Viernes 7 de febrero de 2003
 

Opción precaria

 
  Como siempre sucede cuando soplan con fuerza los vientos antinorteamericanos, una proporción significante de la ciudadanía cree que convendría fortalecer los lazos con la Unión Europea a fin de reducir el peso a veces asfixiante de Estados Unidos. Desde su punto de vista, Europa encarna una política económica menos "liberal" que la impulsada por Washington y una actitud más pacífica frente al resto del mundo. Pero, desgraciadamente para los que suponen que al otro lado del Atlántico se da una alternativa evidente a las estrategias consideradas demasiado norteamericanas, tanto económica como políticamente la Unión Europea representa una variedad de posturas. A pesar de la oposición tajante de Alemania a una guerra destinada a eliminar al líder iraquí Saddam Hussein y la postura más ambigua de Francia, los gobiernos de otros países europeos como los del Reino Unido, Italia y España comparten la opinión de su homólogo norteamericano en cuanto a la necesidad de obligar por los medios que fueran al dictador a desarmarse. Asimismo, dichos gobiernos, acompañados en este caso por el francés, entienden que a menos que liberalicen sus respectivas economías, continuará ampliándose la brecha que las separa de la norteamericana.
El dirigente europeo que mejor representa los deseos de los europeístas es con toda seguridad el canciller alemán Gerhard Schröder, mandatario que es contrario no sólo a cualquier guerra en el Medio Oriente aun cuando la ONU la convalidara, sino que también se opone a reformas encaminadas a "flexibilizar" la economía de su país. Sin embargo, aunque la hostilidad de Schröder hacia la guerra le ha merecido el agradecimiento de un pueblo antes ferozmente belicista pero a partir del cataclismo de la Segunda Guerra Mundial comprometido con el pacifismo, sus intentos de mantener a raya al espectro de la reforma económica sólo han servido para desprestigiarlo, razón por la que su partido acaba de sufrir una derrota aplastante, la peor desde 1945, en las elecciones regionales que se celebraron en Baja Sajonia y Hesse. En setiembre pasado, Schröder triunfó por un margen mínimo en las elecciones nacionales en base de una campaña al mejor estilo latinoamericano en la que combinó el antinorteamericanismo militante con promesas económicas que no podría cumplir: los votantes alemanes, conscientes de haber sido víctimas de un fraude, se desquitaron castigándolo.
Alemania se enfrenta a un panorama que guarda cierta similitud con el nuestro, si bien se da la diferencia fundamental de que como pueblo los alemanes siguen siendo muy ricos. Aunque los economistas, sobre todo los extranjeros, insisten en la necesidad urgente de emprender reformas estructurales porque de lo contrario el país no estará en condiciones de competir, los intereses creados empresarios, sindicales y políticos están tan fuertemente atrincherados que han podido luchar con éxito contra "el neoliberalismo" en defensa de sus arreglos tradicionales. Puesto que hasta hace apenas un lustro Alemania era el país del "milagro económico" y de todos modos la pobreza afecta a relativamente pocos, a los resueltos a no cambiar nada les ha resultado fácil hasta ahora convencer a sus compatriotas de que los vaticinios de los pesimistas son absurdamente apocalípticos, pero al difundirse la sensación de que conforme con las pautas europeas la otrora "locomotora económica" se ha transformado en el furgón de cola, son cada vez más propensos a atribuir el estancamiento al oportunismo y debilidad del canciller Schröder.
Pues bien: si para una nación próspera e históricamente dinámica como Alemania le es muy difícil adaptarse a los tiempos que corren, para una como la Argentina será más arduo todavía. Lo que es peor aún, los cambios precisos para que un país atrasado logre funcionar adecuadamente serán decididamente más drásticos que los que tendrían que llevar a cabo aquellos europeos que no quieren resignarse a un destino parecido al nuestro. Sin embargo, mientras que en Alemania abundan los dirigentes que se dicen resueltos a impulsar reformas estructurales, aquí escasean y su discurso, lejos de merecer la adhesión de sectores amplios, es rechazado por la mayoría que según parece preferiría conservar la situación desastrosa actual, a correr los riesgos que supondría un intento de superarla.
     
     
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