Lunes 18 de agosto de 2003

El recurso de "escrache"

Por Lorenzo A. Waldemar García (*)

Especial para "Río Negro"

Nuestro sistema procesal prevé una pluralidad de medios de ataque (recursos) contra las decisiones judiciales. Están los ordinarios, tales como la revocatoria, aclaratoria y apelación, y los extraordinarios, que permiten llegar al Tribunal Superior, de allí a la Corte Suprema, y si están en juego los derechos humanos, se puede acudir a tribunales internacionales a los que la República ha adherido.

Para asegurar que la Justicia se imparta con independencia y libertad, nuestra Constitución ha rodeado a los jueces de garantías, tales como la inamovilidad, los fueros, la intangibilidad de sus retribuciones, etc., todas enderezadas a impedir que los magistrados puedan ser coaccionados o presionados al momento de decidir según la ley y sus conciencias.

Pero la creatividad argentina, rasgo que nos ha hecho famosos en el mundo entero, ha agregado un nuevo recurso, que echa por tierra en buena medida el escudo protectorio acuñado por nuestra ley fundamental: "el escrache".

El arbitrio en cuestión, puesto en boga últimamente con demasiada frecuencia, consiste en la reunión frente a los tribunales de un grupo conspicuo de personas en cantidad variable, generalmente asistido por un buen equipo de sonido y algunos instrumentos de percusión, mediante los cuales lanzan arengas, califican al juez y a su progenitora, todo matizado con estribillos pegadizos al son de ritmos tropicales.

No es mi intención promover la represión, ni coartar los derechos constitucionales a la libre expresión de las ideas, de reunión, de peticionar a las autoridades, etc., sino tan sólo invitar a la reflexión de quienes suelen involucrarse en tales manifestaciones telúricas, sobre su conformidad con los ideales de una república democrática que aspira a superar los errores en que recurrentemente hemos incurrido en el pasado como sociedad.

La resolución de los conflictos colectivos e individuales a través de una Justicia independiente e imparcial es sin duda la vía civilizada de procurar la paz social. Es la forma de nivelar al humilde con el poderoso, de sustituir la violencia por la razón y la ley.

La ley prevé situaciones abstractas y generales, que pueden no resultar óptimas en casos aislados y concretos. Las soluciones que se derivan de la aplicación de las leyes no siempre resultan satisfactorias con miras a un anhelo superior de Justicia. Es cierto, también, que a veces los jueces nos equivocamos y que el error suele repetirse a través de los sucesivos tribunales ante los cuales se recurre.

Pero aun con la falibilidad propia de los quehaceres humanos, ¿quién puede dudar de que es más beneficioso para la sociedad que nos avengamos a acatar lo dispuesto por un fallo judicial, antes que prevalezca la prepotencia de la fuerza o el poder?

Si esto es así, se impone cuestionar si el ejercicio del "escrache", como amenaza o represalia frente a un pronunciamiento judicial adverso, constituye un arbitrio compatible con el espíritu republicano y democrático que proclaman muchos de quienes suelen protagonizarlos.

Creo que todos debemos preocuparnos por mejorar la administración judicial, y también que debemos ser conscientes de sus limitaciones: la Justicia no puede mejorar ni cambiar las leyes, ni examinar la oportunidad y conveniencia de los actos emanados de los otros poderes del Estado. Puede y debe controlar la legalidad y constitucionalidad de los actos de la Legislatura y del Poder Ejecutivo, pero no sustituirlos en sus facultades propias ni inmiscuirse en sus motivaciones políticas.

No censuramos las críticas ni pretendemos sumisión mansa, ni promovemos ningún tipo de represión. El sentido de estas simples reflexiones dirigidas a la opinión publica de mi país no es otro que sugerir un juicio crítico sereno sobre la razonabilidad de someter a los magistrados al escarnio del insulto por cumplir con el deber de fallar que el cargo les impone, aunque no nos conforme.

Y para terminar con un poco de humor, echaré mano del conocido estribillo, a guisa de expresión de deseo: "Se va a acabar, se va a acabar, esa costumbre de escrachar".

 

 

(*) Camarista de la Justicia neuquina

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