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Espejismos salariales
A los sindicalistas les encantan
las paritarias, porque les brindan una oportunidad para hacer
pensar que el nivel de los salarios de virtualmente todos
depende de su propia voluntad de defender con vigor los derechos
de los obreros. También a algunos empresarios de mentalidad
corporativa les gustan porque les complace creerse representativos
de sectores que producen algo más que palabras. Y a los
políticos, sobre todo a quienes forman parte del gobierno,
les es siempre grato dar a entender que si los trabajadores
perciben más se habrá debido casi exclusivamente
a la lucha por ayudarlos que libran día y noche. Sin
embargo, mal que les pese a los partícipes de las reuniones
que está celebrando el Consejo del Empleo, la Productividad
y el Salario Mínimo presididas por el ministro de Trabajo,
Carlos Tomada, en última instancia la mejor forma de
asegurar que los salarios aumenten consistirá en mejorar
el clima económico y de tal modo estimular las inversiones.
¿Sirven para esto las paritarias que se han iniciado?
Es poco probable. Antes bien, el espectro del dirigismo que
han contribuido a hacer volver del pasado está provocando
inquietud en el mundo empresario, mientras que la sensación
de que el gobierno se ha propuesto cumplir el rol de jefe
de personal del país entero, ordenando aumentos salariales
con el propósito ya de estimular el consumo, ya de difundir
el mensaje de que a diferencia de sus críticos está
firmemente comprometido con el bienestar de la gente, puede
haber convencido a muchos de que lo más sensato sería
demorar los aumentos que tenían en mente por miedo a
que en cualquier momento un decreto presidencial los obligue
a mejorarlos.
Como suele suceder cuando se organizan negociaciones corporativas parecidas a las que están en marcha, los sindicalistas están proponiendo un incremento importante del salario mínimo, sobre todo para los estatales, mientras que los empresarios están pensando en una cifra mucho más reducida. En cuanto al gobierno, hasta ahora sus voceros se han manejado con cierto cuidado, aunque parecería que el presidente Néstor Kirchner se siente tentado a dar más a todos porque, dice, "hay que pagarle mejor a la gente que trabaja". Si sólo se tratara de una cuestión moral, no habría problemas pero, como Kirchner sin duda entiende, nos es forzoso tomar en cuenta la realidad económica lamentable del país. Por cierto, de ceder el gobierno a los reclamos de los sindicalistas estatales, se desataría en seguida una crisis severa en virtualmente todas las provincias que, lejos de favorecer a los pobres, los golpearía una vez más. Asimismo, si los representantes empresarios optaran por llamar la atención a su propia generosidad cohonestando un aumento espectacular del salario mínimo, algunas empresas todavía en blanco se trasladarían a la zona gris o negra y las demás se resistirían aún más que antes a incorporar más personal. El abandono once años atrás de las paritarias salariales contribuyó a la influencia nefasta de las doctrinas "neoliberales" en el gobierno del presidente Carlos Menem, pero el motivo básico consistió en que los más se habían dado cuenta de que el método así supuesto se inspiraba en una ilusión. Sencillamente no es posible manejar las variables más significantes de una economía tan compleja y tan heterogénea como la argentina como si fuera una empresa gigantesca. Un salario mínimo que sería perfectamente razonable en la Capital Federal sería utópico en Formosa o Santiago del Estero, mientras que un aumento que sería recibido con júbilo en tales provincias motivaría indignación en otras partes del país. Para colmo, las diferencias no son meramente regionales o geográficas. Una empresa floreciente pagará más por querer contratar a trabajadores mejor calificados, pero si una que se encuentra en dificultades se viera constreñida a emularla caería en bancarrota. Aunque los sindicalistas suelen oponerse al principio de que siempre es mejor tratar cada caso de acuerdo con las circunstancias porque los jefes deben su propio poder a su papel de interlocutor privilegiado del gobierno de turno, hablando en nombre de millones de trabajadores y no sólo de centenares o decenas, esto no quiere decir que al país le convenga darles aquel gusto.
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