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Miércoles 9 de junio de 2004
   Editorial
El temor a competir
Aunque a primera vista las proezas brillantes de nuestros tenistas en París no tienen nada que ver con el estado de la economía, están en lo cierto los que vinculan los éxitos logrados por la “legión argentina” con la tasa de cambio vigente a través de la tan satanizada década de los noventa. Lo están porque fue gracias al poder de compra del peso en el país y en el exterior que los deportistas podían competir en pie de igualdad con sus equivalentes extranjeros, posibilidad que les será negada a quienes de otro modo serían sus sucesores. Lo mismo sucedió en muchos otros ámbitos. Por tentador para muchos que sea coincidir con el presidente Néstor Kirchner en que en aquellos años la evolución de la economía fue calamitosa, una catástrofe sin atenuantes y que si sirvió para algo esto era probar que mantener fuerte el peso era un crimen de lesa humanidad, la verdad es que el cuadro distaba de ser tan tétrico como, por sus propios motivos, quiere hacer creer. En los noventa, millones de argentinos pudieron viajar al exterior o comprar a precios accesibles bienes importados de calidad internacional. Las librerías estaban llenas de los mejores productos de la industria editorial del mundo hispanohablante. Empresas relativamente pequeñas pudieron importar bienes de capital que les permitirían aumentar mucho su productividad. Muchos miles de jóvenes pudieron aprovechar la oportunidad para cursar estudios en las universidades más exigentes de Estados Unidos, el Canadá y Europa occidental. Y, lo que acaso fuera más importante todavía, una proporción creciente de la población se acostumbraba a sentirse integrada “al mundo”.
Claro, hacia finales de la década los más entendieron que el peso estaba sobrevaluado, en parte por la irresponsabilidad de nuestros propios gobernantes y en parte porque el dólar norteamericano se había hecho demasiado fuerte, pero aun así a nadie se le ocurrió que una eventual devaluación debería quitarle dos tercios de su valor. Por el contrario, en aquel entonces se pensaba en una devaluación del veinte o, a lo sumo, del treinta por ciento, lo que hubiera provocado bastantes problemas sin por eso dar lugar al aislamiento no meramente económico sino también psicológico, que ha sido una de las consecuencias más notables de la política del “dólar recontraalto” favorecido por el gobierno actual y por ciertos sectores empresarios nada competitivos. Aunque parecería que la actitud asumida por el gobierno cuenta con la aprobación de la mayoría, la que, dispuesta a tomar en serio la propaganda oficial según la que la implosión económica fue en cierto modo resultado de la agresión foránea, se inclina por creer que la mejor forma de desquitarse consiste en darle la espalda a un mundo antipático, a la larga no puede ser sino muy pero muy perjudicial. Al igual que las personas, los países siempre propenderán a achatarse a menos que se animen a hacer frente a los desafíos que les planteen los tiempos que corren.
Los seducidos por la estrategia del peso baratísimo parecen creer que gracias a él la Argentina podrá encontrar su propio nivel y, sobre la base más firme así supuesta, crecer a un ritmo vigoroso y de manera más equitativa que en el pasado. A juzgar por los resultados de los casi dos años y medio que han transcurrido a partir de la megadevaluación, empero, lo que ha hecho fue enamorarse de la mediocridad. Pese a las ventajas brindadas por la reducción realmente espectacular del costo de mano de obra, pocos empresarios se han sentido tentados a probar suerte exportando productos no agrícolas a mercados más complicados que el doméstico y no existen motivos para suponer que dicha situación se modificaría mucho aun cuando consiguieran créditos sumamente blandos. Si bien la voluntad de tantos de conformarse con una Argentina que funciona tan mal que conforme a las estadísticas el producto per cápita apenas llega a la quinta parte del estadounidense o japonés, nos ha ahorrado un sinfín de dificultades políticas y sociales, de persistir la falta de ambición así reflejada -la que se ve simbolizada por el afán oficial de impedir que el peso se aproxime a un valor realista que, entre otras cosas, le permitiría a la gente reintegrarse al mundo- el futuro será con toda seguridad decepcionante para los que creen que el país da para muchísimo más.

 

 

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