Lunes 12 de mayo de 2003
 

Bajas expectativas

 
  Luego de experimentar una crisis muy fuerte a fines de 1997 y a pesar de enfrentarse con muchas dificultades en los años siguientes, la economía de Corea del Sur logró recuperarse para reanudar su marcha ascendente: en el ámbito de la informática ya está entre las más avanzadas del mundo. Si en el 2005, digamos, pudiera informarse que por haber llevado a cabo la Argentina una reorganización comparable sería razonable suponer que disfrutaría de años de crecimiento rápido, todos tendrían motivos de sobra para manifestar su sorpresa. Sin embargo, en nuestro caso, la sorpresa que según la subdirectora del FMI, Anne Krueger, le ha ocasionado la evolución de nuestra economía no puede atribuirse a que hayamos conseguido superar las consecuencias de los acontecimientos de hace un año y medio sino, por el contrario, a que a su entender la caída resultante no ha sido ser tan terrible como ella misma había previsto. A pesar del mayor default soberano de la historia y de una megadevaluación que hizo trizas el peso, no se ha producido el estallido hiperinflacionario que tantos habían vaticinado y se ha iniciado un proceso de crecimiento que, de continuar al ritmo actual, nos permitiría recuperar el terreno perdido antes de las elecciones presidenciales previstas para el 2007. Así, pues, en opinión del FMI, a raíz de que pareciera que las pérdidas serán menores -el equivalente de un decenio, digamos- de lo que muchos habían supuesto cuando la economía se hundía, deberíamos sentirnos satisfechos. Después de todo, pudo haber sido peor.
Desde el punto de vista del FMI, organismo cuya misión consiste en asegurar el funcionamiento sin sobresaltos del sistema financiero internacional, la estabilidad es de por sí un logro muy deseable, de suerte que preferiría un país paupérrimo que no provoque problemas a otro dinámico pero, por desgracia, poco confiable. En cambio, es difícil que la mitad de la población del país que no quiere permanecer por debajo de la línea de pobreza comparta el optimismo de Krueger. Aunque pueda sentirse agradecida por el hecho de que el colapso aún no haya causado los horrores previstos por economistas que estaban convencidos de que ninguna sociedad reaccionaría con pasividad frente a las catástrofes que se desataron en diciembre del 2001, le convendría que por lo menos el próximo gobierno comience a afrontar con más vigor la multitud de problemas de todo tipo que nos impiden acompañar a países como Corea del Sur. Si bien es posible que la "estrategia" adoptada por el gobierno del presidente interino Eduardo Duhalde nos haya ahorrado algunos males mayores, como Krueger misma ha afirmado, "todavía falta mucho por hacer antes de que la Argentina se consolide en un camino de crecimiento sostenido". Tiene razón, ¿qué duda cabe?: aún no se han comenzado las negociaciones con los acreedores privados, el sistema bancario es una sombra de lo que era y la mayor competitividad que algunos dicen haber detectado se debe a una tasa de cambio evidentemente irreal.
Es lógico que funcionarios internacionales den por descontado que sería fantasioso suponer que la Argentina pudiera reaccionar ante una crisis devastadora de la misma manera que países de tradiciones muy distintas como Corea del Sur, motivo por el que se dicen gratamente sorprendidos por logros menores que en otras latitudes serían considerados apenas anecdóticos. Lo que no es tan lógico es que nuestros propios dirigentes parezcan tener la misma opinión en cuanto a las posibilidades nacionales. La convicción raramente confesada de forma explícita pero ampliamente difundida de que sería absurdo creer que la Argentina pudiera convertirse en un "país del Primer Mundo" y que por lo tanto debería aprender a conformarse con un estatus más humilde constituye uno de los obstáculos principales que tendríamos que superar. Si no lo hacemos, el futuro de millones de personas -más de la mitad de la población- no podrá ser sino muy pero muy deprimente, a diferencia del previsto, con razón o sin ella, por los habitantes de regiones como Asia oriental, donde virtualmente todos están persuadidos de que con mucho esfuerzo, disciplina e inteligencia les será dado alcanzar en poco tiempo el mismo nivel de vida que los japoneses, norteamericanos, europeos occidentales y australianos.
     
     
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