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Sábado 18 de junio de 2005
   Editorial
Deudas condonadas
Para satisfacción de muchos, los ministros de Finanzas del Grupo de los Siete acaban de anunciar la cancelación inmediata de las deudas de 18 países paupérrimos, entre ellos Bolivia, Honduras y Nicaragua, medida que a su entender posibilitará que dentro de poco la extrema pobreza no sea más que un recuerdo. Se trata de una iniciativa que fue impulsada principalmente por el primer ministro británico Tony Blair, que se dice convencido de que el estado catastrófico de Africa plantea el desafío moral más importante del siglo XXI y que por lo tanto debería organizarse un “Plan Marshall” para la parte subsahariana del continente. Sin embargo, aunque todos concuerdan en que los países ricos, liderados por el G7, tienen el deber de ayudar a los más pobres, no todos coinciden con el método elegido, por entender que a menos que los africanos -y los latinoamericanos, árabes y otros- reemplacen sus modalidades tradicionales por las propias de los ya ricos, la condonación de sus deudas sólo servirá para prolongar la vida de sistemas sin posibilidad alguna de resultar viables.
Tales dudas son legítimas. La experiencia de muchos países, sobre todo del nuestro y de Venezuela, ha confirmado una y otra vez que los “modelos” arcaicos son más que capaces de absorber cantidades colosales de dinero sin por eso conseguir desarrollarse de manera razonablemente equitativa. En ambos casos, el ingreso de sumas gigantescas merced a las inversiones y a la venta de granos o de petróleo ha permitido a la clase política insistir en que en verdad no sería necesario reformar nada. Puesto que después de décadas de programas de ayuda tan ambiciosos como inútiles los líderes de los países ricos son conscientes de que la generosidad puede resultar contraproducente, quieren que los gobiernos beneficiados por la condonación de la deuda y por un eventual “Plan Marshall” se comprometan a luchar contra la corrupción y a concentrarse en ámbitos como la educación y la salud, además de respetar las reglas democráticas, pero si tratan de obligarlos a hacerlo serán acusados de neocolonialismo. Al fin y al cabo, la Argentina dista de ser el único país en el que un político local siempre podrá mejorar su imagen protestando contra las presiones y los aprietes de los organismos internacionales.
Una razón por la que fomentar el desarrollo en el Tercer Mundo ha resultado ser una tarea mucho más difícil de lo que hasta hace poco creían casi todos los expertos consiste en que los cambios necesarios pondrían en riesgo los privilegios de las élites establecidas. Para resistirlos, contraatacan enarbolando las consabidas banderas nacionalistas o religiosas, señalando que lo que quieren los países ricos es forzarlos a aceptar sus modelos económicos y sus pautas culturales. No se equivocan, porque en el mundo actual el desarrollo entraña modernizarse, o sea, “occidentalizarse”, pero sucede que en muchos países la mayoría pobre prefiere solidarizarse con sistemas que la mantendrían en la miseria a enfrentar la incertidumbre propia del cambio. En Bolivia, la rebelión contra un orden penosamente desactualizado está liderada por indigenistas y marxistas que de alcanzar el poder sólo lograrían depauperar aún más al grueso de sus compatriotas.
El camino del desarrollo pasa por la autoayuda. Es por eso que los triunfos mayores en la “guerra contra la pobreza” han sido los anotados en los últimos años por los chinos y los indios. Sin depender mentalmente de los bien pensantes o los expertos del G7, luego de una etapa signada por una propensión a culpar a los demás por todos los problemas, sus gobiernos respectivos llegaron a la conclusión de que en la edad de la globalización les convendría competir con los países ya desarrollados liberalizando la economía e intensificando sus esfuerzos educativos. ¿Estarían en condiciones de emularlos los africanos, árabes y latinoamericanos? En teoría, deberían ser perfectamente capaces de hacerlo. En la realidad, empero, los obstáculos planteados por una cultura política naturalmente hostil a los “cambios estructurales” hacen pensar que aun cuando los países ricos optaran por enviarles paquetes de ayuda cada vez más abultados, la mayoría de sus habitantes seguirá hundida en la extrema pobreza.

 

 

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