Miércoles 12 de marzo de 2003
 

El día en que Salk se inoculó su vacuna y venció la poliomielitis

 

El 13 de marzo de 1953 Jonas Salk decidió inocularse la primera vacuna antipolio que acababa de inventar. Fue todo un éxito y dos años después su creación se distribuyó en todo el mundo.

  Hace medio siglo, un joven médico estadounidense llamado Jonas Salk decidió inocularse la primera vacuna antipolio que acababa de inventar, porque, explicó, "no se debería querer para los demás lo que no se quiere para uno mismo".
En esos momentos, sólo en Estados Unidos se registraban ya 60 mil casos y el símbolo en aquella batalla era el mismísimo presidente Franklin Delano Roosevelt: vencedor del nazismo, había sucumbido ante la polio y se hallaba en silla de ruedas. Salk eligió el 13 de marzo de 1953, fecha del cumpleaños de Roosevelt, para probar sobre sí mismo la vacuna inyectable. Fue exitosa y dos años después su invento comenzó a distribuirse en todo el mundo.
Por eso, a partir de ese día, el joven médico fue perfilándose como héroe nacional y acabó consagrándose definitivamente a nivel mundial cuando su descubrimiento logró parar la epidemia, instalada también en Asia, Europa y América Latina, con centenares de miles de víctimas. Sus investigaciones habían comenzado en 1947, con la ayuda de la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil y aquel 13 de marzo, cuando se inoculó, culminó la legitimación de un gran sueño.
Un sueño al que además contribuyeron su mujer, Donna Lindsay, y sus tres hijos, de 5, 8 y 11 años, al servir también de conejitos de Indias. "Necesitaba el coraje suficiente como para defender mis convicciones", comentó sobre aquella prueba pionera, cuando dos años después inició la primera vacunación masiva para dos millones de personas. Salk donó el descubrimiento y el método para producir la vacuna a los Estados Unidos. "No hay patente. ¿Acaso alguien podría patentar el Sol?", le dijo a los periodistas.
Una famosa cadena de tiendas de los Estados Unidos llegó a ofrecerle por entonces una fortuna, que él rechazó, para que le permitiera vender pijamas para niños con la inscripción "Tank you, Dr.Salk". Con su vacuna, los pulmotores empezaron a ser relegados, como símbolo de una pesadilla que atacaba las piernitas y brazos de cientos de miles de chicos en el mundo, cuando no todo su cuerpo.
En la Argentina, por ejemplo, la epidemia de polio que se desató en 1956 -cuando la vacuna Salk aun no había llegado- atacó a unos cuatro mil chicos, de los cuales murieron tres mil. Como se desconocía el origen de la enfermedad y el modo de transmisión, la población argentina se limitaba a modo de prevención, a pintar con cal los árboles y cordones de las calles de cada pueblo y ciudad o a colgar del cuello de los escolares una bolsita con alcanfor, con la creencia de que esta sustancia evitaba el contagio.
"La naturaleza está regida por una suerte de magia que, a su vez, es guiada por una lógica que no comprendemos", dijo Salk de aquellos momentos.
(Télam)

"Experiencia inolvidable"

Salk explicó que "cuando se vacuna a una persona, su organismo jamás olvida esta experiencia". "Años más tarde, no importa cuántos, al aparecer el verdadero enemigo, el organismo tiene la capacidad de reaccionar diciendo `yo a usted lo conozco'. Bueno, mi gran obsesión a esta altura de la vida es entender los secretos de ese mecanismo", detalló. Pese a aquel gigantesco paso en bien de la humanidad, muchos de sus colegas no encontraron méritos suficientes para destacar a Salk.
Por el contrario, aquellos científicos, muy acartonados todavía, llegaron a considerar que el vencedor de la polio había recibido más elogios de los que merecía. Nunca le dieron el Premio Nobel. Ni lo incorporaron a la Academia Nacional de Ciencias de su país. Muchos de sus colegas, por el contrario, no le perdonaban salir en las tapas de las revistas Life o Time, en su laboratorio, rodeado de alambiques.
En forma paralela, Salk mantuvo una enconada rivalidad con su colega Albert Sabin, cuya vacuna oral antipoliomielítica fue aceptada masivamente a partir de 1960, porque resultaba más económica y de más fácil aplicación que la de Salk. Murió en 1993 cuando investigaba seguro de que "se va a encontrar una respuesta para el sida". Tenía 86 años.

   
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