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Martes 29 de junio de 2004
   Opinion

El derrocamiento del presidente Illia

Por Juan Carlos Bergonzi (*)

El derrocamiento del presidente Illia el 28 de junio de 1966 significó, desde la perspectiva de la comunicación social, un punto de cambio en la historia del periodismo argentino. Los golpes de Estado, desde aquel que concluyó con el gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen, el 6 de setiembre de 1930, fueron prologados por despliegues informativos de gran magnitud.
Los golpes de Estado, explica el escritor José Pablo Feimann, registran su génesis a fin de la tercera década del siglo XIX con el derrocamiento del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Manuel Dorrego, fusilado posteriormente por el general Lavalle. Los ensayos comunicativos fueron epístolas firmadas con destino a un permeable destinatario.
Este episodio tal vez sea un anticipo de programación de los golpes de Estado como señala del historiador y sociólogo francés Alain Rouquié. La posibilidad de deponer al gobierno sin derramar sangre, mediante la Asamblea Legislativa o la Corte Suprema de Justicia, o un llamado anticipado a elecciones nacionales no se ha considerado con la suficiente madurez cívica.
La deposición del poder político es “el punto clave” dentro del carácter de la democracia, como expone Karl Popper al considerar y reflexionar sobre las enseñanzas que dejó al mundo el siglo XX.
Fue, posiblemente, el nexo entre hombres y grupos dedicados a la comunicación social, especialmente el periodismo, la marca más clara de la operación del derrocamiento al presidente que gobernó desde 1963.
De acuerdo con Alain Rouquié, un grupo de oficiales del Ejército encargó, en medio de un contexto de “golpe de Estado permanente”, la creación de una revista. Tratarían, a través de un medio moderno y atractivo, de crear una imagen de elegidos con nuevas ideas sobre qué hacer en la Argentina.
Los oficiales pertenecientes al sector “azul” habían disputado con los “colorados”, en sucesivos enfrentamientos, la supremacía política dentro del “partido militar”. Unos se inclinaban por una aparente constitucionalidad. Los segundos, por una irreductible negación al levantamiento de la proscripción del justicialismo.
La actuación equívoca de gran parte de la dirigencia política prohijó un proyecto “refundacional” para la República. Todo dentro de un gran marco donde el peronismo proscrito acentuaba su vínculo con el fundador del movimiento exiliado en Madrid.
Los civiles, en este programa de sepultar el modelo de consensos, fueron notorios en la integración de los sucesivos gabinetes del oscuro general -y sucesores- que iba a ocupar el cargo de presidente de la Nación, en nombre de la autoproclamada “revolución argentina”. Una dictadura por tiempo indeterminado, como señala Tulio Halperín Donghi en “La larga agonía de la Argentina peronista”.

Construcción de una imagen

La debilidad institucional de la administración Illia era evidente. Surgido de comicios con exclusión de la fuerza política mayoritaria, sólo alcanzó el 25% de los sufragios. El radicalismo (del pueblo como se lo designaba para diferenciarlo de los intransigentes) contaba, cuando llegó a la conducción de la República, con 13 gobernaciones sobre las 22 de entonces. En el Congreso la situación no era más favorable: sobre 189 bancas respondían al partido de Alem sólo 72.
La fragilidad de su representación no le impidió avanzar en algunos temas prometidos en la campaña. El médico de Cruz del Eje la emprendió contra los contratos petroleros firmados con empresas extranjeras en la presidencia de Frondizi; limitó los ingresos a las industrias farmacéuticas, en su mayoría extranjeras, canceló el estado de sitio. Trató, y de alguna manera lo logró, alejarse de la política ortodoxa del FMI y acrecentar el consumo interno. La balanza comercial, con saldo negativo desde 1959, pasó a presentar superávit desde 1963 hasta 1966 inclusive.
En medio de graduales aciertos económicos y otros relacionados con las libertades individuales, no dejó de observarse un politizado encono sindical. Las fuerzas peronistas se vieron conmovidas por el frustrado regreso de su conductor en 1964. Vino luego el malestar de los cuarteles ante la negativa a enviar tropas a Santo Domingo, como parte de una fuerza de intervención de EE. UU. a la República Dominicana.
Se desató, bajo una manifiesta libertad de prensa, la programada campaña de desprestigio con mensajes que fomentaron la humillación, el ridículo y el consecuente deterioro del hombre arribado a la Casa Rosada.

Revistas y operadores estrella

Dentro de la turbulencia de la época, atravesada por el fantasma de la subversión comunista, la revolución cubana, la crisis provocada por el gobierno de la isla caribeña con EE. UU., la Argentina -de la mano de Illia- llegó a enero de 1966 con un gobierno agotado y consciente de que sus días estaban contados.
Según Daniel Mazzei, en su trabajo “Primera Plana. Modernización y golpismo en los sesenta”, el enfrentamiento entre los sectores internos del Ejército “azules” y “colorados”, ocurrido en 1962, produjo un hecho cultural y comunicativo relevante: el nacimiento de “Primera Plana”, una revista semanal que se juzgó como la más sobresaliente de la década de 1960.
El semanario fue vocero del grupo militar azul que le dio origen. Su primer director, Jacobo Timerman hasta 1964. Con una presentación visual creativa y un discurso distintivo sobre aspectos estructurales del país, significó un hito en la modernización de estilos del periodismo nacional.
“Primera Plana” se convirtió, dentro de su tipo, en la revista con más penetración en la subjetividad de la clase media argentina. Su posición editorial fue girando hasta convertirse en vocera de la autocracia transformadora señalada por Rouquié. En el rechazo a la democracia, incluso restringida, los pro golpistas militares y civiles acudieron a un recurso denominado “creación de un clima psicológico propicio” para la ruptura institucional.
A través de columnistas reconocidos se opinaba sobre la lentitud del gobierno y la mirada simplista de los radicales frente a la complejidad nacional e internacional. La revista fue instalando en la sociedad la imagen de un conductor militar con posibilidades de llevar a la Nación a su destino de grandeza.
Mientras Mariano Grondona se imaginaba la creación de una nueva república con un líder a semejanza del general Charles De Gaulle, el columnista Mariano Montemayor, de “Confirmado”, otro semanario favorable al golpismo, proponía seguir la figura del caudillo de España, Francisco Franco.
La acción doctrinaria de “Primera Plana” y “Confirmado” fue variada y contundente. Acusó, de todos los males, a la falta de visión presidencial sobre el papel de la Argentina en el mundo. Su lenguaje era enfático, de advertencia: “Una Argentina gris, falta de grandeza nacional, incapacidad para afrontar el comunismo; un país sin misión, con la esclavitud del subdesarrollo, el vacío de poder”. Estas valoraciones se contraponían con la publicación del severo rostro del futuro presidente. Onganía representaba el orden, la jerarquía, la legalidad.
Cuando en noviembre de 1965 se produjo el relevo del jefe del Ejército Juan Carlos Onganía, la estrategia discursiva de la conspiración pasó a ser frontal: no fue necesario mantener el sistema para producir los cambios que se interpretaban en nombre de la sociedad.
Con ese estilo novedoso, “Primera Plana” llegaba al público de una manera menos ortodoxa. La creación de este medio, al igual que “Confirmado”, tiene en nuestro país sustentos superestructurales: el boom de las comunicaciones de los años sesenta y con él uno de sus fenómenos más destacados: los operadores semánticos que, en palabras de Casasús Gurí, escritas en 1970, “funcionan como condensadores de significados”. Agrega el catedrático catalán: “Son categorías de uso muy institucionalizado en los medios masivos y de una enorme complejidad del punto de vista semántico, porque están asociados a campos muy complejos de significados sociales”.
De igual intensidad fueron las ilustraciones: el presidente durmiendo, con una paloma en la cabeza o alimentándolas en la Plaza de Mayo o una tortuga para simbolizarlo. La realidad se adjetivaba con ironía: “dulce”, “ beatífica”, “bucólica. Estas series visuales y escritas comunicaban contenidos de apropiación sin esfuerzo por los ciudadanos, anhelantes ya de cambios. Los prolegómenos del cuartelazo incrementaron el interés por diarios y revistas. En julio de 1965 “Primera Plana” había vendido una media de ejemplares de 38.000. En las semanas previas del asalto al poder y luego de consumado, superó los 50.000.
Se produjo el anunciado movimiento castrense y el presunto proyecto refundacional autocrático entró a la Casa Rosada. Tenía objetivos y no plazos. Illia se retiró, derrocado, en la madrugada del 28 de junio de 1966.
La democracia minoritaria cedió ante el avance del autoritarismo.
“Primera Plana” fue clausurada el 5 de agosto de 1969 por la dictadura militar.
Onganía fue destituido por una revolución palaciega en junio de 1970. Lo que siguió también integra la urdimbre fascinante de la historia y la comunicación de la Argentina.

(*) Profesor e investigador en comunicación social. Facultad de
Derecho y Ciencias Sociales (UNC).

 

 

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