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Lunes 29 de noviembre de 2004
   Opinion

Talento

Por Alberto Félix Suertegaray (*)

No conozco sistema de gobierno, constitución, revolución, organismo o máquina social en el mundo tan prometedor como éste: el hombre de talento a la cabeza de la cosa pública. Tal es el fin de toda constitución y revolución, si es que tiene un fin. Porque el hombre de verdadero talento -como afirmo y creo siempre- es el hombre de noble corazón, el sincero, el justo, el humano y valiente. Si ponemos el gobierno en sus manos todo irá bien, si no lo descubrimos, aunque las Constituciones abunden como las moras y aunque haya un Parlamento en cada aldea, nada se adelantará.

Es cierto que todo esto parece extraño, y no es un tema de común discusión. Pero estamos en una extraña época, llegará el día en que habrá que discutir sobre ello, para que sea realizable, para concretar de algún modo tanto estas cosas como muchas otras. Todo el mundo anuncia, de manera que puede oírse, que vivimos una época de cambios, que finalizó el 'imperio de la rutina'; que los muchos años de duración de una cosa no son razón para que continúe en vigor. Todo lo pasado tuvo su época de decadencia; en toda sociedad hay muchedumbres incapaces de vivir sujetas a lo pasado. Cuando millones de hombres no pueden ya ganar el pan a pesar de grandes esfuerzos y cuando de cada tres hombres hay más de uno que carecen de lo necesario para sobrevivir dignamente, claro, las cosas del pasado tienen que sufrir alteraciones.

Pero el hombre de talento tendría hoy que avanzar sin carretera, solitario, a través de un caos inorgánico, ante la más abrumadora calamidad de estos tiempos: el escepticismo. En esta palabra hay una caja de Pandora de miserias, pues el escepticismo no sólo es duda intelectual, sino duda moral, toda clase de infidelidad, disimulación, parálisis espiritual. Quizás sean contados los siglos que pudiéramos citar, desde que el mundo es mundo, en que sea más difícil vivir heroicamente, no siendo ésta época de fe, época de héroes. La posibilidad del heroísmo parece anulada en la mente del hombre, desaparecida para siempre, reemplazándola por la vulgaridad, el formulismo y la trivialidad. Pasó la época de los milagros, o quizá no haya pasado, pero no da señales de vida; el mundo parece estéril, sin poder existir en él la maravilla, la grandeza, la divinidad, en suma, es un mundo desencajado y desencantado.

¡Cuán mezquino y mediocre es este modo de pensar, comparado no con el de los santos cristianos sino con el de los escaldos paganos, con el de cualquier clase de creyentes! El árbol -viviente Igdrasil- con el melodioso y profético balanceo de sus ramas, que se extiende por todo el mundo -profundamente arraigado en el mundo de Hela- se ha trocado en la estridencia de un mundo artefacto; árbol y máquina, consideremos el contraste... Yo por mi parte afirmo que el mundo no es un aparato. Afirmo que, si avanza, no lo hace movido por engranajes, intereses egoístas, ajustes y contrapesos: hay algo muy distinto del zumbido de la PCs y del rechinar de mayorías parlamentarias y son, por supuesto, las ideas y acciones que nacen de los corazones.

Los antiguos paganos nórdicos tuvieron más noción de la trascendencia del mundo que estos desgraciados escépticos de hoy: eran sinceros, mientras que los escépticos, al no haber sinceridad ni verdad, consideran verdad la vulgaridad y la verdad a medias; opinan los más que verdad es lo verosímil, aquilatándose por el número de votos obtenidos. Han perdido toda la posibilidad de ser francos, de la sinceridad. El escepticismo es precisamente la atrofia crónica, la enfermedad anímica, la gangrena que amenaza la vida. El hombre vive al tener fe en algo, no debatiendo y arguyendo sobre ello. Triste es el caso en que todo cuanto logra creer se trueca en algo que puede meterse en el bolsillo, comerse y digerirse. No puede degradarse más. Esas épocas en las que desciende tanto son las más funestas, repugnantes y mezquinas.

La actuación legítima y genuina cesa entonces en todos los sectores de la actividad del mundo, iniciándose la hábil simulación de la actividad. El mundo percibe su salario sin que haya realizado su trabajo. Este estado de cosas tiene que alterarse y, hasta que se altere, nada variará beneficiosamente. Mi sola esperanza es que esté transformándose, pues de vez en cuando me tropiezo con algunos hombres que saben que el mundo es verdad, no verosimilitud y falsedad y que vive animado por la divinidad, bello y pavoroso como en el principio de los días.

 

(*) Economista

 

 

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