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Sábado 8 de noviembre de 2003
   Cultura y Espectáculos

Manuel Vicent: "El amor es una pasión que exige valor"

Manuel Vicent, uno de los grandes escritores españoles, es también un maestro del periodismo hispanoamericano y su columna semanal, una de las más esperadas del diario “El País”. Estuvo en la Argentina presentando su última novela, “Cuerpos sucesivos”, y conversó con “Río Negro”.

El amor es el fuego sagrado, el fluido vital que despierta el alma de los cuerpos en letargo. Cuerpos diferentes, iguales y sucesivos que se entrelazan bajo sábanas blancas, en la breve geografía de los bancos de las plazas, en vuelos nocturnos, en playas y en desiertos.
El fluido siempre es el mismo, dice Manuel Vicent.
Y su frase cierra la persiana de un día cualquiera. El último de tu existencia o el primero. Es un okey para leer el poema que tienes pendiente en tu mesa de luz o para escuchar una sinfonía que te hace llorar. Un consuelo. Una manera de escaparle a la tristeza.
Manuel Vicent no ha bajado de ninguna montaña con esta verdad. Las suyas no son las tablas de la ley sino conjeturas, recuerdos de muchas batallas perdidas. Su obra es el legado de Ulises. Del hombre. Del escritor.
Cada semana un artículo suyo en “El País” de España revela una faceta del universo palpitante que nos rodea. Una anécdota. Un personaje. Un paisaje. Un trozo de historia que no contienen las enciclopedias de cuero. Es el ámbito en el que mejor se siente Vicent: el del relato corto de formas periodísticas. La realidad bordeando lo imaginario. Tan absolutamente cierto como una mentira piadosa. Tan valioso como la fe. Tan explosivo y tentador como la chica que baila borracha a tres metros de tus ojos.
De tiempo en tiempo publica una novela. Sus personajes defienden las formas del placer y el hedonismo como un rumbo legítimo y definitivo. Bañados por las lágrimas de Eros, náufragos del orgasmo, sus creaciones juran por la sangre que el arte puede redimirnos. Lavar el dolor. Saciar esta sed. Salvarnos.
Su último libro, “Cuerpos sucesivos” (Alfaguara), cuenta la relación entre Ana -chelista del cuarteto Bucarest, treintañera, intensa y atractiva-, David -un profesor de literatura de sesenta y tantos, ya de regreso, cansado aunque digno y dueño de una intuición estética que lo convierte en un personaje entrañable- y el Lobo, un ser entre despreciable y fantástico.
Vicent pasó por la Argentina para promocionar “Cuerpos sucesivos”, un libro en el que nuevamente revela su pluma magistral. El libro tiene puntos de contacto con los anteriores -“Son de mar” (ganador del prestigioso Premio Alfaguara) y “La novia de Matisse”-, historias en las que el amor y la sangre, la pasión y la tragedia están íntimamente vinculadas. No hay deseo sin decepción ni aventura sin riesgo.
- En tu novela se plantea una constante: el amor que permanece a través de las personas y sus experiencias.
- El fluido amoroso pasa por distintos cuerpos y se solidifica. Lo que sucede es que el fluido siempre es el mismo, los cuerpos cambian, pero tampoco es tan extraño que los cuerpos en el fondo siempre sean distintos sin cambiar de pareja.
- También estableces una relación entre el amor y la sangre y, en cierta forma, entre el amor y lo trágico. Son elementos narrativos que ya están en “Son de mar” y “La novia de Matisse”.
- En esta novela se plantean formas de entrar en el laberinto de lo femenino a través de un abismo o la violencia o a través de la palabra, la palabra usada como instrumento. Se trata de elegir. Se trata de lo que la mujer elija para salvarse: la mística de la violencia, que es fortísima, o los sueños, la imaginación.
- Los personajes por distintos motivos se enfrentan a sus abismos particulares. David, incluso, no parece muy preparado para aceptar el suyo.
- David es un personaje que está al final de la seducción, que ya ha pasado por todas las derrotas y en todas se ha expresado al final como un cobarde; el amor es una pasión que exige valor, una pasión muy arriesgada, muy aventurada... por el amor se puede matar o morir. El amor siempre nace de una carencia, se ama lo que no se acaba de poseer del todo y esta carencia te hace sufrir si no la tienes y cuando la posees concretamente, temes perderla. Ahora bien, David también necesita medirse a sí mismo espoleado por la protagonista para realizar un supremo acto de valor que es a todo riesgo.
- Alguna vez definiste a David como una especie protegida. ¿A qué te refieres exactamente?
- Como persona, como tipo humano, incluso físicamente. Eso lo hace de una elegancia un poco preterida, de una estética un poco pasada, es un personaje muy débil, anímicamente débil, pero con unas convicciones estéticas muy profundas. Además de la idea original de plantear una relación amorosa en una novela, también la intención era la de armar personajes, unos personajes que fueran de carne y hueso, que palpitaran. Estaba interesado en hacer de Ana un personaje real, que el lector se creyera que esos personajes existen; por una parte, están tratados así como muy esquemáticamente, es como un retrato robot, ese retrato robot es maravilloso porque cada lector lo descubre por sí mismo.
- ¿Te imaginas una novela pos David y Ana? ¿Cómo sería esa relación entre estos dos seres?
- A mí me gustaría, vamos, si yo escribiera una continuación me imagino a esta pareja en Alejandría, al lado del mar, en unos bares maravillosos que hay, viendo entrar y salir barcos, hablando con gente extraña, pasajeros extraños que van y vienen. Los he visto muchas veces en las playas. El, el hombre sesentón elegante, tipo anglosajón, absolutamente alcoholizado por la tarde; ella, más joven, también alcoholizada. Se insultan, se pelean, se gritan, se aman hasta el fondo de los huesos, pasan una noche tormentosa y amanecen radiantes, limpios, lavados, duchados y al mediodía, tomándose una cerveza.
- El Lobo, ese hombre oscuro, es en algún sentido un personaje que todos albergamos, como lo impredecible del alma humana.
- Es el lobo que todo el mundo lleva adentro, porque el amor engendra mucha violencia y también produce mucha inseguridad, y la inseguridad es un motor de la violencia. Se trata de que tal vez esa pasión está escondida ahí y se trata de reprimirla. De todas maneras, en la novela se explica, es un salto irónico que el lobo es absolutamente adorable en la noche y la luz del sol lo destruye.
- Leí en una entrevista que te hicieron hace unos años que no relees tus obras. ¿Cuál es el motivo?
-Primero, porque haber escrito ya es un hecho consumado, es como un acto que cometes en clandestinidad y sale a la luz y descubres y ya es irreversible. Siempre me da la sensación de que no he acabado de decir las cosas como las quería decir. Y siempre hay un momento en que lo que se dice se pudre muy pronto. La literatura se pudre muy pronto; las opiniones, las ideas se pudren muy pronto. Entonces es como remontar un río que no me interesa para nada.

Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar

Orfebre del lenguaje

En la madrugada siguiente a la larga noche franquista, España despertó como fue concebida: desnuda y llorando. Durante los últimos destellos de oscuridad, esas lágrimas habían parido algunas de las mejores expresiones culturales de habla hispana del último cuarto de siglo. Cuarenta años de generalato escupieron a Pedro Almodóvar -Buñuel en la era de la cocaína-, a Javier Krahe, Aute y Joaquín Sabina -Serrat desolado y ebrio-, y a una nueva guardia de escritores decididos a retratar sin anestesia lo que la posmodernidad definió como la “movida española”.
El diario que reporteó ese trepidante despliegue fue “El País” de Madrid, fundado en 1976. Ideado como progresista -una izquierda edulcorada, cercana a la socialdemocracia primero, mucho más de centro después-, el matutino se transformó de inmediato en un espacio de debate intelectual y cultural. Las columnas de opinión cobraron estatura de pieza ensayística: nóveles -y no tanto- autores le tomaban el pulso a la Europa finisecular y a la España ‘socialista” de Felipe. Uno de esos cronistas colosales fue -es- Manuel Vicent.
Al igual que Arturo Pérez Reverte, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Montero y otros, Vicent se valió del resorte de “El País” para llegar al público de masas. Así también, el periódico adquirió prestigio con sus firmas. Todos ellos conformaron un círculo genial y corrosivo que heredó lo mejor de la prensa americana de posguerra -Mailer y Capote, entre tantos otros-, lo empolvó en los adoquines del Mayo Francés y lo aggiornó a la era del zapping, el colesterol y la barricada política: todos los regímenes totalitarios -más aún los latinoamericanos- fueron repudiados con chorros de la mejor tinta. Con las firmas, el diario ganó fama de orfebre del lenguaje: el cuidado del castellano -cercano a la obsesión- como médula espinal del mensaje. La metáfora como recurso obligado. El periodismo como fresco épico del milagro español y como crudo retrato del ominoso guerrero americano.
“Todo Irak es ahora un antílope descuartizado. La reconstrucción que va a abatirse sobre el país destruido debería explicarse según la etología, que estudia las costumbres de los animales. ¿Sabía usted que algunos buitres llevan en el cuello pelado corbatas de seda pura? ¿Sabía que algunas hienas hacen proyectos sobre nuestra felicidad con un zumo de frutas en la mano, tumbadas al sol alrededor de las piscinas?” Manuel Vicent, Madrid, primavera del 2003.

Pablo Perantuono
pperantuono@rionegro.com.ar

 


 

 

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