Miércoles 7 de noviembre de 2001
 

Billy Elliot

 
 
Como estas cosas pasan en la realidad es que nos parecen tan ficticias en una película. Con ustedes la historia: un chico con cuerpo, alma y genes de bailarín al que el padre insiste en convertir en un boxeador mediocre.
El chico lleva el baile en la sangre. La sangre llama. Personas como su maestra, que rebate al padre terco y poco entendido en la materia, que consigue el dinero de la beca y le da la pelea al destino, también son parte de nuestra vida cotidiana. Aun así, a veces dudamos. ¿Serán?
Igual insistimos, en esas largas discusiones de café, en que ésta o tal anécdota se explican por ser una película, cargada de un optimismo con raíces en los trucos de un guión efectista y no en la voluntad de los seres humanos por descifrar su mayor secreto: cuánto pueden dar de sí mismos. (Como si los guiones salieran -¡Dios santo!- de Marte).
Billy Elliot baila por las paredes. No tiene mucha técnica pero le sobra ardor. Con eso convence a un grupo de aburridos profesores de que él también tiene derecho a una porción de gloria. Al final, nos lo cuenta el filme sutilmente, triunfa. Los espectadores suspiramos con cierto alivio. A veces, en las películas, las cosas terminan bien sin que medien explosiones termonucleares y decenas de cadáveres.
Billy tiene talento pero sobre todo una tempestiva forma de expresar las cosas con el cuerpo. En el pobre escenario de su pueblo, es decir, las calles, los ruinosos pasajes sin salida, los patios llenos de ropa y sábanas secándose al viento, él sobresale con su inocencia y luminosidad. Sin embargo, los que lo rodean, al comprometerse en su gesta, se elevan de igual modo por encima de ese contexto gris: un hermano consagrado a la lucha gremial, un padre humilde pero que se hace a un lado cuando el crío salta por los aires como un ángel, los amigos expectantes del club de boxeo. Todos le tuercen el codo al pesimismo cuando ven en Billy algo más que una anécdota. Billy nos inspira aunque sea un personaje de película. Nos saca de la modorra. Tal vez carezcamos de su talento -¡ufa!-, pero la decisión de encarar y poner un pie en la calle de la duda -no hagamos una lista acá- es el principio de todo. El mentado éxito.
En cualquier acto con vocación artística -bueno, hagamos una listita- está implícita una forma de candidez: el primer reglón de un poema, dos notas de una balada, los laberínticos bosquejos de una futura casa, el sonido gutural anterior a una declaración amorosa, el precio de un ticket con destino a "quién sabe dónde", el agua que dejamos caer sobre las flores.
Estos momentos eléctricos están más allá del optimismo y la ironía. La ironía tiene la ventaja de volvernos más interesantes ante las chicas y los amigos, de rebatir argumentos de entremesa, pero al fin nos vuelve menos hacedores. El discurso irónico se quema en su hastío. Y el optimismo necesita alimentarse de palabras dulces, siempre, aunque muchas veces no nos queda otro remedio que atravesar el cadalso en silencio y con el gesto correspondiente.
La voluntad es anterior al verbo.

Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar

   
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