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Sábado 27 de noviembre de 2004
   Editorial
Estilo K para la exportación
Que al presidente Néstor Kirchner no le gusten demasiado las cumbres y los encuentros formales con sus homólogos extranjeros es comprensible. Por lo común, las reuniones de este tipo sirven para poco. Además, cuando se trata de un mandatario de un país en el que no se habla castellano se hace necesario la presencia de un intérprete, lo que para un hombre como Kirchner es sin duda muy molesto. Con todo, hay una diferencia muy grande entre querer minimizar la asistencia del presidente a funciones protocolares por un lado y, por el otro, adquirir la costumbre de faltar sin aviso, desairando de tal modo a personas influyentes, razón por la cual es preocupante que en lo que va de su gestión Kirchner ya se las haya arreglado para dejar plantados u obligados a esperar horas a los integrantes de una larga lista de notables, entre ellos el presidente ruso Vladimir Putin, el presidente vietnamita Tran Duc Luong, el rey Juan Carlos de España, la jefa de Hewlett Packard, Carly Fiorina, y otros acaso menos eminentes pero así y todo merecedores de ser tratados con cortesía. La víctima más reciente de un desaire de esta clase ha sido el presidente de Vietnam: el lunes pasado fue informado a último momento que por motivos desconocidos Kirchner no asistiría a la comida que el gobierno había organizado en honor de su huésped. Sorprendería que en las votaciones internacionales a las que la Cancillería otorga tanta importancia el representante vietnamita se sintiera tan constreñido a solidarizarse con la Argentina como hubiera sido el caso de haber regresado Tran a su país con buenos motivos para recordar la hospitalidad de nuestros gobernantes.
Según algunos, la actitud asumida por Kirchner debería atribuirse al hábito local de consentirles a los presidentes casi todo durante la primera mitad de su gestión más la conciencia de que el “estilo K”, agresivamente informal, le ha reportado algunos beneficios políticos. Tengan razón o no quienes piensan así, convendría que Kirchner entendiera que son muchos los países que son presidencialistas de modo que, por caprichosos que fueran, los sentimientos personales de sus líderes incidirán bastante en su política exterior. No es muy probable que todos los desairados por el presidente achaquen su comportamiento meramente a excentricidades simpáticas: antes bien, los más supondrán que se motiva en cálculos políticos astutos, porque les costaría creer que los actos de un jefe de Estado se hayan visto determinados sólo por su aversión personal al protocolo. Asimismo, es fácil imaginar cómo reaccionaría la opinión pública argentina si se propagara la especie de que toda vez que Kirchner viajara al exterior sus anfitriones se aprovecharan de la oportunidad para burlarse de él faltando a las citas: con toda seguridad, muchos lo tomarían por evidencia de que una campaña antiargentina estaba en marcha y no tratarían de ocultar su indignación.
Por ser la Argentina una democracia, ser presidente de la República entraña el deber de subordinar en ocasiones las preferencias propias a los intereses de la comunidad y de cumplir ciertas tareas acaso aburridas pero así y todo necesarias. Puede que sea normal que en lugares como Cuba o Corea del Norte el jefe de Estado invierta tales prioridades con la finalidad de hacer gala de su poder personal, pero por fortuna no lo es en la Argentina. Por lo tanto, corresponde tanto a los colaboradores de Kirchner como a los legisladores, además de la prensa, recordarle al presidente que si bien fronteras adentro una imagen transgresora puede resultar atractiva a ciertos sectores, en el exterior sólo puede contribuir a hacer pensar que el país está en manos de individuos que, por motivos presuntamente ideológicos o por temperamento, están resueltos a desempeñar el papel de rebeldes adolescentes contra todas las normas habidas y por haber. De más está decir que de proyectarse dicha impresión por el resto del mundo, se harán cada vez menos los dispuestos a simpatizar con la Argentina por la situación nada feliz en la que se encuentra. Por el contrario, la mayoría dará por descontado que los gravísimos problemas del país se deben casi exclusivamente a la irresponsabilidad de dirigentes improvisados, entre los cuales incluirá al presidente actual.

 

 

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