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Domingo 05 de diciembre de 2004
   Vida Cotidiana

El Cuy celebra a sus primeros egresados de nivel secundario

Con orgullo, esta comunidad de la Línea Sur festeja el logro educativo. Hace varios años, padres y jóvenes pelearon por la apertura del colegio. Algunos son de parajes donde hay decenas de chicos que no estudian.

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Parte de los chicos que egresan y uno de sus profesores. Muchos sueñan con el ingreso a la universidad y el regreso al pueblo para ayudar a mejorar la realidad de sus vecinos. Una historia de superación y mucho esfuerzo.

En la Línea Sur la resignación convive con el viento, el frío y los proyectos inconclusos. Los habitantes del olvido no lo confiesan pero bien podrían recitar de memoria cada una de las promesas que fueron escuchando en los últimos tiempos y que nunca nadie cumplió. Los rehenes preferidos de una brutal burocracia que parece confundirse con el paisaje y que siempre funciona de la misma forma: la gente se cansa y reclama; el funcionario da la cara, promete y desaparece; el tiempo pasa, las cosas se mantienen iguales y todos se adormecen en una espera que puede llegar a durar toda la vida.

Pero cada tanto aparece algo o alguien, que dan las fuerzas suficientes para emprender una vez más la cruzada. Para no abandonar en la mitad del camino.

Así ocurrió hace más, mucho más, de cinco años en El Cuy. Padres y chicos que en ese entonces no superaban los quince años salieron a pelear por un colegio secundario para el pueblo. Golpearon puertas de oficinas, se hicieron escuchar por funcionarios esquivos, fatigaron ciudades y se miraron y escucharon en cuanta cámara y micrófono tuvieron por delante. Le pusieron el cuerpo a su reclamo. Por una vez desafiaron a un Estado que siempre se niega a aparecer allí donde lo llaman y salieron con la frente bien alta. Hoy no pueden ni quieren ocultar su orgullo.

"Esto costó años y mucho esfuerzo, pero lo logramos. Lo hicimos por nuestros hijos. Ahora tenemos que confiar en que ellos algún día van a volver y levantar al pueblo de una vez por todas", dice Alicia y clava la vista en el puñado de casas que le dan vida a El Cuy. "Ellos" son los diecisiete chicos que se reciben este año en el CEM 100 y se convierten así en la primera promoción de egresados secundarios del pueblo.

Nazareno es uno de ellos. Tiene 20 y años y en estos días se recibe con un promedio que roza el diez en varias materias. Nació y se crió en El Cuy, pero todos los fines de semana camina más de cinco kilómetros hasta un campo vecino para trabajar con su padre, peón rural, y así poder comprar carpetas, hojas, lápices, cuadernos y libros. Trabaja para luego poder estudiar, cuando debería ser al revés. "Esa plata para algo me alcanza, no mucho, pero sirve", asegura. Se va todos los sábados cuando empieza a amanecer y cada lunes a las seis de la tarde está listo para ocupar su banco en el colegio, un edificio que esconde en sus pocas paredes otra historia típica de estos tiempos. Es que en las mismas y austeras aulas reciben clases los alumnos del nivel inicial, primario, medio y los que asisten a la escuela de adultos.

Son unos escasos metros cuadrados que concentran las aspiraciones y los sueños de toda una comunidad. Y que a la vez reflejan de la forma más brutal la marginación en la que viven sus habitantes. Cosas de un país en crisis y que pareciera estar empecinado en nunca querer apostar por la educación. Así se organizan: a la mañana y a la tarde asisten los chicos de primaria, luego de las seis de la tarde y hasta las once de la noche los del secundario. Y en otra aula, inicialmente pensada para ser un Jardín de Infantes, cursan los adultos.

Para todos ellos hay sólo dos baños, una pequeña biblioteca, un patio sin techo que no cobija a nadie en los interminables inviernos y una vergonzosa lista de promesas sin fecha de vencimiento.

De todos modos, ahí están Nazareno y su historia. "Tengo ganas de seguir estudiando y me gustaría poder ser enfermero. Pero, a veces me pongo a pensar, y además de estudiar voy a tener que trabajar. No creo que me pueda ayudar mi papá, así que tengo que ver cómo me las arreglo. Mi hermano quiere seguir también...vamos a ver", dice. Tiene ocho hermanos más. Dos estudian con él, otros viven en el campo y una hermana debió dejar sus estudios en tercer año para buscar un trabajo y permitir que ellos no se vean también obligados a abandonar.

 

Los números de la verguenza

 

Esa es una historia más que común en la zona y que conoce a la perfección Rodolfo Paniceres, actual director del CEM 100. Hace un tiempo hizo un relevamiento en toda la región y se encontró con los números de la verguenza. En los parajes más cercanos a El Cuy viven más de 150 chicos en edad escolar, de entre 15 y 19 años, que en el mejor de los casos trabajan en el campo o esperan a que la cosa mejore. Viven en Mencué, Cerro Policía o Aguada Guzmán. Algunos nunca pisaron las puertas de un colegio secundario y otros se volvieron con el camino a medio recorrer. No pudieron terminar por cuestiones económicas, falta de vivienda o de contención.

Es que para El Cuy nunca nadie creyó necesaria una residencia que de asilo a los estudiantes que provienen de la zona rural. Pese a tratarse justamente de una región en donde la mitad de la población vive en alejados parajes. Para estudiar, los chicos deben abandonar a sus padres, dejar atrás toda su historia y alquilar casas o piezas que se transformarán en sus nuevos hogares hasta que se reciban. Con trece, catorce o quince años se largan a vivir solos y vuelven a ver a sus familias de vez en cuando. En esas condiciones, sólo unos pocos terminan con lo que se propusieron. Es razonable que así sea. De hecho, hace cinco años eran treinta los chicos que empezaron el primer año. A quinto año sólo llegaron diecisiete.

Una de las que lo logró es Laura. Tiene 23 años y una familia que se quedó en Cerro Policía, a unos cuantos kilómetros de allí. En principio ocupó una vivienda que el Estado alquiló para chicas que venían a estudiar al pueblo desde lejos. Eran cuatro, pero distintas razones, económicas y no tanto, hicieron que se quedara sola. Hoy vive en una casa por la que paga 150 pesos por mes y de la que se irá en pocas semanas. Hasta que ingrese a la universidad. "Estoy pensando en seguir Magisterio en Roca. Eso, mientras que mis padres puedan ayudarme, porque si no, no puedo. Pregunté por becas, pero hasta el día de hoy nadie me dio una respuesta".

 

El gran regreso

 

No es la única. Ninguno de los chicos que habló con "Río Negro" fue beneficiado con una beca para poder terminar sus estudios universitarios. Pese a que averiguaron, llamaron por teléfono, mandaron cartas a distintas reparticiones, nunca nadie les dio la tranquilidad de que podrían seguir estudiando sin tener que pensar en las complicaciones económicas. Otra vez la gran paradoja argentina: la educación es pública, pero a ella sólo pueden acceder unos pocos.

Laura está dispuesta a ser una de esos pocos. Así lo cuenta: "Me gustaría ser maestra y volver a trabajar en esta zona. ¿Qué me ata a este lugar?.. No sé, en una de esas es que la gente es más tranquila, acá se vive mejor. Viví un tiempo en Neuquén y no me gustó, prefiero la vida acá. Prefiero volver", dice y en su relato queda al descubierto otra de las grandes obsesiones de los chicos de El Cuy: el regreso.

Volver es la palabra que repiten una y otra vez. La que los padres esperan escuchar. La que otra vez pone en marcha a todo un pueblo que se cansó de esperar lo que debería venir de afuera y nunca llega.

Oscar es uno de los que carga orgulloso con esa responsabilidad. Tiene 20 años y fue uno de los que hace años luchó por estudiar. Suena pretenciosamente épico, pero no falta a la verdad. "Fui uno de los que salió a pedir la escuela. Eramos varios y lo logramos, fue un gran adelanto para el pueblo. Tengo ocho hermanos y yo soy el único que pudo estudiar. El año que viene me voy a Viedma a seguir Técnico en Gestión Agropecuaria y algún día volveré a El Cuy. Algún día quiero hacer algo por mi pueblo", se esperanza. Y con él vuelve a soñar todo un pueblo. Esta vez escuchando las promesas de los que conocen su realidad mejor que nadie.

Adrián Arden

adrianarden@rionegro.com.ar

 

Nota asociada:

El viaje, la fiesta y el ingreso a la universidad

 

 

 

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