Domingo 19 de enero de 2003
 

Opciones claras

 
  Aunque a juzgar por los resultados de todas las encuestas de opinión la mayoría no se siente representada por la "clase política" nacional, los más siguen permitiendo a los caciques peronistas e incluso radicales impedir que se haga un esfuerzo serio por entender las causas reales de la transformación del país en un virtual paria internacional. Por motivos propios, los consustanciados con el esquema populista tradicional han querido hacer pensar que todo es culpa del "neoliberalismo" o, si prefieren un chivo expiatorio menos abstracto, de Carlos Menem, pasando por alto el que según las pautas locales todos los países prósperos se vean gobernados por "neoliberales" y que Menem fue presidente durante más de diez años porque así lo decidió el electorado. Para explicar tales anomalías, nos dicen que por razones oscuras Estados Unidos se las ingenió para vendernos un paquete económico inservible, mientras que la gente votó a Menem engañada por la ilusión de progreso económico que con gran habilidad el ex presidente logró difundir. Si bien dicho análisis es disparatado, buena parte del país parece haber decidido tratarlo como si reflejara la verdad, limitándose a manifestar su indignación por la calidad humana de sus "dirigentes". No extraña, pues, que la campaña electoral que pronto culminará se haya visto dominada por las vicisitudes nada edificantes de la lucha entre distintos caciques peronistas que están más interesados en mantener intactas sus estructuras clientelistas que en iniciar un programa de reformas. Afines del 2001 hubo algunas señales de que el país estaba dispuesto a romper con el populismo, pero una vez superado su desconcierto, los comprometidos con el orden tradicional consiguieron mediatizar a los contestatarios, mientras que los liberales, luego de vaticinar calamidades apocalípticas que por fortuna no se materializarían, tardaron en reaccionar, aunque últimamente el crecimiento de la figura de Ricardo López Murphy les ha ahorrado la presunta necesidad de elegir entre Menem y la impotencia.
Es comprensible que después de un terremoto político, económico y social la ciudadanía haya pasado por una fase confusa en la que le ha parecido más importante identificar a los presuntos culpables del desastre, que emprender las tareas de reconstrucción. Sin embargo, ya ha transcurrido más de un año sin que se haya comenzado a debatir con realismo las alternativas frente al país. En principio, hay tres: puede intentar emular a los países ya desarrollados aceptando apostar al "capitalismo moderno"; podría ensayar una variante socialista; o podría seguir aferrándose al modelo corporativo y clientelista reivindicado por los peronistas y radicales. Puesto que concretar uno de los esquemas supuestos por el "capitalismo moderno" o por el "socialismo" sería con toda seguridad muy pero muy difícil, es tal vez lógico que por ahora la mayoría haya brindado la impresión de inclinarse por procurar hacer funcionar un poco mejor el modelo corporativo populista, pero es de prever que en cuanto el país se recupere del choque anímico que ha recibido, termine repudiándolo por entender que en última instancia los únicos que se verían beneficiados por la resignación así supuesta serían los políticos y sus allegados.
Bien que mal, no se dan motivos para creer que el país esté en condiciones de intentar un "modelo socialista", fuera éste democrático o totalitario: no cuenta con organismos administrativos adecuados y, de todos modos, aquí escasean los socialistas convencidos. Asimismo, nadie ignora que en otras latitudes todos los "experimentos" socialistas, con la excepción de los escandinavos, han fracasado de forma espectacular. Por lo tanto, la única opción real es la supuesta por el statu quo corporativo por un lado y por el "capitalismo moderno" por el otro. En vista de que más de medio siglo de corporativismo clientelista nos ha llevado a nuestra situación actual, parecería bastante claro que continuar resistiéndonos a emprender el único "rumbo" que se dirige a alguna parte sólo servirá para que los costos de la crisis sigan haciéndose cada vez más insoportables. Cuando una cantidad suficiente de "dirigentes" entienda esta realidad indiscutible, el país podrá ponerse en marcha. Mientras tanto, continuará a la deriva.
     
     
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