Domingo 25 de noviembre de 2001

 

Un ejemplo de ayuda en el norte allense

 

En un comedor no subsidiado del barrio Aeroclub, 32 chicos comen a diario.

  ALLEN (AR).- Viven a dos kilómetros al norte del casco urbano de Allen. La humildad de las casas apenas logra llamar la atención de los que "suben" hacia el Aeroclub. Sin embargo, entre las paredes de una vivienda desborda la solidaridad.
"Mire cómo estaremos de olvidados que ni siquiera nos vinieron a censar", se lamenta María Celia Colipe, o Maruca, como la llaman los 32 chicos del barrio que todos los días llegan a su casa para alimentarse.
La vivienda parece frágil, pero se hace fuerte después de las 10.30, cuando hay que contener las carencias de los chicos, que a esa hora empiezan a rondar el patio. Algunos traen en sus manos un "tapercito" (así le dice la mujer) para llevarle a sus hermanitos o sus abuelos.
La cruzada de Maruca en el comedor del barrio Aeroclub arrancó hace tres años. Entre los 20 hogares y 89 personas, la frase "conseguí trabajo" se perdió hace tiempo y al mismo ritmo crecieron las conversaciones sobre subsidios y ayuda comunitaria.
Por suerte hubo alguien que se puso como meta aminorar las necesidades, aunque todo sea cuesta arriba. Después de dos años de asistencia alimentaria, la gente dice que este año los "largaron solos". "En la municipalidad nos dijeron que no podían ayudarnos porque era una propiedad privada y no reunía las condiciones que debe tener un comedor. Yo no sé nada de eso, los chicos necesitan comer igual. Había algunos que estaban desnutridos y gracias a Dios ahora están mejor y dejaron ese estado", relata Maruca mientras muestra orgullosa la pequeña habitación destinada al comedor. La familia Colipe está desocupada. "A veces vendemos un chivo. Otras hacemos una changa en los hornos de ladrillos", cuenta la mujer, que describe a sus vecinos como "gente que necesita mucho porque no hay trabajo en el barrio".
Ante la negativa del municipio y la provincia a ayudarlos, no hubo más alternativas que buscar la comida para los chicos en la solidaridad de la comunidad. Una empresa privada la ayuda con fideos, harina, leche. Además hay vecinos de la ciudad que colaboran y llegan al barrio con manzanas para el postre.
Cuando este diario llegó a la casa de Maruca, la mujer planeaba ir a una reunión del club del trueque. "Pensaba llevar una lata de arvejas para que me den un poco de salsa, que es lo que más nos hace falta, además de la verdura". Con la carne también es un problema. Como no tienen energía eléctrica, deben comprar provisiones que no alcancen más que para dos días, ya que si no todo se perdería. Esto es lo que los obliga a "bajar" seguido al pueblo para comprar los alimentos perecederos.
"El puesto está hace 56 años y la abuela (señala más al norte) llegó hace 46 años. Hay algunos que nacieron acá tuvieron sus hijos y nietos, pero para la provincia este lugar no existe", se queja.
Para ellos si existe. Para muchos vecinos solidarios también. Eso es lo que los mantiene unidos y les da fuerzas para vivir cada día.
   
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