nahuel Huapi y Comodoro Rivadavia y redujo el movimiento de viajeros por los desolados parajes patagónicos, se consumó el apresamiento de los cabecillas (que al parecer alentaban cierto ritual para esos crímenes) y los secuaces de la banda que asesinó sistemáticamente a muchos vendedores itinerantes o "mercachifles" que hicieron camino al mercar. Ese medio centenar de detenidos llegaron a la comisaría de General Roca el 25 de enero de aquel año '10.

 

Festejos y cometa

Sucedió en un momento nacional propicio a las grandes obras. Pronto el presidente José Figueroa Alcorta llegaría (17/3/1910) a la cuenca Vidal a poner la piedra fundamental del "dique del Neuquén mientras los acicalamientos a alistaban a "la reina del Plata" para los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo.

Claro que a nivel popular, esos entusiasmos estaban contraídos, y más que eso, embargados, porque abundaban los temores alentados en todo el mundo ante un posible choque del cometa Halley con la Tierra, catástrofe a la que se anticiparon miles de suicidas. En los diarios nativos, los alistamientos para el Centenario tenían buen despliegue, pero las notas firmadas por el astrónomo Nicolás Camilo Flammarión sobre la trayectoria del cometa eran las devoradas por los que temían "la fin del mundo" (ese cuerpo celeste y viajero aparecería el 11 de enero y calculaban que podría chocar para mayo).

Otros argentinos, temerarios, en cambio, como el ingeniero Horacio Anasagasti, que hacía un año había volado en el globo Patriota desde Belgrano hasta Marcos Paz (el 18/4/1909), preparaba su automóvil para unir, una vez más, Buenos Aires con Mar del Plata (su proeza inicial fue en 1907) y recién desde allí avistar el fenómeno cósmico junto al mar. Pero, se sabe, Anasagasti colocó finalmente su mayor pasión geográfica más el Sur, junto al Nahuel Huapi. Fue anticipado impulsor del futuro Parque Nacional y hasta terminó por afincarse en su chacra Pichi Mahuida frente el brazo Campanario del lago.

En 1910, además de los ilustres invitados europeos al festejo patrio, otras visitas pasearon por Buenos Aires: Georges Clemenceau y el ingeniero inventor Guillermo Marconi. También arribó el temerario aviador Cattáneo, que además patinó sobre hielo en el Palais de Glace. También la capital argentina albergó ese año al IV Congreso Panamericano y otro cónclave científico donde participó el ingeniero Bailey Willis. El ministro de Obras Públicas Ezequiel Ramos Mejía no desaprovechó esa presencia: contrató a Willis para el estudio hidrológico del Norte de la Patagonia región donde el yanqui asentaría imaginariamente un embalse en el Limay y una ciudad industrial próxima.

 

Llegada con Torino

No caben dudas que el contrapeso patagónico provenía del impune bandolerismo. Por esa razón fue sorprendente la llegada a General Roca -aquel 25 de enero- de la legión de criminales apresada en el rionegrino departamento Nueve de Julio. La noticia decía: "Llegaron a esta comisaría, procedente de El Cuy, cuarenta y cuatro hombres y ocho mujeres, todos chilenos. Los condujo el comisario Torino, los oficiales de policía Galeano y Rey, diez agentes y un vecino". Más escándalo produjeron los cargos que motivaron la captura: "Los detenidos están acusados de formar parte de una gavilla de bandoleros que desde 1904 venían asesinando en el departamento Nueve de Julio (Río Negro), a los vendedores ambulantes turcos y a sus peones". La crónica continuaba así: "Se conocen hasta ahora cincuenta y seis víctimas. Los asesinatos se cometieron con una ferocidad increíble. Llegaron hasta actos de antropofagia, según manifiestan algunos de los presos. Solamente en la colonia Roca faltan desde 1907 cerca de cincuenta sirios, vendedores ambulantes que habían salido a recorrer el departamento 9 de Julio".

A 24 horas de llegar a Roca, los apresados padecían el inevitable hacinamiento carcelario. La comisaría no estaba diseñada para albergar tantos encausados. "Como no hay espacio suficiente en la comisaría -denunció el corresponsal de La Prensa-, están también en el patio en dos largas literas, varios de ellos con grillos, vigilados día y noche por agentes armados".

Hasta ese momento se sabía que la legión de bandoleros dependía de los caciques Pedro Villa, Hilario Castro, Benigno Muñoz, Bernardino Aburto y Juan Alonso. También se conoció su metodología, que consistía en convidar "a los sirios vendedores ambulantes e imprevistamente los asaltaban y ultimaban a balazos y puñaladas. Se repartían después el dinero y las mercaderías (que no eran pocas) y enviaban los animales a Chile. Los cadáveres eran horriblemente mutilados, algunas veces quemados y otras enterrados profundamente. Se les secuestró -y se encuentran en esta comisaría- pedazos de restos de cadáveres que llevaban como amuletos". Se aclaraba que no estaban allí todos los implicados y que "algunos que se hallaban bajo las órdenes de Antonio Carabajal" estaban desparramados cerca de la cordillera.

La captura fue consideraba por los cronistas como una verdadera hazaña "considerando los escasísimos elementos de la policía de El Cuy, región sin ferrocarril ni telégrafo" y destacaban que habían contribuido "eficazmente a la captura el subcomisario Christiansen y el vecino de El Cuy Miguel Gómez". La mayoría de los detenidos confesaron los crímenes pero "el cacique Pedro Vila continúa negando".

Los "mercachifles" aparecían en el Alto Valle donde preparaba sus planes comerciales itinerantes. Comenzaban por comprar o hacer armar un carruaje, completar la carga de todo tipo de mercancías, formar un buen plantel de peones, y, en el momento propicio, echarse a andar con rumbo Sur en la esperanza de enriquecerse a costa de los más distantes pobladores.

Hacia fines de enero se pudo determinar quiénes era los mayores responsables de las matanza. Pedro Villa, Alberto Maripi, Hilario Castro, Juan Carrillo y Juan Cuya, alineados -los dos primeros esposados- junto a los policías Galeano y Rey, fueron retratados por el ingeniero E. Sánchez Reinafé (la foto la publicó La Prensa y se reproduce en esta página). Pedro Villa, el número 1 en esa fotografía, se dejó capturar mansamente cuando su hija trataba de ocultar un reloj de plata con cadena de oro y un moneda de 20 francos belgas, pertenencias de un sirio libanés asesinado. "Juan Cuya (Nº 5) manifestó que había comido carne humana porque lo invitaron, y no porque le gustara". Esa confesión (LP del 31/1/1910) demostró el canibalismo practicado con las víctimas.

(Continuará)

 

 

 

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