Viernes 17 de enero de 2003
 

Para que todo quede igual

 

Por James Neilson

  Por ser la Argentina una democracia, es fácil sobreestimar la hostilidad de sus habitantes hacia el orden establecido. Mientras que en una tiranía todo indicio de disenso provoca una respuesta fulminante, en una democracia es normal que la oposición domine la calle y la mayor parte de los medios hasta tal punto que un visitante podría llegar a la conclusión de que el gobierno es universalmente odiado, impresión que a menudo las elecciones se encargan de desvirtuar. Así, pues, aunque a primera vista pareciera que el país entero quisiera echar no sólo al gobierno sino a toda la clase gobernante por considerarla una banda de ladrones para entonces emprender una serie de cambios profundísimos que le permitirían transformarse en una nación plenamente desarrollada, de acuerdo con las encuestas de opinión que, es de suponer, reflejan las actitudes de “la gente”, la mayoría de los integrantes del establishment político logrará sobrevivir a las próximas elecciones. Aunque se prevé que los radicales recibirán una paliza feroz, lo más probable es que los beneficiados por su desgracia sean sus socios íntimos, los peronistas. Puede que la diputada chaqueña Elisa Carrió logre acaparar el voto progresista, pero a esta altura pocos creen que en el caso de que triunfara impulsaría muchos cambios estructurales: al fin y al cabo, entre sus aliados están los sindicalistas estatales, que son los más reacios a consentir el desmantelamiento del “modelo” efectivamente existente.
De los candidatos y precandidatos que están en campaña, el único que parece estar resuelto a llevar a cabo cambios realmente importantes es el ex radical Ricardo López Murphy. En Europa, López Murphy sería tomado por un centrista -encajaría sin problemas en el laborismo británico, la socialdemocracia alemana o el socialismo español-, pero aquí se ha visto catalogado como un ultraderechista “neoliberal” que fantasea con hambrear al pueblo antes de venderlo al mejor postor extranjero. Esta caricatura maligna le molesta mucho, pero no le será fácil borrarla porque, a diferencia de los candidatos izquierdistas y populistas, por innovadores que éstos se afirmen, se ha propuesto destruir el sistema político arcaico que es el obstáculo principal en el camino del cambio genuino.
Sería imposible negar que ha fracasado de manera espectacular el orden tradicional. Sin embargo, como es natural, las élites políticas, intelectuales y mediáticas que se formaron en él y que lo dominan seguirán resistiéndose a permitir que sea reemplazado por otro distinto, de reglas para ellos extrañas y en consecuencia “inhumanas”, de suerte que cualquiera que se proponga destruirlo será difamado sin piedad en un lenguaje nada diferente del empleado por los dictadores para insultar a sus enemigos. Después de todo, lo que tienen en mente López Murphy y los pocos, muy pocos, que sinceramente comparten su punto de vista no es una variante del sistema corporativo que se ha construido a través de los años, sino una alternativa drástica que sería ajena a las tradiciones nacionales.
La consigna, que aún puede oírse, de “que se vayan todos” refleja la conciencia de amplios sectores de que algo terrible ha sucedido en la Argentina, que tal y como está constituido el país no encontrará “una salida”. Sin embargo, también significa que a juicio de dichos sectores el problema básico del país no consiste ni en el sistema socioeconómico existente ni en la cultura política que le es propia, sino en el carácter lamentable de los hombres y mujeres que lo manejan. Lo mismo que las personas a veces bienintencionadas pero siempre despistadas que nos informan que el país es víctima de una “crisis moral”, quienes gritan “que se vayan todos” procuran desviar la atención de los problemas reales por ser la suya una forma de decir que todo funcionaría muy bien si los “dirigentes” fueran personas más honestas, más capaces y más inteligentes. Por lo tanto el clima imperante a partir de la debacle de la Alianza no es revolucionario en absoluto: por el contrario, es llamativamente conservador porque lo que en verdad quieren los más enojados por lo que ha ocurrido es sacrificar a miles de políticos determinados a fin de salvar el sistema.
Pues bien: aun cuando todos “los políticos” fueran los sujetos penosos de la leyenda negra popular, limitarse a sustituirlos por otros presuntamente mejores no serviría para nada. En un lapso muy breve, sus reemplazantes comenzarían a perpetrar los mismos crímenes de omisión o comisión porque así lo exige el sistema corporativo, clientelar y prebendario en el que actuarían. ¿Cuántas veces han llegado a posiciones de poder individuos al parecer decentes que, después de un par de semanas, se han visto constreñidos a recaer en los mismos vicios que sus antecesores? Si sólo fuera cuestión de la deshonestidad o de la mediocridad personal de los políticos -o de los militares que en ocasiones cumplieron sus funciones por creer la ciudadanía que serían diferentes-, poner fin a la crisis permanente no resultaría excesivamente difícil. Podrían terminar con la decadencia media docena de jueces y policías. Pero, por desgracia, la inoperancia de la Argentina como país no se debe a la rapacidad de una liga de mafiosos sino a un sistema que pocos están dispuestos a modificar porque la mayoría abrumadora está tan acostumbrada a ella que apenas puede imaginar que sería posible hacer las cosas de otro modo.
El sistema corporativo y clientelista dentro del cual la Argentina se ve encarcelada está dotado de mecanismos autodefensivos que son sumamente eficaces. De éstos, el más útil es la modalidad de achacar sus frutos lamentables a la perversidad de ciertos individuos de carne y hueso, dando a entender que si no fuera por su conducta imperdonable la prosperidad no tardaría en llegar. Los casos escandalosos de corrupción que cada tanto estallan se asemejan al hedor despedido por el zorrino: al dejarse fascinar por la vileza extraordinaria de los personajes involucrados, el público pierde interés en el sistema, que en última instancia es el responsable del desempeño desastroso del país. A fines del 2001, se formularon algunas propuestas que de concretarse podrían haber posibilitado cambios estructurales, pero “los políticos”, conscientes del peligro, se las arreglaron para desbaratarlas y a partir de entonces la ciudadanía, persuadida de que no es el momento para grandes reformas, ha preferido preocuparse por las calamidades cotidianas.
Además de asegurar que las protestas se dirijan hacia individuos o incluso hacia “los políticos” en su conjunto, los comprometidos con el orden establecido han insistido en que atacarlo equivale a ensañarse con el país mismo. Si bien la mayoría se manifiesta escéptica cuando un vocero oficial o político en campaña dice que nuestros problemas se deben a la maldad del FMI o de Estados Unidos, de manera tácita acepta la tesis así planteada, acaso por temor a parecer ingenua subestimando lo perverso que puedan ser los poderosos. Por lo tanto, sigue siendo escasa la posibilidad de que se produzca una suerte de alianza informal entre “la gente” y los líderes del “mundo” exterior aunque sus intereses sean casi idénticos. Por muchos motivos, lo que más quisieran los europeos y estadounidenses sería que por una vez la Argentina dejara de ser una zona de desastre que amenaza con exportar sus problemas al resto de América Latina para convertirse en un país pujante, generador de riquezas, que no sólo constituyera un mercado muy seductor sino que también funcionara como una locomotora regional. En cuanto a los argentinos mismos, a casi todos les encantaría poder desempeñar dicho papel.
Sin embargo, a pesar de que en última instancia compartan la misma ambición la mayoría de los argentinos y el grueso de las élites primermundistas, no han podido combinarse para formar una alianza cuyo poder sería casi irresistible porque la clase política local sigue aferrándose con desesperación a un statu quo que sabe inviable. Atribuye su negativa a emprender un programa de cambios estructurales destinados a despejar el camino hacia un futuro más tolerable a la solidaridad con “la gente”, pretensión que casi todos parecen respetar aunque a esta altura debería serles evidente que, cuando de crear nuevos pobres se trata, el único rival de fuste con el que cuenta la clase política nacional es el régimen comunista de Corea del Norte.
Por supuesto, lo reconozcan o no “los políticos”, desde su punto de vista el destino de los demás es lo de menos, razón por la cual prefieren que la Argentina conserve el orden político desactualizado y estructuralmente corrupto que ya la ha depauperado a intentar desmantelarlo para que por fin pueda emular a los países ricos, los que, por su parte, estarían más que dispuestos a ayudar si encontraran aquí un gobierno en el que pudieran confiar.
     
     
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