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Lunes 29 de noviembre de 2004
   Opinion

¿Podemos los argentinos competir en serio?

Por Rolando Citarella (*)

El kilo de exportación argentina vale en promedio $ 0,92 (valuado en puerto de embarque). Esto es lo que indica la simple división del total ingresado en el 2003 (u$s 29.375 millones), con su respectivo peso (94,8 millones de toneladas) y un tipo de cambio de $/u$s 3.

Tan bajo precio no debería sorprendernos, dada la composición que tienen nuestras ventas externas. Del total en dólares, un 22% corresponde a productos primarios (cereales, miel, pescado, hortalizas, frutas frescas, minerales, etc.); un 34% a manufacturas de origen agropecuario (carnes, lácteos, aceites, pieles, cueros, té, yerba, etc.); un 18% a combustibles y energía y un 26% a manufacturas de origen industrial (MOI).

Vale decir, entonces, que las tres cuartas partes de nuestras exportaciones corresponden a productos que tienen un bajo proceso de elaboración y, obviamente, un también bajo valor agregado. Al menos, comparados con los procesos y valores agregados de los productos industriales.

En contrapartida, el kilo promedio de importación nos cuesta $ 3,36 (valuadas en puerto de arribo) y tampoco debería sorprendernos que sea relativamente alto, ya que dichas compras corresponden en su totalidad a bienes de capital, bienes intermedios, piezas y accesorios, bienes de consumo y vehículos automotores de pasajeros. Todos ellos, con un importante proceso de elaboración y consiguiente valor agregado.

 

Ventajas comparativas y competitivas

 

Esa diferencia de casi tres veces, entre los precios promedio de nuestras importaciones ($/kg 3,36) y exportaciones ($/kg 0,92), marca claramente el perfil productivo de nuestro país.

Somos competitivos donde tenemos ventajas comparativas, que son las que nos dio la naturaleza: ubicación geográfica, clima, recursos naturales, etc. Y claramente no lo somos en las cosas donde resultan importantes las ventajas competitivas. Estas, a diferencia de aquéllas, son adquiridas. Hay que generarlas. ¿Cómo? Con seguridad jurídica, cultura del trabajo, educación, tecnología, bajos impuestos, prestación efectiva y eficiente de los servicios públicos (educación, salud, seguridad y justicia), inexistencia de privilegios colgados de los costos de los productos, etc. En definitiva, todas cuestiones que ayuden a bajar los costos de los procesos de los productos y permitan colocarlos en el exterior a precios competitivos, claro está.

No es que esté mal aprovechar las ventajas comparativas o naturales. El problema es que éstas por sí solas no alcanzan. Hace rato que perdieron relevancia frente a las competitivas, que son las que tienen que ver con la producción industrial y los servicios, los cuales han superado a los productos primarios en términos de bienestar.

Los ejemplos más claros al respecto son los pequeños estados como Singapur, Hong Kong, Irlanda, Luxemburgo, Liechtenstein, Países Bajos, etc., que figuran en los primeros puestos del ranking mundial de PBI per cápita y que disponen de una escasa o nula disponibilidad de recursos naturales. Sus ventajas comparativas no van más allá de su ubicación geográfica. Pero compensan esa falta, y por mucho más, con alta eficiencia en los procesos de producción.

En algunos casos, como Singapur y Hong Kong, tanto sus exportaciones como importaciones superan, por separado, su PBI. Esto quiere decir que son países que importan materias primas, que luego transforman en productos finales o intermedios, para posteriormente colocarlos nuevamente en el exterior. Esto sólo es posible si se trata de productos de alto valor agregado final y si el proceso de agregación se hace eficientemente (barato).

 

¿Y nosotros?

 

Lamentablemente, nosotros estamos en las antípodas de aquellos países. Somos caros. Y lo somos por lo que tiene que ver con: altos impuestos, Estado sobredimensionado, deficiente prestación de los servicios públicos, privilegios y conquistas corporativas al por mayor (más conocidos con el nombre de "curros"), inseguridad jurídica y personal, etc. y todo aquello que hace al bien llamado "costo argentino".

Eso sí, no nos falta talento para argumentar por qué no podemos competir. Dijimos no poder hacerlo con Japón, Corea o Taiwán, antes por sus bajos salarios y hoy por su alta tecnología. Hoy decimos que tampoco podemos competir con chilenos, brasileños, chinos o vietnamitas, porque carecen de legislación laboral y social como nosotros.

Pero entonces, ¿con quién podemos competir en productos de mediano y alto valor agregado? Y... únicamente con países que sean tan caros como nosotros. Pero lamentablemente, esos países, también como nosotros, no participan de la carrera.

Por lo tanto, debemos sincerarnos. Y muy especialmente debe hacerlo la dirigencia política, admitiendo que con nuestro híbrido e inédito sistema económico difícilmente podamos competir en serio y crecer.

En el caso de no hacer nada al respecto, quizás la vida nos encuentre dentro de veinte años tan o más pobres que hoy y, seguramente también, diciendo que no podemos competir con Haití por sus bajos salarios y que tampoco con Chile, Brasil, China y Vietnam... por su alta tecnología.

         

(* ) Economista

 

 

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