Contáctenos
Tarifas Publicidad
Quienes Somos
Mapa del sitio
Todos los títulos Tapa de papel Ediciones Anteriores
   SECCIONES
   Tapa
  Todos los Títulos
   Regionales
   Municipales
   Nacionales
   Políticas
   Economía
   Internacionales
   Deportes
   Cultura y Espectáculos
   Policiales y Judiciales
   Vida Cotidiana
   OPINIÓN
   Editorial
   Carta de Lectores
   Columnistas
   Panorama Politico
   SUPLEMENTOS
   Rural
   Informática
   El Económico
   Cultural
   Energía
   INFO
   Escríbanos
   SERVICIOS
   Guía del Ocio
   Cines
   RECEPTORIAS
   CLASIFICADOS
   NECROLOGICAS
   Contactos
   Contanos tu historia
   Tarifas Publicidad
  
 
 
 

 

Viernes 17 de diciembre de 2004
   Opinion

Todo el poder al jefe

Por James Neilson

La Argentina es lo que se llama un "país presidencialista", uno en el que es habitual que el Poder Ejecutivo lleve la voz cantante pero en que, sería de esperar, el Legislativo y el Judicial lo controlen para asegurar que no cometa demasiados excesos. En teoría dicha forma de gobierno, que es equiparable a la estadounidense, debería funcionar razonablemente bien, pero en la Argentina a menudo éste no ha sido el caso. Aquí el presidencialismo ha tenido consecuencias perversas, de las que la más grave no consistió en la aparición esporádica de dictaduras, un fenómeno que siempre es síntoma de un mal más profundo, sino en la difusión de lo que podría calificarse de una cultura de la irresponsabilidad que, además de posibilitar el surgimiento de regímenes arbitrarios, obra como un narcótico que inmoviliza a las personas y por lo tanto a amplios sectores de la sociedad. He aquí un motivo por el cual la Argentina se ha hecho notoria por el contraste difícilmente explicable entre los éxitos impresionantes de muchos individuos, sobre todo de los que por alguna razón han probado suerte en el exterior, por un lado, y, por el otro, un fracaso colectivo sólo comparable con los protagonizados por países como Rusia y sus ex vasallos, que fueron asfixiados durante décadas por regímenes totalitarios.

Si algo caracteriza la "cultura política" reciente del país, esto es la resistencia de casi todos a asumir la plena responsabilidad por su propio destino o por aquél del conjunto. Dadas las circunstancias, tal actitud puede entenderse. Después de todo, a ningún dirigente partidario en sus cabales se le ocurriría decir que tanto él como sus correligionarios se equivocaron de forma tan terrible que contribuyeron a arruinar el país. Hasta pensar en la posibilidad sería traumático. Aunque a veces se oye decir que "todos somos culpables", no es cuestión de una autocrítica sino más bien de una forma de afirmar que en el fondo nadie es culpable, de suerte que intentar averiguar las causas del naufragio sería peor que inútil.

Los perjuicios materiales causados por el colapso de fines del 2001 y comienzos del 2002 fueron mayúsculos, pero los psicológicos fueron más graves todavía.

Bien administrada, la Argentina no tardaría en superar sus muchos problemas económicos y sociales. En términos materiales, su condición actual es mucho mejor que aquélla del Japón o de Alemania en 1945. Quince años después dichos países ya se contaban entre los más pujantes, pero nadie supone que en el 2020 la Argentina sea radicalmente distinta.

Hace casi tres años muchos tomaron tan en serio la noción de que las responsabilidades fueran forzosamente ajenas que la propuesta de un economista alemán, Rudi Dornbusch, de que una especie de junta internacional se encargara de la economía nacional les pareció perfectamente razonable. Por fortuna aquel planteo disparatado no prosperó, pero así y todo la idea de que el electorado o, si se prefiere, la ciudadanía no sea realmente responsable por lo que sucede, privilegio éste que por falta de otro corresponde al presidente de la República, sigue ocasionando estragos.

A primera vista el más beneficiado por la voluntad generalizada a dejar todo en manos del presidente es Néstor Kirchner, hombre que, como no pudo ser de otra manera, ya es blanco de los dardos de quienes lo acusan de albergar aspiraciones autoritarias, cuando no hegemónicas. Por cierto la tentación de prestar cada vez menos atención a los demás debería serle casi irresistible. Como últimamente se ha enterado, en su condición de jefe máximo puede hacer virtualmente cualquier cosa sin tener que consultar con nadie salvo, es de suponer, su propia mujer, la senadora Cristina de Kirchner. Ya que es el presidente, pudo hacer de la Argentina la "socia estratégica" de China, una decisión cuyo significado geopolítico podría resultar histórico, a espaldas no sólo del resto del país sino también de la mayor parte de su propio gabinete. Es que la política exterior del país es manejada por Kirchner, cuyas preferencias personales, para no decir sus caprichos, pesan mucho más que los puntos de vista de todos los demás. También está a cargo de la política económica: para estupor de Roberto Lavagna, acaba de dar un aumento salarial a más de cuatro millones de personas con la esperanza vana de frenar la ola prenavideña de agitación sindical. Y Kirchner odia al FMI hasta tal punto que durante un par de semanas pensaba en pagarle 15.000 millones de dólares para que sus inspectores se fueran, pero parece que luego de haber preguntado la "primera ciudadana" Cristina al rey Juan Carlos y otros notables españoles su opinión acerca de aquella alternativa un tanto extravagante, optó por abandonarla, lo que para muchos es motivo de alivio.

Aun cuando para sorpresa de los escépticos Kirchner resulte ser un gran estadista y un economista brillante, permitirle gobernar el país como si fuera su empresa personal sería muy pero muy arriesgado. Al fin y al cabo, un solo hombre no puede encargarse de todo. También sería muy injusto porque la responsabilidad por el futuro de los casi cuarenta millones de argentinos debería estar compartida por toda la "clase política" más los otros sectores que con ella conforman la dirigencia nacional. Sin embargo, a pesar de que la mayoría sabe que Kirchner es un hombre que nunca se ha destacado por su interés en el resto del mundo, los más han preferido limitarse a apostar a su estrella. Si todo sale bien, lo aplaudirán; caso contrario, lo apedrearán. Lo que no harán es darle más ayuda que la supuesta por su apoyo moral: como los hinchas de un equipo deportivo, parecen creer que si su deseo de verlo triunfar es lo bastante fuerte, no podrá sino derrotar a sus rivales.

La popularidad de Kirchner que, no lo olvidemos, subió vertiginosamente en los días que siguieron a las elecciones pero antes de que iniciara su gestión, se debe en parte a la fe mayoritaria en los beneficios mágicos del compromiso emotivo y también a que una vez en la Casa Rosada haya logrado aprovechar la voluntad generalizada de creer que la catástrofe argentina es obra de otros: de los técnicos del FMI, los bonistas italianos, los empresarios españoles, los bancos extranjeros, además, claro está, de los menemistas, los economistas neoliberales y otros argentinos malos, de suerte que sería absurdo intentar culpar a las élites políticas, intelectuales y empresarias actualmente dominantes. Aunque el grueso de sus compatriotas insiste en actuar como si todo dependiera del presidente, Kirchner mismo procura hacer creer que en última instancia la responsabilidad de todo cuanto ha ocurrido corresponde al exterior, pero que en adelante será diferente porque ha decidido rebelarse contra un orden internacional antiargentino.

Pues bien: no es exactamente sorprendente que se haya hundido en un mar de dificultades una sociedad en la que tantos, desde el empresario quebrado hasta el presidente de la República, parecen más interesados en atribuir las desgracias a otros que en asumir su propia responsabilidad. Sin embargo, el éxito colectivo será fruto de los aportes de todos los integrantes de la comunidad nacional, no de la astucia de sus políticos o del talento de sus sucesivos ministros de Economía.

Mal que bien, en el mundo actual las naciones que avanzan con más rapidez son aquellas en las que los ciudadanos están acostumbrados a reconocer que los deberes son tan importantes como los derechos y que por lo tanto se sienten reacios a desempeñar el papel de víctima de la injusticia. Aunque la Argentina dista de ser el único país en el que la pasión por desenmascarar a los presuntos culpables de los problemas sea más evidente que la voluntad de solucionarlos, parece innegable que aquí las consecuencias han sido más graves que en otras partes y que, tal y como están las cosas, no existen demasiados motivos para prever cambios significantes en los meses próximos.

 

 

Buscador

Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.Todos los derechos reservados
Copyright 2004