Lunes 14 de abril de 2003
 

Liderazgo político en los municipios patagónicos

 

Por Eduardo Arraiza (*)

  Mucho se ha hablado en los últimos tiempos acerca de la crisis de representatividad de la mayoría de las instituciones políticas del país, lo que es lo mismo que afirmar su ilegitimidad. A esta generalización no escapa el Congreso de la Nación, así como tampoco lo hacen, en líneas generales, las legislaturas provinciales y por supuesto los concejos deliberantes municipales; sólo excepcionalmente se "perdona" a algunos sectores o a los titulares de los departamentos ejecutivos. Sin embargo, es importante destacar la importancia de todas las instituciones mencionadas, indistintamente de quienes detenten los cargos en las mismas, ya que de lo contrario, se corre el riesgo de pretender eliminar o anular alguna institución cuya finalidad es fundamental para el mantenimiento de la vida democrática del país.

Efectos no tan percibidos de la crisis

La crisis económica y social vivida durante el último año en el país, además de las consecuencias económicas y políticas que todos conocemos, puede dejar como corolario grave que, por rechazar de forma masiva a toda la clase dirigente, incautamente carguemos contra las instituciones encargadas de tomar las decisiones que afectarán a toda la sociedad.
En este caso no debemos engañarnos, toda sociedad debe tomar decisiones que la afectan en el desenvolvimiento de su vida cotidiana y en el desarrollo de su futuro. Se puede afirmar también que esas decisiones son el producto de la negociación y coordinación de actividades entre las instituciones que hoy se encuentran tan cuestionadas. Por todo esto, es fundamental entender que por el simple hecho de suprimir una institución porque los actuales miembros de la misma no responden a los clamores de la mayoría de los ciudadanos, no suprime la necesidad de la toma de decisiones que involucran a toda la sociedad.
Expuesto esto, debemos entender que, si a nivel municipal no son el Concejo Deliberante (siguiendo el mandato que le ha conferido la ciudadanía para representarlos) y el intendente (quien debe ejecutar las acciones) los que coordinan sus acciones para decidir sobre el futuro del municipio, seguramente alguien o de alguna manera decidirá. Si la ciudadanía resuelve quedarse al margen de ese proceso con actitudes de apatía o indiferencia a la hora de votar o de controlar a sus representantes, no se vislumbra en un futuro cercano ninguna posibilidad de que las instituciones mejoren en su funcionamiento; por lo tanto, seguirán tan cuestionadas como siempre o más.

Responsabilidades compartidas

La situación descripta anteriormente hace hincapié en la necesidad de un cambio de actitud y de un compromiso serio de la ciudadanía para contribuir a solucionar sus problemas en vez de concentrarse en protestas estériles. Pero también hace falta lo mismo por parte de la dirigencia; los ciudadanos están cansados de las mentiras y de las decepciones, lo importante es llevar adelante un proyecto inclusivo y convocante que aclare de entrada cuáles son las limitaciones y las posibilidades para actuar, y que busque involucrar a través de diversos mecanismos a la mayor cantidad de vecinos posible. Todo esto se puede resumir diciendo que es aquí donde se comienza a percibir la ausencia de un liderazgo por parte de los dirigentes.

Entender correctamente la idea de liderazgo

El tema del liderazgo ha sido bastante desarrollado aunque hay indicios que demuestran que no se entiende tan correctamente en el ámbito de la política. Un líder no es una persona que mágicamente resuelve los problemas de los ciudadanos. Tal posición puede ser en algunos casos exitosa a nivel electoral, más se revertirá indefectiblemente a la hora de llevar adelante una gestión municipal.
En política, el líder es aquel encargado de comprender o descubrir la misión de la organización que está liderando o que pretende liderar, entendiendo por misión todo aquello que tiene que ver con la esencia misma de la organización (en nuestro caso, un municipio), con su vocación y su destino futuro, que debe ser pensado y compartido por varios. Pero el líder no puede quedarse sólo con ello; debe además elaborar una visión que estará sostenida en determinados principios y valores fundamentales inalterables, sobre los que no se podrá dudar ni volver atrás.
Además de la elaboración de la misión y la visión, que sin dudas no podrá hacer solo sino que deberá emprenderla con el concurso de un equipo lo más variado posible, es fundamental comunicar y compartir correctamente ambas, de forma de lograr "un proyecto sugestivo de vida en común" tal como decía Ortega y Gasset al afirmar qué era lo que impulsaba al surgimiento y mantenimiento en el tiempo de una nación.
La misión y la visión no se pueden comprender de forma aislada o ideal, deben ser siempre rectificadas o realizadas a la luz de los acontecimientos actuales, analizando de forma objetiva cuál es la situación presente. En este ejercicio de observación de la realidad es en donde no se pueden dejar de considerar los diferentes actores y los condicionamientos principales que afectan a un municipio.
La elaboración de la misión y de la visión a la luz de la realidad tendrá, como consecuencia lógica, cierta cantidad de cursos de acción determinados, o sea las diferentes políticas que buscarán modificar aquellas cosas malas o mal ejecutadas y fomentar las cosas buenas. Nos faltaría entonces tratar de entender en qué medida el concepto de liderazgo bien entendido se relaciona o puede ser importante para contribuir a la legitimidad de las instituciones en particular o del sistema en general.

Relacionemos liderazgo con legitimidad

Podemos definir la legitimidad siguiendo a Julien Freund, importante politólogo francés, que la entendía como "el consentimiento duradero y casi unánime que los miembros y las capas sociales otorgan a un tipo de jerarquía y a una clase dirigente para arreglar los problemas interiores por vías distintas de la violencia y el miedo consiguiente". Todo esto significa que el líder, para ser legítimo, debe poder resolver los problemas interiores, pero eso debe hacerlo recurriendo en la menor cantidad de casos posible a la utilización de la violencia, ya que la misma generará miedo y éste acarreará menor grado de legitimidad.
Respecto de esto, conviene reflexionar que dado que es imprescindible lograr los propósitos sin emplear la violencia (que igual queda reservada como el último recurso en política) el líder debe ser capaz de mandar. Y el mando es una delicada mezcla entre convencer y obligar a los gobernados. No se puede pretender lograr todo con imposiciones o prohibiciones; es fundamental, aunque sea, convencer a la ciudadanía de la necesidad de establecer esas imposiciones o prohibiciones. Y para persuadir a la ciudadanía de la importancia de establecerlas, aquéllas deben formar parte de la misión y la visión o desprenderse necesariamente de éstas, para lo cual volvemos a la importancia en la comprensión acertada de la misión y la visión y la relevancia de la comunicación de ellas. Hasta tanto líderes (gobernantes) y ciudadanos (gobernados) no comprendan de la necesidad de unos y otros, y de la innegable concurrencia de ambas partes en el difícil arte de gobernar, las cosas no se modificarán demasiado.

(*) Miembro investigador del PIGPP
     
     
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