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Domingo 12 de diciembre de 2004
   Vida Cotidiana

Los F. P. Moreno y los Abel Chaneton homónimos

El que firmaba igual que el “Perito” quedó en libertad y fue defendido por quien resultó contemporáneo del de igual nombre y gran jurisconsulto, también masón, y “fusionado” erróneamente en un solo personaje por Alcibíades Lappas.

El Francisco P. Moreno, el hacendado de la estancia Santa Amalia de la confluencia de los ríos Aluminé y Catán Lil, quedó sumariado por el juez letrado del Neuquén Patricio J. Pardo el jueves 13 de abril de 1905 y a la vez cayó enfermo. Quedó detenido en las dependencias policiales de la nueva capital por matar en su estancia Santa Amalia a Juan Mendoza, quien lo atacó primero, pero se demostraría que Moreno actuó en defensa propia sin aclararse que se trataba de un homónimo del perito.
El martes 18 de abril el médico de la gobernación Julio Pelagatti informó al Jefe de Policía que pudo “averiguar que (Moreno) está afectado de una contusión del pulmón derecho causada por un traumatismo” y supo que “todos los días escupe una regular cantidad de sangre, hecho que exige un tratamiento serio”. Adjuntó una receta (agregada a la causa N° 98 de 1905, legajo 131, N° 15 de la justicia letrada de Neuquén) y sugirió se tratara al procesado fuera del local de la Jefatura Policial.
A primera hora del miércoles el defensor Abel Chaneton -procurador lego sin título alguno, común en esa época-, fue llamado a la Jefatura (otro Abel Chaneton doctor en jurisprudencia en Buenos Aires, le sobrevivió 29 años al de Neuquén, fue causa de confusiones biográficas y se explica en “Curiosidades” de esta página).
Ese 19 de abril Chaneton clamó al juez que “a las 8 de la mañana he sido llamado urgentemente por mi defendido a quien he encontrado gravemente enfermo”. Pidió su traslado a un hotel o casa particular bajo vigilancia policial y criticó a la cárcel pública -de madera y zinc-, igual que las celdas policiales, que “no sólo no son higiénicas, sino que también inadecuadas bajo todo punto de vista para el alojamiento de los procesados”. Agregó el argumento de la promiscuidad de 70 presos, que calificó como inmoral e inhumano. Hizo un exordio de lo constitucional sobre seguridad de los presos y pidió para el caso de Moreno un informe médico. Lo produjo el Dr. Pelagatti el 23 de abril: pleuritis traumática derivada de una caída de Moreno desde el “coche” (por un carro ligero) en el que viajaba. Una semana antes le indicó un tratamiento que no pudo cumplir en prisión. Bastó ese informe para que el juez otorgara el 25 de abril el traslado de Francisco P. Moreno al hotel de Miguel Mango, cuando a la estación Neuquén podría haber llegado el paquete de diarios La Nueva Provincia (LNP) del domingo 23 con el detallado relato del crimen y sus atenuantes, telegrafiado antes desde Neuquén por Arsenio B. Martín cuando tildó al finado como “el famoso bandido Mendoza”. La Nación, por su lado, lo creyó ingrato por atropellar a su ex patrón, ya que “Moreno (lo) colmó de generosidad”.
El 24 de abril había llegado el acta de defunción del agresor, luego víctima. Fue agregada al expediente con la única, póstuma y breve semblanza que quedó del personaje. Estaba suscripta en Aluminé el 31 de marzo de 1905 por el jefe del registro Antonio Luisoni “y por denuncia de Lorenzo Mendoza, hijo del difunto, de 20 años, chileno, domiciliado en Rancahue”. A más de detalles sobre el incidente, precisaba que el occiso tenía 43 años, era casado, chileno, agricultor y domiciliado en Rancahue. El padre Bartolo Mendoza había muerto en Chile y la madre, Barbarina Pérez, residía en Los Angeles trasandino.

Un disparo a las gallinetas

Esta partida la llevó hasta al juzgado Juana Ortega viuda de Mendoza con sus hijos. Declaró residir en el departamento de Aluminé y ser chilena, pero la indagatoria no resultó aprovechable por no ser testigo de los hechos. Su hijo Clodomiro, de sólo 14 años y domiciliado en Cantan Lil, dijo que la tropa de carros de su padre, dos estaban a su cargo, otro par por José Eleno Flores y dos últimos por Juan Aranda. Además, Antonio Mieres iba al cuidado de varios bueyes.
Clodomiro también calculó “como a una legua” entre el casco de Santa Amalia y el incidente. De Moreno dijo que “paraba rodeo de hacienda vacuna y yeguariza” a orillas del camino y justificó el cruce del campo porque “lo hacían siempre” y lo consideraban “camino público”.
Para justificar que se escucharon sólo 2 tiros (y no 3), argumentó que su padre disparó poco antes a unas gallinetas. Nada agregó su hermano Lorenzo en la indagatoria del 5 de mayo. Era chileno, de 19 años, soltero, agricultor y domiciliado en el departamento de Aluminé: todo lo que sabía era por boca de Clodomiro.
El chileno Juan Luis Saavedra, acompañante de Juan Mendoza en el trágico 30 de marzo y primer indagado en el sumario policial, recién declaró ante el juez en Neuquén el 31 de mayo. Ratificó sus datos (33 años, casado, agricultor de Aluminé) y dijo conocer a F. P. Moreno desde más de dos años atrás y más de 4 a Juan Mendoza. Fue él quien dio vuelta el cadáver que había caído boca abajo. Nada parecía incriminar a Moreno aún pensionado en el hotelito de Miguel Mango y medicado por el Dr. Julio Pelagatti. Desde allí confiaba en la asistencia jurídica de Abel Chaneton.
Por su parte, el juez letrado Patricio J. Pardo tenía claro el caso desde mediados de mayo, pero prefirió dilucidar el tema del Smith Wesson de Juan Mendoza con el comisario José Belindo López, a quien ofició a través del juez de paz Justo Jones. López contestó el 2 de junio: el revólver de Mendoza, dijo, contenía 3 balas y dos cápsulas vacías. Además, el ánima del caño estaba sucio “ya sea por disparos o por haber estado una noche a la intemperie”. La pericia, tan deficiente como la que hizo al cadáver, creaba más dudas que certezas. Pero el 30 de junio el juez Pardo absolvió definitivamente a Moreno salvaguardando su buen nombre y honor. Prestigio tenía, porque La Nación del 16 de julio de ese 1905 dijo que “muy bien recibida fue la liberación de Francisco P. Moreno, quien goza de grandes simpatías en la región”, un elogio con rango apropiado para un personaje como el Perito Moreno y que mantuvo por décadas la confusión. Lo que se ignora son los motivos por la tardanza en la excarcelación (que no fue tal, por pasarla en un hotel) ya que el oficio N° 308 del juzgado letrado a la Jefatura de Policía llevó la misma fecha de la sentencia.
En cuanto a las tierras que le pertenecieron a Francisco P. Moreno en el lugar del crimen, ángulo de la confluencia de los ríos Aluminé y Catán Lil, hay diversa documentación y alguna memoria de aquella posesión, pero para nada divulgada. Quizás una indagación deba comenzar con la documentación en dos cuerpos del duplicado de mensura número 14 de Catastro de Neuquén donde figura la vastedad cercana a Catan Lil que ocupó Alejandro Arze y en cambio fuera adjudicada a Emiliano Molina y Cía. por ley del año 1881. En varios expedientes duplicados de mensuras -incluso de linderos- hay referencias de la división de la propiedad de Alejandro Arze en 7 lotes, de los que a Arze se le adjudicó el N° 4, que incluía su casco.

Lo que dicen las escrituras

Se sabe que Francisco Pardo Moreno llegó como mayordomo de Alejandro Arze y que este le sugirió instalarse en el ángulo inferior de aquella extensión. El legajo 166 del Archivo de Mensuras del Catastro neuquino entre varias referencias incluye una cercana transferencia de dominio a María Angélica Zingoni que involucra al lote N° 1 de aquel fraccionamiento donde se estableció Moreno con caballadas de Arze. “Este inmueble -dice la escritura- fue adquirido por Alejandro Guadalupe Arze Muñoz de don Alejandro Sorondo el 16 de octubre de 1899 ante el escribano Ricardo M. Wright...”. Más adelante señala que la “mitad de este campo pertenecía a Francisco P. Moreno, según se reconoce en escritos (fs. 5, 190, 193) y que determinó que el Juzgado...” hiciera extender la escritura a favor de Francisco P. Moreno por el escribano Gilberto Gasco”. Al parecer esos antecedentes surgieron de la sucesión de Alejandro Arze.
Hace tiempo me contactó Raine Golab de Esquel porque indaga sobre Arze y a propósito de estas notas volvió a comunicarse: esta vez para decirme que también tropezó con la P de Pardo de este Francisco P. Moreno y con preguntas que en parte se satisfacen en esta nota. Desde la estancia Cantan Lil Carlos Bellotti me informó que recientemente Celia Zingoni publicó una semblanza de carilla y media sobre Francisco Pardo Moreno en un breve y reciente libro (“Sucedió en Catan Lil”), pero que ella no conoce este episodio contado en la serie de notas que hoy concluyen. El libro acaba de llegarme. En él se asegura que Moreno llegó como mayordomo de Arze en 1880, quien lo ubicó donde tuvo su estancia (“hoy Mirenna”) y lo aprovisionó “de caballadas que debía cuidar para proveer al Ejército chileno”. Trajo a su hermano Ciriaco del Azul en 1901, arribado con su esposa Amalia (que dio el nombre al campo Santa Amalia). Describe a un corpulento Francisco P. (Pardo) Moreno montado en un gran pingo tan negro como sus botas, su vestimenta, pañuelo y chambergo, además de reluciente plata, desde la rastra y las enormes rodajas de las espuelas, al puño del rebenque, además de la que abundaba en el recado. La autora se pregunta por qué repetía Moreno sus visitas al negocio La Zulemita de los Zingoni junto al río Catan Lil. Dicen que a buscar correspondencia y el diario La Nación, y, al parecer, a lucirse.

Curiosidades

• Abel Chaneton homónimo. Telegrafista en Chos Malal (1900), juez de paz en Las Lajas (1901), comisario cesanteado (1903) en Chos Malal, procurador lego en Neuquén capital (desde 1905), munícipe y periodista de fuste, secretario de la 2da. logia neuquina (La Verdad). Nació en 1876 y murió trágicamente en 1917.
• El otro Chaneton. Homónimo y gran jurisconsulto. Ingresó el 28/1/1924 en la logia Justicia N° 171. Alcibíades Lappas, para sus biografías masónicas “fusionó”, en primeras ediciones a los dos Abel Chaneton en uno que nace en 1876 y muere en 1943. Desaparecido Lappas y revisada su obra, sólo quedó en la última edición el Abel Chaneton autor de la premiada “Historia de Vélez Sarsfield” y de “La instrucción primaria en la época colonial”, cofundador de la Sociedad de Historia Argentina y autor póstumo de “El retorno de Echeverría”. El Abel neuquino desapareció “del Lappas” pero persiste su año de nacimiento (1876) cuando el jurisconsulto nació en 1887 (se doctoró a los 24 años en 1911) y murió en el ‘43.

Francisco Juárez
fnjuarez@sion.com

 

 

 

 

 

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