Domingo 7 de setiembre de 2003
 

Si Cipriano los conociera...

 

Por Carlos Torrengo

  Ese apasionado laborista que fue Cipriano Reyes hubiese negado la existencia del radicalismo rionegrino.
Porque de haber conocido la idiosincrasia de este partido, su conclusión hubiese sido contundente:
-Esto no es radicalismo, es peronismo -sentenciaría el hombre que armó el 17 de Octubre del ’45.
¿Por qué?
Porque para don Cipriano, si algo define en términos excluyentes la relación del peronismo con el poder es que hizo de éste un evangelio.
-El peronismo siente el poder como una propiedad, lo maneja desde esa concepción y lo puede triturar y perder aferrado a esa convicción... El poder y más poder es la razón que alimenta su existencia y la reproduce... El poder es “su herramienta” -solía decir este sindicalista en su casa de La Plata a los estudiantes que en los ’60/’70 se le acercaban para hablar del surgimiento del peronismo.
El triunfo radical del domingo anterior se encuadra con vigor en ese marco conceptual del poder.
Lo logró clavándose en una consigna: no privarse de nada en función de ganar. No tensionarse con limitaciones éticas para buscar el voto.
Tanto se asemeja este radicalismo al peronismo caracterizado por don Cipriano que incluso suele orillar aquello de “triturar” su propio poder. ¿O acaso no habrá que vincular, al menos en parte, el magro papel del radicalismo en Roca con el grosero contenido del discurso con que Verani cerró la campaña en la ciudad a 48 horas de las elecciones?
Se asegura que espantó votos.
El mandatario habló desde su “lado oscuro”, esa zona donde se envilecen las palabras. Entonces dijo su discurso cercado por el miedo a perder. En consecuencia apeló al prejuicio, el insulto, la exclusión del otro.
En fin, uso prostibulario de la palabra.
Es lamentable que el mandatario mantenga intacta su capacidad de descenso a la hora del uso de la palabra en público. Máxime cuando está en el final de su mandato. Un lapso en el que era dable la maduración en el manejo de este tema.
Y mucho más lamentable aún cuando el gobernador sobrelleva con dignidad temas complejos de su existencia. Cuestiones que, por su naturaleza, invitan a mejorar la calidad de la propia reflexión. Un pararse mejor ante la historia.
Y es grave que un poder estructurado por años alrededor de ese tipo de discurso siga generando adhesiones.
Aunque cada vez menos, es cierto. Y saludable.
El mayor mérito que acumuló Miguel Saiz a lo largo de la campaña fue, precisamente, poner distancia del gobernador. No es otra cosa que poner distancia de su verbo.
Se lo habían sugerido. Cumplió. ¿Qué se puede inferir de ese cumplimiento?
El tiempo lo dirá.
Mucho se ha escrito y hablado de la elección del domingo. Urnas que, si se proyectan como expresión del funcionamiento del sistema político rionegrino, expresan una anomalía. Una cuestión que urge tratar.
¿Cómo es posible que con una ventaja de sólo 5.745 votos sobre su segundo -el PJ-, el radicalismo se haya quedado con una mayoría aplastante en la Legislatura?
Cuando se reflexiona sobre el tema, entra en cuestión la Ley Electoral de la provincia.
Vayamos por partes.
La Constitución de Río Negro programó un doble sistema electoral para elegir legisladores. Por un lado, la representación regional, o sea circuitos. Por el otro, la representación poblacional.
La primera tiende a asegurar la representación de la región. La segunda, al cuerpo electoral completo de la provincia.
A fines del ’90 se sancionó la ley 2.431, o Ley Electoral, reglamentándose así las disposiciones electorales contenidas en la Constitución.
Una reglamentación que fungió en términos de un sistema político signado férreamente por el bipartidismo. Un cuadro donde las terceras fuerzas podían tener historia, caso Partido Provincial Rionegrino, que en el ’87 había hecho una buena elección. O el caso del Movimiento Popular Patagónico que, consolidado su poder en Cipolletti, amagaba con derramarse sobre la provincia.
¿Cómo se reglamentó?
Se estableció que el número de legisladores por cada circuito es de tres. Y las bancas se asignan por el sistema D’Hont con un piso del 22%, o sea que el partido que no alcanza ese mínimo no tiene representación circuital en la Legislatura.
Se reaccionó desde un D’Hont acotado, con piso alto para no permitir la dispersión de la representación regional.
Esa es la génesis de la injusticia en que se asienta hoy parte del sistema político institucional de la provincia. Porque en lo que hace a bancas circuitales, la Ley Electoral no protege a minorías, por caso, de 21% de votos.
Se argumenta en favor que el sistema electoral anterior era más rígido: dos por uno y se acabó.
Y se sostiene que la flexibilidad de la actual norma se expresa taxativamente en lo que hace a legisladores por representación poblacional, la famosa “lista sábana”. Esa colección de candidatos que, detrás de una cara prestigiada, en un descuido permite colar como aspirantes a la banca a algún émulo de Jack “El Destripador” o de Al Capone.
En el caso de la sábana, el D’Hont es más generoso: el piso se clavó en el 5%. O sea, al alcance de un espectro más amplio de partidos.
Urge debatir el mejoramiento del conjunto del sistema electoral rionegrino. Es una tarea en la que la Legislatura no debería demorarse más en meter mano, formar opinión y alentar el debate. El actual sistema sólo alienta la cultura de la exclusión de una parte significativa del electorado.
Pero claro, ¿se avendrá un oficialismo beneficiado por esta injusticia a debatir el tema?
Difícil.
Por algo, desde hace años, más que un gobierno Río Negro tiene un régimen.

Carlos Torrengo
ctorrengo@rionegro.com.ar

     
     
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