Miércoles 24 de setiembre de 2003
 

El fantasma del Plan Andinia

 

Por Susana Yappert

  El viernes 12 de setiembre, el diario económico INFOBAE tituló: “Bendini cree que hay planes para invadir la Patagonia”. La información, que desató la polémica, se completó con los siguientes datos: “El jefe del Ejército identificó a ‘pequeños grupos israelíes’ que operan escondidos tras la ‘cortina’ del turismo y de algunas ONG...”.
La nota no fue firmada por el creador del Eternauta, ni por el ánima de Walter Beveraggi Allende, sino por el secretario de redacción del diario. Inmediatamente la DAIA pidió explicaciones y el gobierno decidió crear una comisión para investigar los dichos del general Bendini o para descubrir a los que pusieron esos dichos en su boca. La comisión terminó respaldando a Bendini y la DAIA tardó, pero se dio por satisfecha.
Verdadero o falso, los conocedores de la historia pensaron ¿qué ocurre, que se agita nuevamente el fantasma del Plan Andinia?, mientras los más jóvenes se preguntaban ¿de qué están hablando?
El Plan Andinia, que se recordó estos días cuando se acusó a grupos israelíes de operar en el sur, aparece en el decurso histórico como la versión argentina de ‘Los Protocolos de los Sabios de Sión’. El punto de partida de los Protocolos puede establecerse en 1905, cuando el periodista Serguei Nilus publicó en Rusia un libro titulado “El Grande en lo pequeño, o el Anticristo está próximo y el reino del diablo sobre la tierra”, e incorporó al mismo y como apéndice, los Protocolos, aclarando que había conseguido esos documentos en 1901 en la Cancillería central de Sión, en Francia” y que en el manuscrito se exponía “con una precisión y una verdad extraordinarias el desarrollo de la conjura judeomasónica mundial que debía conducir a nuestro mundo corrompido a su ruina inevitable”.
Los Protocolos habían sido puestos a consideración de la Justicia europea a principios del siglo XX para que ésta determinara su autenticidad. Si bien se determinó su malintencionado antisemitismo y falsedad documental, esto no impidió que los Protocolos siguiesen circulando y que el nazismo los incorporara como parte de su ideología. Hitler -una década antes de asumir el poder- se puso en contacto con los Protocolos, donde encontró sus argumentos para idear el exterminio de los judíos, responsabilizándolos de la hiperinflación de 1923.
Así es que el Plan Andinia retorna el viejo mito, el de la conspiración judía mundial que, pivoteando en distintos países y momentos de la historia, rebotó en la Argentina en los ’70. Entonces será el ultranacionalismo vernáculo el que denunciará que los judíos quieren apropiarse de la Patagonia para fundar la Nueva Israel, rebautizándola “Andinia”, territorio que abarcaría todas las provincias y regiones a ambos lados de la cordillera, desde el río Colorado hacia el sur, con un puerto internacional en Bahía Blanca.
La DAIA contraatacó y acusó al conocido profesor universitario de la UBA, Walter Beveraggi Allende, de idear aquí una versión de los Protocolos “tan ridícula como absurda... contaminado por la ponzoña antijudía de los personeros de la Liga Arabe”. Según Beveraggi Allende, “estaba en marcha una conspiración judía en la Argentina tendiente a desmembrar el territorio nacional, con miras a crear en la Patagonia un Estado Judío”. Tras la denuncia, el abogado tucumano Dr. Ezequiel Avila Gallo solicitó el procesamiento del ‘alto mando judío-sionista’ y un periódico que se editaba en el ‘Jardín de la República se asoció a él reclamando “una investigación a fondo” de las presuntas maniobras del sionismo para fomentar aquí ‘la confusión, la corrupción y el caos’, de modo tal que esta situación facilitara la ejecución del plan que según Beveraggi Allende estaba en plena ejecución desde el gobierno de Frondizi.
La denuncia del supuesto complot sionista, aparecida primero en forma de libelo, fue dirigida a “los señores oficiales y suboficiales de nuestras queridas FF.AA, además, a todas las agrupaciones políticas estudiantiles universitarias y a nuestros compatriotas en general”, pero como no tuvo mayor éxito, el autor resolvió abandonar el anonimato y dirigirse al secretario general de la CGT, José Rucci, con una carta abierta titulada pomposamente “Autodefensa Argentina ante la Agresión Sionista...”. Esta vez consiguió que el “Cronista Comercial” de Tucumán le diera publicidad a través del Dr. Avila Gallo.
Usando un libreto conocido por la historia, el autor de la denuncia hizo saber que Dios ha querido que llegase a sus manos un providencial documento relativo al “tremendo peligro que nos viene acechando desde el año 1882 y que por ello debemos ponernos en guardia”. Se refería a los Protocolos, que hizo reimprimir en Buenos Aires en 1972 bajo el título “Los Protocolos de los Sabios de Sión y la Subversión Mundial” que salió a la luz sin pie de imprenta y está firmado por un tal Aurelio Sallairai, que es presumiblemente un seudónimo de Beveraggi Allende.
Entre los argumentos que esgrimieron aquellos que intentaron advertir sobre el peligro sionista se encuentra el siguiente: se decía que un gran rabino neoyorquino de apellido Gordon había dado instrucciones para ejecutar ese plan en una reunión que se habría celebrado en una sinagoga porteña el 23 de marzo de 1969. En cierto que el rabino Harold Gordon había visitado Buenos Aires pero un tiempo antes, en 1960, cuando era vicepresidente ejecutivo de rabinos de aquella ciudad. Cabe recordar que estas “parcelas de verdad” (que consisten en tomar datos reales pero tergiversándolos) de las que se vale el fabulador son fundamentales a la hora de medir la eficacia de estos discursos.
Las presuntas instrucciones dadas por Gordon se resumirían en la idea siguiente: el plan que le fue revelado por gracia de Dios tenía su punto de partida -según el libelista- en 1882, cuando León Pinsker publicó su famoso libro “Autoemancipación”, en el cual habría fijado su atención, para resolver el problema judío, en dos países: la Argentina, como el de las posibilidades prácticas, y Palestina, el de las posibilidades ideales. La investigación de la DAIA respondió a esto: “Es falso de toda falsedad. Pinsker no menciona para nada la República Argentina en esa obra famosa... Concretamente propone que los sectores acaudalados de los judíos en la Europa Occidental se esfuercen por adquirir tierras en las que puedan establecer millones de judíos. “Podría ser- afirma- un pequeño territorio en Norteamérica o en Turquía asiática... Es falsa también su afirmación de que en el libro “El Estado Judío”, publicado en 1896, propone Theodor Herzl la creación de dos estados judíos: uno en Palestina y el otro en Argentina”.
Beveraggi Allende hacía decir a Herzl que “la Tierra prometida” es la Argentina cuando aquél habla de Tierra Santa. Por otra parte denuncian que se intenta involucrar en el plan a Arieh Kubovy, ilustre embajador de Israel en Argentina, atribuyéndole la sugerencia de que “los judíos de la Argentina tomen a la Argentina”; o el proyecto del rabino inexistente de hacer de la Antártida una heladera natural...” para acumular la producción de las riquezas de la zona con fines especulativos, tema recuperado en la denuncia que cayó sobre Bendini durante los últimos días.
Lo cierto es que Herzl, desesperado por la situación de miseria en que vivían sus correligionarios en la Europa oriental, concibió la idea de crear para ellos un hogar propio o un refugio circunstancial. En ningún momento habló de dos países; buscando una solución al difícil problema se preguntó “¿Palestina o la Argentina?” La mención de Argentina es explicable. En 1889 había llegado a nuestro territorio el primer contingente de inmigrantes judíos interesados en hacerse agricultores, y dos años después fundó el barón Mauricio de Hirsch la famosa empresa colonizadora... Herzl llegó a saber que la Argentina “es por naturaleza uno de los países más ricos de la tierra, de inmensa superficie, población escasa y clima templado” y supuso que “tendría el mayor interés en cedernos una porción de tierra”, como había ocurrido en el caso de otras corrientes colonizadoras.... Todo el pueblo judío y buena parte de la opinión pública mundial estaban estremecidos -entonces- por el terrible pogrom de Kishinev, instigado por el gobierno zarista con el pretexto de la ‘confabulación judía’, que poco después recogió en un libro el fraguador de los Protocolos. Convencido de que la emigración era la única solución posible para los judíos en Rusia, Herzl se inclinó muy a pesar suyo por aceptar en principio una proposición del gobierno británico de colonizar a los emigrantes judíos en el territorio de Uganda, Africa. Pero destacó a un tiempo que la meta final del pueblo judío era, decididamente Eretz Israel. Pero la idea de Uganda fue rechazada por el Congreso Sionista y el propio Herzl, ratificando la fidelidad el pueblo judío a Sión (Jerusalén)...”.
Los cargos que formuló a la colectividad judía del país, sostiene la DAIA, tienen un común denominador: la provocación antisemita y antisionista. El mecanismo de que se vale para ello es de antigua data; consiste simplemente en extender a toda la comunidad judía la responsabilidad por alguno que otro negociado o estafa cometidos por comerciantes o industriales de origen judío. Conforme a dicho mecanismo, no vacila en atribuir a los judíos “el manejo y el control de todos los resortes esenciales de la ‘cosa pública’ empezando por responsabilizarlos de la crisis económico social que agobia al país.
La DAIA advirtió por aquella época que el plan sería una estupidez si no existiese el antecedente del nazismo, que utilizó documentos apócrifos pero que le sirvieron para masacrar a millones de personas. Así, con el objeto de “desenmascararlos”, alerta sobre la opinión pública afirmando que el Plan Andinia “es la versión argentina de la mayor superchería del siglo”.
El capítulo de las denominadas “teorías conspirativas” sobre la Patagonia se reescribe, alimentando temores y mitos que atraviesan este sur desde que Magallanes recorrió sus costas hasta el presente. En este sentido, las más resonantes y recientes hipótesis conspirativas sobre Patagonia ocurrieron en las décadas del ’30 y del ’70. La primera es el supuesto complot nazi de 1939 destinado a apropiarse de la Patagonia. La segunda, el denominado Plan Andinia, que se retoma en la actualidad al interior de las filas castrenses.
¿Y ahora con qué fines se vuelve al recuerdo de aquel plan que representó uno de los más formidables aportes locales a las ideas antisemitas?
El capítulo de los complots sobre Patagonia tienen su propia historia. Pero estos rumores conspirativos, no debe olvidarse, se alimentan en específicas coyunturas históricas. Saltan como géiseres en tiempos de crisis. Y este presente no es la excepción.
     
     
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